Salir a la calle en Roma no es un gesto ritual. Es un acto político necesario. Para romper el bloqueo. Para defender la soberanía. Para afirmar, una vez más, que la Revolución cubana no está sola.


Por Luciano Vasapollo

Fuente: Faro di Roma

 

El llamamiento a la movilización del 11 de abril en Roma no es solo un acto de solidaridad internacional: es una toma de posición necesaria en una fase histórica en la que Cuba está sometida a un nivel de presión económica, política y simbólica sin precedentes por su duración e intensidad. Convocada por la Asociación Nacional Italia-Cuba, la manifestación tiene como objetivo apoyar la Revolución cubana, y hoy esto significa oponerse de manera concreta a un sistema de coerción global que utiliza el bloqueo como un arma de guerra no declarada, como subraya un comunicado publicado en el sitio de la Rete dei Comunisti, que participará junto a sus organizaciones juveniles, OSA y Cambiare Rotta. Cabe destacar también las adhesiones del sindicato USB y de la Red en Defensa de la Humanidad (REDH), a la que también se inspiran FarodiRoma y la Asociación Padre Virginio Rotondi por un periodismo de paz.

Desde hace más de sesenta años, el bloqueo impuesto por Estados Unidos representa una violación sistemática del derecho internacional y de los derechos fundamentales de un pueblo. Pero lo que hoy se observa es un salto cualitativo: el endurecimiento de las sanciones, las amenazas —aunque solo sean verbales— de intervención militar, y la presión sobre terceros países para interrumpir sus relaciones económicas con La Habana configuran un verdadero asedio. No es retórica hablar de “asedio medieval”: es la descripción concreta de un mecanismo que busca estrangular un sistema social alternativo.

El objetivo es claro y declarado: doblegar una experiencia que, desde 1959, ha elegido el camino de la soberanía política, la justicia social y el internacionalismo. Una elección que aún hoy se manifiesta en la capacidad de garantizar derechos fundamentales -salud, educación, vivienda – y de desarrollar un modelo solidario que también tuvo una expresión concreta en Italia durante la pandemia, con las brigadas médicas cubanas. Aquel principio fidelista, “médicos y no bombas”, sigue siendo una línea de demarcación ética y política entre dos visiones del mundo.

Sin embargo, mientras se intenta aislar a Cuba, la realidad cuenta otra historia. Muestra que Cuba no está sola. El envío de un segundo petrolero por parte de Rusia, tras la llegada del buque Anatoli Kolodkin, representa no solo una ayuda material, sino también un acto político: romper el bloqueo es posible. Las palabras del presidente Miguel Díaz-Canel expresan con claridad el sentido de esta solidaridad internacional, que se manifiesta en los momentos más difíciles y que tiene raíces históricas profundas.

Este envío desde Moscú se inscribe en un contexto agravado por la orden ejecutiva emitida por Donald Trump, que ha endurecido aún más el régimen de sanciones, llegando a amenazar con represalias a los países que comercien petróleo con la isla. Una medida que confirma la naturaleza extraterritorial y coercitiva del bloqueo, transformando el mercado energético en un instrumento de presión geopolítica.

Pero la denuncia del carácter inhumano del bloqueo no proviene solo de Cuba o de los movimientos solidarios. También a nivel internacional emergen señales significativas: el Consejo de Derechos Humanos de Ginebra ha aprobado una resolución que condena el uso de los alimentos como arma de coerción. Se trata de un paso crucial, porque reconoce lo que desde hace años se viene denunciando: el bloqueo golpea directamente la vida cotidiana de la población, afectando la seguridad alimentaria y el acceso a bienes esenciales.

En este contexto, la movilización del 11 de abril adquiere un valor que va más allá de la solidaridad simbólica. Forma parte de una “diplomacia desde abajo” que rompe el aislamiento, construye relaciones entre los pueblos y afirma una verdad a menudo ocultada: la crisis cubana no es el fracaso de un modelo, sino el resultado de una agresión sistemática.

Apoyar a Cuba hoy también significa defender la idea de que una alternativa al capitalismo global es posible. Significa oponerse a un orden internacional basado en la ley del más fuerte y reafirmar el principio de autodeterminación de los pueblos.

Por eso, salir a la calle en Roma no es un gesto ritual. Es un acto político necesario. Para romper el bloqueo. Para defender la soberanía. Para afirmar, una vez más, que la Revolución cubana no está sola.

¡Con Cuba socialista, siempre!

Por REDH-Cuba

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