La nunca tranquila situación en Medio Oriente alcanzó esta semana nuevos niveles de explosividad tras una serie de temerarias acciones desde varios bandos. En primer término, el anuncio del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sobre la ruptura unilateral del acuerdo nuclear suscrito por su país, Francia, Reino Unido, Alemania, Rusia y China con Irán supone el regreso a un escenario de enorme inestabilidad y consecuencias potencialmente catastróficas. El segundo factor que alimenta los temores de una escalada generalizada en las confrontaciones es la realización, por parte de Israel, de su mayor ataque aéreo en territorio sirio desde el inicio, en 2011, de la guerra civil que desgarra a esta nación árabe.

En cuanto al acuerdo nuclear signado en 2015 por el gobierno de Barack Obama, debe recordarse que se trata de un triunfo diplomático mayúsculo de dicha administración, por cuanto consiguió, de manera negociada y pacífica, una moratoria de 10 años al desarrollo de las capacidades tecnológicas iraníes en ese rubro a cambio de retirar las pesadas sanciones económicas impuestas al país islámico por EU y sus aliados. También es necesario señalar que, en virtud del acuerdo, Teherán aceptó una estricta supervisión internacional sobre el cese de su programa nuclear. El retiro estadunidense supone el regreso de las medidas punitivas –muchas de las cuales repercuten de manera negativa en el bienestar de la población civil–, y el riesgo de que, al ver limitado su desarrollo tecnológico a cambio de nada, el régimen iraní decida reanudar su programa de energía atómica con fines no pacíficos.

Las consecuencias del más reciente desplante de Trump, no por previsible menos atroz, distan de limitarse a la región: al haber traicionado el compromiso de su país con sus principales aliados europeos, el magnate quizá desencadenó un quiebre irreversible en los arreglos geopolíticos asentados desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, los cuales en buena parte sobrevivieron incluso al fin de la guerra fría. No se trata de una afirmación hiperbólica, pues hace eco de la contundente respuesta de la canciller alemana, Ángela Merkel, para quien Europa ya no puede confiar en Estados Unidos y debe tomar su destino en sus propias manos. No menos dura fue la reacción del mandatario francés, Emmanuel Macron, quien apenas unas semanas atrás tuvo un encuentro inmejorable en la Casa Blanca.

Por otro lado, la injerencia israelí en Siria se ha mantenido a lo largo de toda la guerra civil librada por el gobierno de Bashar al Assad en contra de un abanico de grupos opositores, siempre bajo el pretexto de la presencia de asesores militares y milicias iraníes en apoyo del mandatario sirio. No obstante, esta semana los bombardeos y ataques aéreos unilaterales emprendidos por Tel Aviv dieron paso a un presunto intercambio de fuego cuando, a decir de la defensa israelí, fuerzas de Irán lanzaron 20 misiles contra la zona de los Altos del Golán, arrebatada por Israel a Siria en 1967. Damasco no dudó en calificar el bombardeo masivo ordenado por el primer ministro Benjamin Netanyahu como una nueva fase en el conflicto armado interno, al tiempo que se suceden declaraciones altisonantes desde Tel Aviv y Teherán.

Debido a la cantidad de potencias extranjeras e intereses involucrados, cualquiera de las dos líneas de acontecimientos expuestas constituye en sí misma un motivo mayúsculo de inquietud por el futuro de la región e incluso del mundo, pero su conjunción supone nada menos que el mayor peligro para la paz mundial en las décadas recientes. Por tanto, se vuelve imperativo un llamado a la cordura a todos los actores, quienes deben ver más allá de sus caprichos y fobias inmediatos para poner en perspectiva el peligro al que someten a sus sociedades al emprender una escalada sin más futuro que el desastre.

Fuente: La Jornada