Las acciones se desencadenaron tal como se preveía: un golpe de mano ejecutado al amparo de la noche y con total alevosía. Fue una operación dirigida contra un gobierno legítimo y un país que jamás ha agredido a otro.
Si algo domina la maquinaria bélica estadounidense es precisamente este tipo de incursiones; cuentan con una vasta experiencia y la historia ofrece ejemplos de sobra.
Desde los albores de 2025, la Casa Blanca intensificó significativamente su política de «máxima presión» contra Venezuela. La estrategia transitó de la guerra económica al posicionamiento militar y los ataques directos contra presuntos envíos de narcóticos, todo ello respaldado por operaciones de inteligencia de gran envergadura.
La justificación pública de estas acciones mutó: el gastado discurso de la “defensa de los derechos humanos y la democracia” fue sustituido por acusaciones de narcoterrorismo. Con la construcción de esta narrativa —que incluyó la recompensa de 50 millones de dólares por el presidente Nicolás Maduro y la invención del «Cartel de los Soles»— se pretendió camuflar el motivo real del despliegue militar y de la operación que finalmente se ejecutó.
Sin embargo, el objetivo era diáfano desde días antes; el propio agresor lo había declarado sin rubor: «vamos por las riquezas de Venezuela», “nuestro petróleo”, “nuestro oro”, “nuestras tierras”.
Apenas minutos después del ataque, que se prolongó durante media hora, el presidente de EE. UU., Donald Trump, ofreció sus primeras declaraciones tras haber ordenado la agresión contra suelo venezolano. Con total arrogancia y desprecio por la legalidad internacional, se atribuyó el acto de barbarie.
A medida que la “niebla de guerra” se disipa, se revelan los detalles: emplearon dispositivos de guerra electrónica para neutralizar los radares de aviso temprano y, posteriormente, helicópteros de vuelo bajo procedentes de bases cercanas cumplieron la misión. Atacaron puntos de importancia táctica con misiles, utilizando algunos como distracción para el objetivo principal: el secuestro del mandatario. Los civiles asesinados pasarán a engrosar los informes del Pentágono bajo el frío eufemismo de “daños colaterales”.
Mientras transcurren las horas, el mundo se moviliza para condenar la agresión, pero lo más trascendental es que Venezuela se levanta. En este punto de la historia, los imperios ya no necesitan máscaras; se muestran tal cual son. Ante esto, se hace imperativa la claridad necesaria para el nacimiento de un mundo nuevo.
George Kennan, el influyente asesor del presidente Truman, expresó en la década de los 50: “Tendremos que desprendernos de sentimentalismos y tonterías. Abandonar objetivos vagos y poco realistas como los derechos humanos, la mejora de los niveles de vida y la democratización. Pronto llegará el día en que funcionaremos con conceptos directos de poder. Cuantas menos bobadas idealistas dificulten nuestra tarea, mejor nos irá”.
Para nosotros, los pueblos de América Latina y el Caribe, llegó “la hora del recuento y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las entrañas de los Andes”, tal como sentenció José Martí en Nuestra América.
