Da la impresión de que los acontecimientos marchan muy rápido. Es cierto, hay un cambio de velocidad: un «acelerador» que intenta llevarnos con paso entusiasta y marcha triunfal a nuestra desaparición como seres humanos. No se trata solo —aunque también— de la supresión física; incluye el intento de arrebatar la decencia como cualidad ético-política.
El genocidio en Gaza, el bombardeo a Venezuela y el secuestro de su presidente, los discursos cargados de amenazas del mandatario de la principal potencia imperial, la persecución y el asesinato de aquellos a quienes consideran «prescindibles» en su propio territorio, la guerra contra Irán y la política de asfixia extrema contra todo un pueblo son catalizadores para expropiarnos nuestra condición de seres que piensan y sienten.
El «acelerador» nos interpela para actuar con urgencia. Pero, al mismo tiempo, se acompaña del peligro de borrar el peso de los acumulados. Ese «apuro» que se nos impone implica la obligación de un rápido actuar y, al mismo tiempo, constituye una operación para dinamitar lo logrado. En esa aceleración, en esa «temporalidad desquiciada», también puede manifestarse nuestro acumulado mayor: el signo del proyecto revolucionario es la urgencia y es en ella donde aparece lo mejor de los cubanos y de las cubanas.
En nuestro caso —es a Cuba a quien nos referimos cuando hablamos, para decirlo con todas las letras, de «la política de asfixia extrema contra todo un pueblo»— los efectos de la política estadounidense de máxima presión no pueden aquilatarse sin reconocer el largo asedio de más de seis décadas por parte de las sucesivas administraciones de la Casa Blanca. Trump hinca sus dientes en las heridas que otros Demócratas y Republicanos infligieron en las carnes y las mentes de una Isla rebelde; quiere golpear —como si fuera el primero— sobre las zanjas abiertas por el bloqueo y la guerra económica. Es, podemos decirlo, la reencarnación del mayoral que azotaba al esclavo por su rebeldía, por su cimarronaje, por sus ansias de libertad. Trump pretende castigar el derecho a la soberanía.
El momento es particularmente peligroso para Cuba, para su pueblo, por varios motivos. Primero, porque se amenaza de nuevo con una agresión directa. Ello ocurre cuando el régimen estadounidense-sionista mantiene con impunidad —a pesar de las movilizaciones, protestas y la condena de organismos internacionales— el genocidio del pueblo palestino. Asimismo, la marcha de la guerra contra Irán, sus efectos en los bolsillos de los propios votantes MAGA y el escándalo Epstein impulsan al jefe del régimen, Donald Trump, a la búsqueda de «buenas noticias» para el sector más reaccionario de sus seguidores y operadores, algunos de ellos parte del articulado mafioso anexionista anticubano.
En segundo lugar, si bien la posibilidad de una agresión contra la Isla no es nueva, tiene particularidades hoy. La situación del país es muy delicada, como reconocen las mismas autoridades y puede apreciarse en las calles. El recrudecimiento del bloqueo en variante de asfixia energética —que impacta en todos los aspectos la reproducción de la vida— se levanta sobre la combinación de la histórica guerra económica, los cuatro años del primer mandato de Trump y sus medidas coercitivas, los cuatro años de una administración Demócrata que no introdujo variación alguna de la política hacia Cuba —por el contrario, en medio de la Covid-19 negó la venta de ventiladores pulmonares a la Isla mientras financiaba proyectos para el cambio de «régimen»— y el año cumplido del segundo mandato de Trump, durante el cual ha dedicado buena parte a gestionar sus guerras externas e internas. En resumen: nueve años después, ya nadie se acuerda de Barack Obama para bien o para mal.
De igual manera, el escenario de correlación de fuerzas gubernamentales es particularmente desfavorable. Ya se aprecian los resultados de la «Cumbre de los Therians» que, promovida con el nombre Escudo de las Américas, se realizó en Florida a inicios de marzo. Para recordarnos la alerta martiana sobre cómo «la colonia continuó viviendo en la república» sirve el ejemplo de algunos gobiernos del área que corrieron a pagar sus tributos al Imperio: Daniel Noboa, de Ecuador, expulsó a los diplomáticos de la Isla; Rodrigo Chaves, de Costa Rica, cerró su embajada en La Habana y limitó sus relaciones con Cuba al ámbito consular; Nasry Asfura, de Honduras, canceló el convenio de colaboración médica… De seguro llegarán nuevas expresiones de genuflexión.
Ello contrasta con las infinitas acciones de solidaridad con el pueblo cubano provenientes de las más diversas geografías y ámbitos: intelectuales, artistas, organizaciones, líderes y lideresas sociales, políticos, académicos… Desde la perspectiva de contribuciones estatales tangibles en medio de un escenario hostil debe destacarse la mantenida por el Gobierno mexicano.
Otra arista de la delicada coyuntura en la cual se encuentra el país radica en las marcas físicas y culturales que se acumulan tras más de sesenta años de la política de estrangulamiento por parte de los Estados Unidos, y las maneras en que a través de las grandes empresas de la comunicación y otros operadores políticos se hace todo lo posible por orientar las causas de los problemas y las expresiones de malestar solo hacia el estado cubano. Hay una diferencia nada sutil entre reconocer, por una parte, que lo principal somos nosotros y que asumiendo el bloqueo como una latencia son muchas las cosas por hacer y los caminos sin transitar desde la política revolucionaria; y, por la otra, naturalizar que una potencia tiene el derecho de imponer sus dictados a todo el mundo a golpes de presión económica y bombas.
Como señalamos, el momento es particularmente peligroso para Cuba. El actual gobierno de los Estados Unidos ha demostrado que no cree en los diálogos, sino que exige sumisión. Como se siente disminuido —aunque no lo confiese y vocifere lo contrario— se calza las botas cual el gigante que fue. Frente a sus siete leguas, frente a sus cómplices y sus lacayos, el fuego del corazón de Cuba, de nuestra América y de los condenados de la tierra.
