Si bien el concepto de “colonización cultural” fue desarrollado en la fundamental por teóricos del Tercer Mundo, a raíz de la Segunda Guerra Mundial y de la descolonización entonces de numerosas colonias africanas y asiáticas, -como lo hicieron Franz Fanon, Aimée Cesaire y Fernández Retamar,- no es posible olvidar que a finales del siglo XIX ya José Martí había incursionado profundamente en el tema a partir de los ejemplos de Cuba y de América.

El memorable ensayo Nuestra América, entre otras obras, le sirve de marco oportuno al Apóstol para puntualizar sus ideas al respecto, lamentando y advirtiendo sobre la situación de las “repúblicas dolorosas de América” que no han podido o no han sabido liberarse totalmente, cayendo en la condición neocolonial que implica no solo la dominación política o económica, sino la importante y aún más difícil de erradicar dominación “de los corazones y las mentes”, la introducción de creencias y costumbres que más tarde se convertirían en tradiciones importadas y enraizadas por la propia vida cotidiana en condiciones neo coloniales, que llegaron a su climax con el desarrollo de los medios de comunicación en manos de élites vinculadas a las respectivas burguesías que, en el caso americano, no fueron y no son más que prolongaciones del modo de vida estadounidense, anti nacionales y anti populares, sin un pensamiento propio y con afanes de servidumbre ante el amo extranjero a cambio de migajas.

Mucho se discute aún por los académicos y especialistas, estudiosos e investigadores, sobre si la citada colonización cultural es una consecuencia del dominio político y económico o viceversa, o si todo vino junto y es difícil determinar dónde estuvo la influencia mayor y cual fue la que más influyó e impulsó a las otras.

La historia nos enseña, sin embargo, que los tres fenómenos marchan unidos y pueden resultar inseparables, de ahí su complicación y nada fácil su solución; ello explica claramente que la lucha debe ser simultánea y con fuerza semejante en cada uno de los dominios opresores y excluyentes, pues sin hacerlo de conjunto no será posible aspirar a la liberación plena y verdadera.

No obstante, si nos remontamos al pensamiento martiano y sus observaciones podemos verificar la importancia que el Héroe Nacional de Cuba le otorga a la lucha y el desafío frente e la introducción colonialista por la vía de las ideas, las creencias importadas, las costumbres falsamente impuestas y las tradiciones fabricadas con el propósito de perpetuar el yugo hoy neocolonial y neoliberal globalizado.

La descolonización cultural va convirtiéndose en una premisa obligada y necesaria en el acompañamiento a cualquier otra vertiente de la lucha, sea política, económica, diplomática, de masas o de cualquier otro tipo que surja, acorde con las condiciones concretas de cada país o región.

La colonización cultural, a diferencia de otros elementos correspondientes a la política o la economía, no puede combatirse o abolirse solo con leyes y decretos de automático o inmediato cumplimiento: ello requiere de una inteligente, oportuna y circunstanciada política con métodos claros, razonados y de comprensión para todas las capas de la sociedad, que la entiendan, conozcan y sepan que se hace en su propio beneficio.

En el caso de Cuba, Cintio Vitier, lo describió en 1957 de manera dramática: ”Somos víctimas de la más sutilmente corruptora influencia que haya sufrido jamás el hemisferio occidental…” Diez años después Fidel Castro sentenció en el Aula Magna de la Universidad de Caracas: “Una revolución solo puede ser hija de la cultura y de las ideas…”

Sea por sus causas o por sus efectos, la realidad es que en el mundo de hoy la lucha por la descolonización cultural adquiere una mayor importancia conceptual junto a nue3vos códigos y métodos, acorde con nuevas tecnologías y desarrollos pero sin perder su esencia y objetivos fundamentales desde que José Martí lo describió y lo expuso.

Para Cuba y para América esas esencias están en la obra martiana.

Fuente: Portal SCJM

Por REDH-Cuba

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