De Eisenhower a Trump, pasando por Kennedy, Clinton y Obama, la política de Washington hacia la Isla ha sido un rosario de fracasos. El objetivo nunca cambió: derrocar a la Revolución. El resultado tampoco: la resistencia del pueblo cubano sigue intacta. Ahora, con un bloqueo petrolero y amenazas de «toma de control», la historia se repite. Pero los cubanos, como dijo Martí, saben que la independencia es condición de esencia de la vida.


La historia del enfrentamiento de Estados Unidos con Cuba no se puede pasar por alto. Desde Dwight Eisenhower hasta Donald Trump, todos los presidentes, demócratas y republicanos, han demostrado los mismos errores, las mismas equivocaciones y el mismo desprecio hacia la Isla.

No importa que Cuba haya manifestado en múltiples ocasiones su disposición a mantener una relación cordial y respetuosa. La prepotencia yanqui no acepta que exista un país al borde de su frontera con un gobierno que desafíe su poderío y se niegue a plegarse a sus dictados. Así consta en sus propios documentos desclasificados.

El origen: un plan de la CIA que nunca funcionó

El 17 de marzo de 1960, Dwight Eisenhower aprobó en secreto el primer Programa de Acciones Encubiertas contra Cuba. El objetivo estaba escrito en términos que hoy suenan escalofriantemente actuales:

«El propósito del programa aquí expuesto es provocar la sustitución del régimen de Castro por uno que responda mejor a los verdaderos intereses del pueblo cubano y sea más aceptable para Estados Unidos».

Ese objetivo fracasó estrepitosamente en el desembarco de Bahía de Cochinos. La brigada mercenaria, financiada y entrenada por la CIA, tenía la ilusión de derrocar a la Revolución e imponer el anhelado gobierno que respondiera a Washington, como habían hecho todos los gobiernos cubanos desde 1902 hasta 1958.

Pero los yanquis no aceptaron la derrota. El presidente John F. Kennedy ordenó un nuevo programa de mayor alcance: el Proyecto Cuba, bajo el nombre código de Mangosta, aprobado el 18 de enero de 1962. Su objetivo era aún más explícito:

«Ayudar a los cubanos a derrocar al régimen comunista en Cuba e instaurar un nuevo gobierno con el cual Estados Unidos pueda vivir en paz».

Durante 67 años, Washington ha trabajado con fuerza para hacer realidad ese propósito.

67 años de agresiones: terrorismo, guerra económica y guerra mediática

La lista de agresiones es larga. Estados Unidos ha ejecutado:

  • Actos terroristas contra la economía, la cultura, los servicios, el transporte naval, aéreo y terrestre.
  • Creación, financiamiento y abastecimiento de grupos de bandidos en las zonas montañosas.
  • Reclutamiento de personas para conformar redes de espionaje al servicio de la CIA.
  • Una guerra económica, comercial y financiera para impedir el desarrollo del país.
  • Guerra biológica contra los seres humanos, la fauna y la flora cubana.

En las últimas décadas, sumaron la guerra mediática: sitios en Internet, estaciones de radio y TV, libros, filmes, música, conferencias y todo tipo de publicaciones para envenenar la mente de cubanos y extranjeros y restarle apoyo a la Revolución.

Ninguno de esos proyectos les dio resultados. Y aunque Cuba los denunció una y otra vez, los yanquis nunca abandonan el objetivo de imponer un gobierno «que sea aceptable para Estados Unidos».

El nuevo capítulo: Trump, Rubio y la obsesión intacta

La actual coyuntura internacional, con el segundo gobierno de Trump y la designación de Marco Rubio como secretario de Estado, le da un nuevo aire a la política anticubana. Rubio, de origen cubano, debe su carrera política a la mafia terrorista anticubana de Florida, que le posibilitó acceder al Senado.

Su proyecto es claro: lograr un cambio de gobierno en Cuba e imponer nuevamente uno que se pliegue totalmente a Washington, devuelva las propiedades nacionalizadas y cambie el sistema político y económico cubano según los dictados de la Ley Helms-Burton, aprobada por Bill Clinton el 1 de marzo de 1996.

El 25 de febrero de 2025, Rubio habló con periodistas en la reunión de la Comunidad del Caribe en San Cristóbal y Nieves y dejó clara su postura:

«Cuba necesita cambiar y no tiene que cambiar todo de golpe, ni tiene que cambiar de un día para otro. Todos aquí somos maduros y realistas, pero necesitan hacer reformas drásticas… obviamente a Estados Unidos le encantaría ver eso».

El plan yanqui es incrementar la asfixia económica. En enero pasado impusieron un bloqueo petrolero que agrava la situación interna al afectar la salud, la educación, el transporte, la agricultura, la producción de alimentos e incluso la recreación del pueblo.

La amenaza de la «toma de control»

Desde hace días, Trump ha lanzado amenazas de «tomar control de Cuba, ya sea de forma amistosa o de forma hostil». Repite que el Gobierno de La Habana «caerá muy pronto» porque la Isla «está en ruinas».

Lo que omite decir es que desde hace 67 años Estados Unidos persiste en mantener la guerra económica, comercial y financiera, y ahora con el bloqueo petrolero impuesto en enero pasado, y aun así no logra sus propósitos imperiales.

Trump y Rubio no cuentan con la firmeza de principios de la mayoría del pueblo cubano. Los cubanos, como los iraníes, están dispuestos a defender la soberanía e independencia al precio que sea necesario.

Si se lanzan a una ofensiva militar, no les será un paseo fácil. Lo pudieron comprobar en Venezuela con la valiente actitud de los militares cubanos.

La lección que Washington no aprende

La historia demuestra que Estados Unidos se equivoca una y otra vez con Cuba. Subestima la resistencia de un pueblo que ha derrotado invasiones, atentados, guerra biológica y un bloqueo que dura más de seis décadas.

Ambos, Trump y Rubio, deberían saber lo que para los cubanos significa la independencia. Como dijera José Martí:

«La independencia es condición de esencia de la vida».

Y esa condición no se negocia. Ni con amenazas, ni con asfixia económica, ni con promesas de una «toma amistosa».

Por REDH-Cuba

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