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Opinión

Una flor a mi padre. Chiqui Vicioso

Ese internacionalismo tiene hoy dos objetivos: Defender a Cuba de la embestida de Trump, y para ello hago un llamado público a Matías Bosch para la consolidación de la Red de intelectuales por la Defensa de la Humanidad; y devolver el sosiego a María Antonia Bofill  y los familiares de los 22 asesinados en la expedición del 10 de agosto del 59, encontrando los restos de su padre, y los otros, a quien vio por última vez a los cinco años.

 

Con esa petición María Antonia Bofill  termina su entrevista al comandante Delio Gómez Ochoa sobre su padre: José Antonio Bofill Carbonell, un joven mecánico que en 1959 se enrolo en una expedición que es desconocida para la generalidad de los dominicanos.  Zarparon de Puerto Padre, en Cuba, un diez de agosto, para apoyar la invasión del 1J4, ignorando que sus integrantes ya habían sido diezmados.

En su entrevista a Delio, María Antonia le cuenta que la madre de uno de los combatientes, de 85 años, no cesaba de decir: “Pero mire que es triste que una tenga un hijo y no sepa donde murió, donde lo enterraron”.

Se especula que en Jeremi, ya que equivocaron el rumbo, llegaron a Cabo Tiburón, en Haití, fueron atrapados en La Punta, cerca de Cabo Haitiano, y 22 de ellos fueron fusilados.  Se habían enrolado voluntariamente y sin permiso oficial, porque todos habían sido combatientes del  IV Batallón Simón Bolívar, que había peleado contra Batista bajo las órdenes de Delio, a quien reconocían como su comandante.

La promesa de libertar a Santo Domingo  era de larga data.  Entre los años 45, 46  y  47, Fidel Castro, entonces un estudiante de Leyes, había sido designado como Presidente del Comité Pro-Democracia Dominicana y en 1947, según declara Fidel, se enrolo en la expedición de Cayo Confite, “sin pensarlo mucho”.

En noviembre de 1958, en plena Sierra Maestra, Fidel le reafirmo a Enrique Jiménez Moya sus ideas a favor de la causa dominicana desde sus años en la universidad, afirmando que: “Si caemos, como le dijo Martí al ilustre dominicano Federico Henríquez y Carvajal, caeremos también por la libertad del pueblo dominicano”.

Fidel volvió a reafirmar ese compromiso el 26 de julio de 1978, en Santiago de Cuba: “Sin el internacionalismo la Revolución Cubana ni siquiera existiría.  Ser internacionalista es saldar nuestra propia deuda con la humanidad”.

Ese internacionalismo tiene hoy dos objetivos: Defender a Cuba de la embestida de Trump, y para ello hago un llamado público a Matías Bosch para la consolidación de la Red de intelectuales por la Defensa de la Humanidad; y devolver el sosiego a María Antonia Bofill  y los familiares de los 22 asesinados en la expedición del 10 de agosto del 59, encontrando los restos de su padre, y los otros, a quien vio por última vez a los cinco años.

María Antonia narra esa búsqueda en su libro “La Olvidada Expedición a Santo Domingo en 1959”, el cual se pondrá  circular este viernes a las 6.30p.m., en la Academia de Historia.  Estar ahí, con una flor, es decirle a esta huérfana que el sacrificio de su padre no fue en vano.

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