Editorial de Faro di Roma
La intensificación de la agresión estadounidense contra Cuba, en el contexto del ataque frontal a la Venezuela bolivariana, no es un accidente de la historia ni una desviación momentánea de la política exterior de Washington. Es la expresión coherente de una crisis orgánica del imperialismo capitalista que —como habría dicho Gramsci— ya no logra gobernar a través de la hegemonía y recurre cada vez más abiertamente a la coerción.
Cuba es golpeada no por lo que hace, sino por lo que es: una ruptura histórica con el dominio imperialista, una negación concreta de la idea de que el capitalismo sea el único horizonte posible. Como afirmó con claridad el presidente Miguel Díaz-Canel: «Cuba no ataca a nadie. Cuba se defiende. Está bajo ataque desde hace más de sesenta años». Esta defensa no es solo militar o diplomática: es una guerra de posiciones permanente, librada en el terreno económico, cultural, simbólico y social. Cuba está en el punto de mira por lo que representa.
El bloqueo no es una sanción: es una guerra económica permanente. Una guerra que golpea deliberadamente las condiciones materiales de vida del pueblo cubano con el objetivo político explícito de producir desesperación social, fragmentación y restauración capitalista. Pero el imperialismo sigue chocando con un dato que no logra metabolizar: la conciencia política de un pueblo organizado. «No existe bloque capaz de doblegar a un pueblo que ha decidido ser libre», escribió Díaz-Canel. En esta frase se condensa la lección fundamental de la Revolución cubana: la subjetividad colectiva es una fuerza material.
El ataque simultáneo a Cuba y Venezuela revela la especificidad de la fase actual: el imperio golpea allí donde emergen experiencias de cooperación solidaria, planificación social e integración regional alternativa al mercado global dominado por el capital financiero. Es por esto que el eje Cuba-Venezuela resulta insoportable para Washington. No por una cuestión ideológica, sino porque demuestra que el imperialismo no es inevitable. «Cuando un imperio está en declive, se vuelve más peligroso», advierte Díaz-Canel, señalando la naturaleza reaccionaria y agresiva de un sistema que ya no logra gobernar el mundo a través del consenso.
El bloqueo estadounidense es un clásico instrumento de dominio hegemónico invertido: allí donde el imperio no logra construir consenso, intenta imponer la rendición a través del hambre, la escasez y el aislamiento. Pero aquí el imperialismo choca con un dato que Gramsci había comprendido bien: cuando una clase dirigente revolucionaria logra transformarse en dirección moral y política, la coerción no basta. «No existe bloque capaz de doblegar a un pueblo que ha decidido ser libre», recuerda Díaz-Canel, indicando que la conciencia colectiva organizada es una fuerza material.
El ataque simultáneo a Cuba y Venezuela aclara lo que está en juego. El imperio golpea las experiencias que, aun entre contradicciones y dificultades, han cuestionado su hegemonía en el continente, construyendo prácticas de cooperación solidaria, planificación social e integración alternativa al mercado capitalista global. Es el eje Cuba-Venezuela lo que resulta intolerable, porque demuestra que la subordinación no es un destino. «Cuando un imperio está en declive, se vuelve más peligroso», advierte Díaz-Canel, retratando perfectamente la fase gramsciana del “interregno”, en la que lo viejo muere y lo nuevo tiene dificultades para nacer.
Cuba resiste porque siempre ha comprendido que la hegemonía imperialista no concede espacios neutros. «Nadie nos dirá qué hacer», escribe en una publicación reciente el presidente cubano, reafirmando una línea que va desde Martí hasta Fidel: la soberanía no es negociable. En términos gramscianos, conceder incluso el más mínimo espacio al imperialismo significa renunciar a la propia autonomía histórica y aceptar una función subalterna en el sistema mundial.
La solidaridad con Venezuela no es una alianza contingente, sino una elección estratégica de largo plazo, un ejemplo concreto de internacionalismo como construcción de contrahegemonía. Es la herencia de Fidel y Chávez, quienes comprendieron que sin la unidad de los pueblos no existe posibilidad de derrocar el orden dominante. «Nuestra fuerza es la unidad de los pueblos», escribe Díaz-Canel, indicando el verdadero terreno del enfrentamiento: no entre Estados aislados, sino entre un proyecto de dominio global y la construcción de un mundo multipolar fundado en la justicia social.
En esta nueva “hora de los hornos”, Cuba encarna plenamente la lección gramsciana del pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. La lucidez al analizar las relaciones de fuerza no se traduce en rendición, sino en organización, resistencia y proyecto. La Revolución cubana no pide neutralidad —que, como enseñaba Gramsci, siempre favorece al opresor— sino toma de partido política y claridad teórica.
Cuba resiste porque sabe que ceder significaría no solo perder soberanía, sino romper el hilo histórico que une su experiencia a todas las luchas antiimperialistas del mundo. Y continúa demostrando que, incluso en la época del capital financiero global, la dignidad organizada de un pueblo aún puede agrietar la hegemonía del imperio.
El ejemplo de Fidel Castro y sus compañeros de lucha Che Guevara y Chávez
La resistencia de Cuba nunca ha sido solo una cuestión de supervivencia económica o de defensa nacional: ha sido, desde el principio, una elección de civilización. Fidel Castro lo comprendió con lucidez histórica cuando afirmó que la Revolución no podía reducirse a un evento, sino que debía convertirse en un proceso permanente de emancipación. Contra el bloqueo, contra el aislamiento, contra la guerra económica y simbólica, Cuba ha resistido porque eligió no plegarse a la lógica del mercado como destino y de la subordinación como normalidad.
Fidel no fue solo un líder político, sino un intelectual orgánico en el sentido gramsciano del término: capaz de leer las relaciones de fuerza globales, de interpretar el imperialismo como sistema y no como accidente, de conectar la soberanía nacional con la justicia social. Su lección sigue vigente precisamente porque no separa la independencia política de la dignidad material del pueblo. Sin soberanía no hay desarrollo, sin igualdad no hay libertad.
Ernesto Che Guevara encarnó la dimensión ética e internacionalista de esta resistencia. El Che no es una figura romántica de mercadotecnia global, sino el símbolo concreto del hombre nuevo que rechaza la acumulación como fin y la competencia como valor. Su crítica a la economía política capitalista y su concepción de la planificación socialista como un acto moral, antes que técnico, siguen siendo un desafío abierto al pensamiento dominante. Su internacionalismo no era exportación ideológica, sino solidaridad entre pueblos oprimidos.
En esta misma senda se sitúa Hugo Chávez, quien supo relanzar en el siglo XXI el eje bolivariano como proyecto político y cultural. Chávez comprendió que Cuba no era un residuo del siglo XX, sino un laboratorio de resistencia para América Latina y para el Sur global. La alianza entre La Habana y Caracas no fue solo energética o diplomática, sino estratégica: construir integración contra la fragmentación, cooperación contra la dependencia, pueblo contra oligarquías.
Cuba resiste porque nunca ha dejado de pensarse como sujeto histórico colectivo. Fidel, el Che y Chávez representan tres momentos de una única trayectoria: la lucha contra el imperialismo como sistema, la defensa de la dignidad de los pueblos y la construcción de alternativas reales al capitalismo global. Es esta continuidad política y moral la que hoy, a pesar de todo, sigue inquietando al poder y hablando a los pueblos.
Luciano Vasapollo
