Trump reiteró esta tarde que Cuba será invadida. Durante un discurso para la Iniciativa de Inversión Futura en Miami, un clima pútrido y expectante a ese tipo de declaraciones, tras recordar la acción quirúrgica contra Venezuela y la agresión a Irán, anunció: «A veces hay que emplear la fuerza y Cuba es la siguiente». Pudiera parecer otra fanfarronada de las suyas, pero no lo creo. Lleva días desesperado por mostrar resultados en Medio Oriente y no lo consigue. Llegó al extremo de dar luz verde para atacar la central nuclear iraní de Bushehr y después de una tercera andanada que impactó en sus instalaciones, solo ha conseguido una mayor determinación de ese pueblo a defender la soberanía.
Las rabietas llevan a Trump de la incoherencia a las mentiras burdas, que todos le ríen y pocos le creen. El cierre del estrecho de Ormuz se ha convertido en una Espada de Damocles contra su presidencia, porque tiene sobre sí el peso de las presiones internacionales; de los conglomerados de la energía y del Partido Demócrata, que amenaza con arrasar en las elecciones de medio término en noviembre. En este último caso es grave: su índice de aceptación entre los votantes ha caído por debajo del que tenía Biden al final de su mandado y un cambio en la correlación de fuerzas en la Cámara de Representantes podría depararle un juicio político. Lo ha advertido sin revertir la tendencia.
Dentro de su partido crecen las contradicciones. Varios republicanos abandonaron hoy una reunión a puertas cerradas en los Comités de Servicios Armados del Congreso con funcionarios del Pentágono. Llegaban para persuadir acerca de la necesidad de liberar los 200 000 millones de dólares adicionales demandados por la Casa Blanca para la guerra en Medio Oriente. «Fuimos engañados. Permítanme repetir: no apoyaré a las tropas sobre el terreno en Irán, más aún después de esta reunión. […] mientras más dure esta guerra más rápido perderá el apoyo del Congreso y del pueblo estadounidense», anunció Nancy Mace en su cuenta en X. Ryan Mackenzie, por su parte, advirtió que no quieren «quedar envueltos en otra guerra para siempre» y espera que el envío de tropas sea una postura para obtener un mejor trato con Teherán. «Queremos saber más sobre lo que está sucediendo, cuáles son las opciones y por qué se están considerando. Y no estamos recibiendo suficientes respuestas a esas preguntas. Solo queremos que nos digan cuál es el plan…», manifestó al final de la audiencia Mike Rogers, presidente del Comité de Servicios Armados de la Cámara, uno de los que apoyó la Operación Furia Épica.
Furia Épica. pensada para afectar el suministro de petróleo a China —Irán es su cuarto suministrador— y subir las apuestas por Israel en la región, de paso le permitió a Trump desviar la atención del Caso Epstein, pero a estas alturas se ha convertido en un bumerán. En mi modesta opinión tiene ante sí dos escenarios: 1) continuar escalando frente a la resistencia iraní que amenaza con derrumbar el esquema de seguridad plantado por sucesivas administraciones de Estados Unidos en Medio Oriente para garantizar el control hegemónico de sus reservas petroleras —Trump prometió en su campaña no empeñarse en una guerra sin términos, mas aunque ya nadie lo recuerda los efectos adversos lo muestran vulnerable y ridiculizado—; 2) Declarar una victoria que no obtuvo en el teatro de operaciones militares y buscar un nuevo chivo espiatorio más «débil», que lo retorne al redil de los «triunfadores» (o sea, en su cínico cálculo: Cuba). Aunque en esencia es una medida genocida, el bloqueo de combustible apunta a reducir al mínimo las capacidades combativas de nuestras Fuerzas Armadas Revolucionarias y sus trasnochados analistas pudieran suponer que sus objeticos están cerca de alcanzarse.
Lo he repetido: todo apunta a que a nuestra generación le corresponderá defender la Revolución con las armas en el Centenario de Fidel. Nunca imaginamos que eso sería posible, pero la mayoría de las revolucionarias y revolucionarios; la inmensa mayoría de los cubanos —mujeres, hombres, ancianos e incluso niños—, no eludirán su deber con la patria. Llamo a quienes tienen la responsabilidad de la atención de los asuntos ideológicos en el Partido, el Gobierno y las instituciones educativas y culturales a redoblar los esfuerzos con la máxima martiana que avivó los corazones el 24 de enero de 1880 en Nueva York, cuando no pocos se mostraban cansados después de diez años de lucha segados con el Zanjón: «La libertad cuesta muy cara, y es necesario, o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio. […] Los grandes derechos no se compran con lágrimas, sino con sangre».
