Cuba está bajo ataque. No desde hoy ni desde ayer, sino desde hace más de sesenta años. Sin embargo, el objetivo nunca ha sido tan claro: borrar la anomalía cubana, eliminarla como ejemplo histórico, político y simbólico. No se trata solo de derrocar a un gobierno, sino de destruir definitivamente la idea de que pueda existir una alternativa al capitalismo neoliberal en el corazón de Estados Unidos.


Fuente: Faro di Roma

Las dramáticas noticias que llegan de la isla no nos dejan indiferentes. Son señales claras de una emergencia humanitaria que se agrava día a día. En los últimos meses, la escasez de petróleo se ha vuelto casi total en un país que depende en gran medida de las importaciones para satisfacer sus necesidades energéticas. Los suministros, que ya se proyectaba que disminuirían drásticamente en 2025, se han desplomado aún más, haciendo insostenibles los sistemas de electricidad y producción. La reducción del combustible disponible tiene efectos inmediatos en todos los aspectos de la vida cotidiana: transporte, atención médica, producción industrial y escuelas.

El gobierno ha anunciado la llamada “opción cero”, un plan de supervivencia que recuerda los años más duros del Período Especial. Cirugías pospuestas, reducción drástica del transporte público, horarios laborales y escolares más cortos, cierre de instalaciones turísticas y racionamiento de combustible. Estas medidas extremas revelan la profundidad de la crisis y la progresiva erosión del tejido social de la isla.

Este escenario no es resultado de errores contingentes ni de un destino histórico. El recrudecimiento del cerco económico, la escasez energética y la presión financiera y diplomática son instrumentos deliberados de guerra económica, aplicados metódica y persistentemente. El bloqueo no es una reliquia de la Guerra Fría, sino un mecanismo moderno, adaptado a la era de la globalización, diseñado para impactar directamente a la población y generar desesperación social.

Privar a Cuba de petróleo significa paralizar la vida del país. Significa convertir la energía en un arma política. Es una estrategia ancestral, bien conocida en la historia del imperialismo: hacer la vida cotidiana insoportable para que la supervivencia se vuelva más urgente que la dignidad, más fuerte que la memoria histórica.

Pero Cuba es “culpable” de algo más profundo. Es culpable de haber demostrado, a pesar de todo, que otro modelo es posible. Garantiza la salud y la educación universales, resiste sin someterse, construye cooperación internacional en lugar de saqueo, médicos en lugar de mercenarios. Esta es la anomalía que quieren borrar: la prueba viviente de que el capitalismo no es un destino inevitable.

Por esta razón, Cuba debe ser castigada, aislada, deslegitimada y retratada exclusivamente como un fracaso. Toda dificultad se transforma en propaganda, todo sufrimiento en una acusación unilateral, mientras que las responsabilidades de quienes aprietan el nudo se silencian deliberadamente. Es una narrativa tóxica que sirve para justificar lo injustificable.

Cualquiera que conozca Cuba de verdad sabe que el problema no es la falta de resiliencia de su gente, sino la excesiva violencia sistémica ejercida contra ella. Esta no es una crisis natural, sino inducida. No es el socialismo el que carece de oxígeno: es Cuba la que está siendo estrangulada.

Tras el ataque a la isla se esconde un temor mayor: que el ejemplo cubano, a pesar de sus contradicciones, siga hablando a los pueblos del Sur global, a los trabajadores, a los jóvenes, a quienes rechazan la idea de que el lucro y el mercado deben regir todos los aspectos de la vida. Cuba representa un acto histórico de desobediencia que jamás ha sido perdonado.

Defender a Cuba hoy no significa negar sus dificultades ni idealizar su camino. Significa defender el derecho del pueblo a la autodeterminación, la soberanía y la capacidad de elegir caminos diferentes. Significa oponerse a un orden mundial que solo tolera a quienes se someten.

Quieren borrar la anomalía cubana porque es incómoda, porque persiste, porque le recuerda al mundo que la historia no ha terminado. Nos toca decidir si seguimos siendo espectadores de esta lenta asfixia o si rompemos el silencio cómplice que la hace posible.

Por REDH-Cuba

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