El discurso de imperia en Múnich reaviva tensiones globales al redefinir la “civilización occidental” y su relación con el sur global y los nuevos equilibrios de poder
Fuente: AlmaplusTv
Los imperios tienden a hacer distinciones jerárquicas entre sus ciudadanos y el resto del mundo. Para los romanos, los pueblos que vivían fuera de sus fronteras eran bárbaros. Y los bárbaros que tenían cierto grado de prosperidad eran amenazas potenciales, enemigos a barrer. Sobre todo si esa prosperidad podía ser incautada.
La retórica imperial fue el signo fundamental de Marco Rubio en Múnich, el 14 de febrero. El discurso del Secretario de Estado del emperador Trump fue una pieza oratoria que mezcló a Shakespeare con los Rolling Stones, en el afán por lisonjear a sus aliados europeos, pero hacerlos ver como parte de un bloque histórico, vanguardia de una «civilización», la occidental, que excluye por supuesto al resto del orbe. Un bloque histórico subordinado, obviamente, a Washington, la nueva Roma.
Rubio fue poco original al construir el «mito fundacional» de ese bloque: ganadores de la Segunda Guerra Mundial, fueron la «alianza histórica (…) que salvó y cambió el mundo». O sea, no solo es un tema cultural, de literatura y música, de lenguaje e idiosincrasia: la «civilización occidental» de Rubio se articuló para, ellos solitos, vencer a los nazis y a los fascistas. Los soviéticos, además de ser un «imperio malvado», eran unos bárbaros que ponían en riesgo a los decentes occidentales.
Así lo dijo, literal: «(…) el comunismo soviético estaba en marcha. Miles de años de civilización occidental pendían de un hilo». Los bárbaros comunistas representaban «una nueva catástrofe mundial, una con el potencial de un nuevo tipo de destrucción, más apocalíptica y definitiva que cualquier otra en la historia de la humanidad». Los bárbaros se atrevieron a dejar de creer en el Dios correcto, haciendo «revoluciones comunistas ateas», y en el colmo de la osadía, lideraron «levantamientos anticolonialistas que transformarían el mundo y cubrirían con la hoz y el martillo rojos vastas extensiones del mapa».
¡Qué barbaridad eso de luchar por no ser una colonia!
No es una mera parábola. Cuando Rubio se refirió al genocidio en Gaza (que con su habitual cinismo denominó «guerra»), habló de cómo «el liderazgo estadounidense (…) liberó a los cautivos de los bárbaros». Cautivos son, por supuesto, los israelíes —parte del bloque histórico de Rubio y de su «civilización» por sus nexos con la élite política estadounidense—; los palestinos, que se enfrentan al apartheid y a la colonización de su tierra, son bárbaros. Despojado de la sutileza de sus pares liberales, el nuncio trumpista nos hace retroceder dos mil años.
Por supuesto, bárbaros son también los que osan huir de la pobreza que es fruto del factor «subdesarrollante» —como clasificara Retamar— de los llamados países primermundistas. Al tratar de nadar con la gradiente de concentración de las riquezas, los migrantes son detenidos o expulsados. La riqueza que roban, de disímiles formas, del sur global, no será compartida con ellos.
Rubio afirma, como su amo, que la migración «amenaza la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestro pueblo», porque esos bárbaros cuestionan el modo de vida occidental. Pero la realidad es que, sencillamente, no quieren una distribución equitativa que permita un desarrollo sostenible a nivel mundial. Desean defender su estatus y el statu quo global, y para ello necesitan que los pobres se queden quietos, que permanezcan en la miseria, provocada por su consuetudinario expolio… y si algún día son requeridos, se les otorgará visa. El orden debe ser preservado.
¿Y cuál es la causa para el Imperio de esta crisis migratoria «que está transformando y desestabilizando las sociedades de todo occidente»? Nada más y nada menos que el neoliberalismo.
Casi parece que para Rubio las transformaciones impulsadas a nivel político por Margaret Thatcher y Ronald Reagan, patricios de la «civilización occidental», fueron y son más nocivas que el mismo comunismo. Una vez derrotados los soviéticos, el bloque histórico imperialista se reblandeció, se confió, y comenzó «una transformación tonta», al promover el libre comercio y despojar, por desprotección, «a nuestras naciones de su riqueza, su capacidad productiva y su independencia».
Obviamente, los bárbaros que luchan por su soberanía merecen ser borrados del planeta. Pero la civilización occidental sabe que preservar la soberanía de las naciones dentro de su bloque vanguardia es uno de «nuestros deberes más básicos para con nuestro pueblo». Los otros pueblos, los ajenos, que se las arreglen como puedan. Para Rubio, esto no es xenofobia ni odio, sino enfrentar «una amenaza urgente para el tejido de nuestras sociedades y la supervivencia de nuestra civilización en sí misma».
