El año 2026 comienza en medio de una conmoción internacional provocada por la intervención militar extranjera contra Venezuela y el secuestro de su jefe de Estado. Actos perpetrados por el gobierno de los Estados Unidos y amparados en la retórica explícita de Donald Trump. La gravedad de estos hechos no afecta únicamente a los equilibrios geopolíticos regionales, sino que compromete principios fundamentales del orden internacional y, en ultimada instancia, el destino del planeta y de la humanidad misma. La impunidad con la que se desarrollan obliga a una reflexión que trascienda lo coyuntural y permita analizar el papel histórico del imperialismo norteamericano y su renovada peligrosidad en el contexto actual.

Conviene subrayar, desde el inicio, que la reciente agresión a Venezuela no constituye un episodio aislado ni un exceso circunstancial. Se trata de una fase más de una estrategia imperialista sostenida en el tiempo, que se activa con especial intensidad desde 1999, tras la llegada de Hugo Chávez a la presidencia. La puesta en marcha de políticas claramente antiimperialistas y de integración regional, respaldadas por los recursos estratégicos venezolanos, dio lugar a la conformación del denominado Bloque Bolivariano, que operó como contrapeso al poder hegemónico estadounidense desde finales del siglo XX y, contribuyó a redefinir el discurso de la izquierda a nivel global.

Desde entonces, Venezuela se convirtió en un objetivo permanente de agresión. Bloqueo económico, intentos de golpe de Estado, uso sistemático del lawfare, desestabilización política y social interna, manipulación de procesos electorales y construcción de liderazgos opositores, han sido instrumentos recurrentes, ejecutados con la colaboración activa y el beneplácito tanto de Washington como de la Unión Europea.

En este punto resulta fundamental desmontar una de las lecturas más extendidas tras los acontecimientos recientes: la idea de que Donald Trump “inaugura” o “reactiva” el imperialismo estadounidense. El imperialismo norteamericano no nace con Trump ni con la agresión contra Venezuela. Es una estructura histórica con más de un siglo de permanencia e influencia en el escenario mundial, que ha adoptado distintos lenguajes y mecanismos, pero ha perseguido siempre los mismos objetivos de dominación política, económica y estratégica.

Durante más de cien años, la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina y otras regiones del mundo se caracterizó por la intervención sistemática, aunque acompañada de un cuidado discursivo. Golpes de Estado, bloqueos económicos e invasiones fueron presentados como defensa de la democracia, lucha contra el comunismo o promoción de la estabilidad; más recientemente, como protección de los derechos humanos, garantía de la seguridad mundial o lucha contra el terrorismo. Es decir, el imperio actuaba, pero evitaba nombrarse o presentarse como tal.

Esta lógica fue comprendida tempranamente por el pensamiento latinoamericano. Ya en 1895, José Martí advertía a Manuel Mercado: “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas, y mi honda es la de David”. La metáfora tomada de la fábula bíblica de David y Goliat, se convertiría en una imagen central de los líderes antiimperialistas del siglo XX, al expresar la asimetría estructural entre los pueblos y la potencia hegemónica.

Lo que hace particularmente peligroso el momento actual no es, por tanto, una supuesta novedad imperial, sino la ruptura del consenso político y discursivo que se consolidó tras la caída del campo socialista. Con el fin del mundo bipolar, Estados Unidos dejó de ejercer su dominio de forma unilateral y optó por gobernar el orden internacional en alianza con la Unión Europea, bajo un relato moderado de multilateralismo, democracia y derechos humanos. Ese marco funcionó, hasta ahora, como mecanismo de legitimación, corresponsabilidad y contención simbólica del poder imperial.

La retórica de Donald Trump rompe abiertamente con ese esquema. Prescinde de la mediación europea, desacredita los instrumentos del derecho internacional y afirma sin ambigüedades el derecho de Estados Unidos a castigar o cambiar gobiernos, intervenir territorios, administrar países y asegurar recursos estratégicos según sus propios intereses. Su peligrosidad no radica en una mayor violencia ¾Una constante en la historia imperialista estadounidense¾, sino en el abandono explícito de las normas, los consensos y las ficciones institucionales que durante décadas regularon formalmente el ejercicio del poder global.

Este giro no puede entenderse sin atender al control de la narrativa en el mundo contemporáneo, el poder no se ejerce solo mediante la fuerza militar o las sanciones económicas, sino también a través de la infraestructura de la comunicación. La alianza de Trump con la oligarquía tecnológica responde a esta lógica: las grandes plataformas digitales, concentradas en pocas manos, no gobiernan formalmente, pero moldean el sentido común y controlan la narrativa dominante.

Ante este escenario, la reacción de la Unión Europea resulta particularmente inquietante y la pasividad internacional no es una opción. El mundo no puede quedar rehén de la voluntad de Estados Unidos, ni aceptar como argumento, que nada puede hacerse si Estados Unidos no lo permite, mientras se violan de forma sistemática las normas que rigen la convivencia global. La defensa del derecho internacional, de los derechos humanos, de los organismos multilaterales creadas después de la Segunda Guerra Mundial, no es una concesión moral, sino una condición de supervivencia colectiva. Hoy ser antiimperialista, no es una opción ideológica, sino una necesidad histórica.

Por REDH-Cuba

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Shares