El neoliberalismo, al abrir fronteras, al alejarse de las nociones clásicas del Estado nación capitalista —hasta cierto punto— constituyó, a ojos del embajador imperial «una visión dogmática del comercio libre y sin restricciones», «una idea absurda que ignoraba tanto la naturaleza humana como las lecciones de más de 5000 años de historia documentada». Pero, ¿con qué piensan reemplazar ese mundo que ellos mismos diseñaron hace décadas?
La pax romana, la violenta imposición de la voluntad imperial para que, mediante la sumisión, se erradique el conflicto. Según Rubio: «Los ejércitos luchan por un modo de vida. Y eso es lo que defendemos: una gran civilización que tiene todas las razones para estar orgullosa de su historia, confiada en su futuro y que aspira a ser siempre dueña de su propio destino económico y político». Otra vez valores que solo defienden para sí mismo: historia, futuro, soberanía… todo lo que le niegan a los bárbaros, porque sencillamente no se lo merecen.
Y como «no vivimos en un mundo perfecto», esa «paz» se impone por la fuerza, no por la diplomacia. A los «clérigos chiítas radicales de Teherán» les obsequiaron «14 bombas lanzadas con precisión desde bombarderos estadounidenses B-2» y al «dictador narcoterrorista en Venezuela» lo sorprendieron con alevosía y nocturnidad para llevarlo ante la justicia, matando en el proceso a más de cien personas. Bueno, cien bárbaros, cifras apenas, daño colateral. Realmente no importa: lo trascendente es que la justicia imperó.
En esta etapa trumpista, el imperio estadounidense, a la cabeza de la «civilización occidental» —que lidera con el dólar y las armas— ni siquiera se esfuerza por disimular: las «abstracciones del derecho internacional» no pueden ser un impedimento para su poderío. El mismo emperador, a nivel individual, confesó sin pudor que su único límite era su propia moralidad. Cual moderno Calígula o Nerón, el amigo de Jeffrey Epstein, sabe que la ética no hace falta si se puede amenazar y destruir, aunque el mundo arda.
El poder, puro y duro, es la única divisa de esta época que Trump y Rubio intentan, sin ánimos de originalidad, vender como influjo civilizatorio. Por eso hoy cierran el cerco sobre Irán y sobre Cuba, naciones bárbaras que se arrogaron la potestad de no obedecerlos. A los que creyeron «que la era de dominio occidental había llegado a su fin», el imperio podrá vencerlos sin necesidad de convencerlos, y los bárbaros, «fuerzas de la destrucción de la civilización que hoy amenazan tanto a Estados Unidos como a Europa», serán sometidos o erradicados.
Excepto si tienen poder equivalente, por supuesto. Ahí está China, que es cualquier cosa menos occidental, pero al ser interrogado por ese país, el Secretario de Estado respondió: «tenemos la obligación de comunicarnos (…) y dialogar (…) sería una mala práctica geopolítica no mantener conversaciones con China». Con el gigante asiático, Estados Unidos sí puede coexistir, «evitando obviamente los conflictos, tanto económicos como peores».
¿Quiénes estamos en peligro? Los bárbaros pobres, los países del sur global que no podemos vencer en un hipotético escenario de conflagración o que no tenemos peso en el entramado financiero mundial. Y en ese caso, claro está, se encuentra Cuba. Irónicamente, el hoy flamante jefe de la diplomacia imperial, Mr. Marco Rubio, es hijo de cubanos. En su afán por transformar la historia, tanto universal como personal, Rubio mintió descaradamente y afirmó que sus padres habían huido del comunismo, cuando en realidad se fueron del país durante la dictadura de Fulgencio Batista, aliado incondicional del imperio.
Así que Rubio tiene sangre bárbara, aunque no se quiera acordar de eso, aunque hoy reniegue de los pueblos allende a las fronteras imperiales; aunque le niegue a otros los derechos que sus padres sí tuvieron. No olvidar que su abuelo estuvo años indocumentado y no fue deportado. Un mentiroso patológico es el representante perfecto del emperador Trump, pero Rubio no deja de ser otra cosa que un bárbaro renegado, un hijo perdido de pueblos vulgares, simulando ser heredero de los Beatles y de Dante. En resumen: un traidor. Y como se sabe, Roma paga a los traidores… pero los desprecia.
No sorprendería entonces que un día, esa «civilización occidental» que él enarboló en Múnich le dé la espalda, lo olvide, y ensalce en su lugar a un heredero legítimo, a un purasangre imperial. Pero los bárbaros, los que hoy sufrimos a cuenta de su gestión; los pueblos a los que se le intenta borrar su historia, a los que se nos intenta arrebatar la tierra y la libertad; todos los que somos y nos sentimos parte consciente del sur global, no olvidamos.
