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Discursos, Memoria, Opinión

Discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en la clausura del IV encuentro del Foro de Sao Paulo, efectuada en el Palacio de Convenciones, el 24 de julio de 1993

24 de julio de 1993

Compañeros de la presidencia;

Compañeros miembros del Foro de Sao Paulo:

He seguido de cerca y con mucha atención todo el debate de los tres primeros días sobre este tema tan fundamental relacionado con la situación política y económica de América Latina.

Tenía un enorme interés en conocer cómo pensaba la izquierda de América Latina en este momento, partiendo de la convicción de que estamos viviendo uno de los momentos más difíciles de la historia de nuestro hemisferio, que estamos viviendo uno de los momentos más difíciles del mundo, y que estamos viviendo también uno de los momentos más difíciles de la izquierda.

Debo confesar que me siento realmente asombrado y estimulado al haber tenido esta oportunidad de escucharlos, y llama extraordinariamente la atención la gran comunidad de ideas, de criterios, de conceptos y de preocupaciones que hay entre todos nosotros; me llama la atención extraordinariamente el criterio prácticamente unánime acerca de lo que significa el neoliberalismo en América Latina y el Caribe.

Me he sentido como alguien al que ponen en una sauna, a 110 grados de temperatura, y después lo tiran al agua fría, a 4 ó 5 grados. Así me he sentido yo, que acabo de regresar de la III Conferencia Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de América Latina; pero al hacer esta comparación entre el agua fría y caliente, creo que en la sauna primero te pasan por la caliente y después por la fría, y aquí ha sido al revés: me pasaron primero por la fría y después por la caliente.

Una de mis grandes preocupaciones en las conferencias cumbres a que he asistido, han sido la enorme euforia reinante con relación al neoliberalismo, el enorme optimismo, lo que se ha podido apreciar en las tres cumbres: en Guadalajara, en Madrid y en Salvador de Bahía.

En Madrid fue donde más apología se hizo del neoliberalismo, era como si se hubiera encontrado la solución a todos los problemas de América Latina y del mundo.

Las tres veces he tenido que hacer como la compañera Marina, por una cuestión de honor me sentí en el deber de expresar que no compartía aquellos criterios y aquellas concepciones; que las respetaba, pero no las compartía. Quería salvar, realmente, mi responsabilidad histórica.

En esta última cumbre hubo, sin embargo, algo nuevo: se habló por primera vez de los problemas sociales. Esto se debió a la posición de Brasil, que planteó como tema central de la cumbre la cuestión del desarrollo, con énfasis especial en el desarrollo social, y ya allí se escucharon palabras relacionadas con la dramática situación social de América Latina; no se hablaba allí del Caribe, porque la reunión cumbre es de países de América Latina.

A mi juicio, ese fue un modesto avance; pero llamaba la atención el hecho de que pareciera que el neoliberalismo ha descubierto la pobreza, como si todo aquello fuera nuevo, y que, por supuesto, el neoliberalismo va a resolver generando riquezas.

La euforia reinante, que incluso se expresó en el Grupo de los Siete, en Tokio, cuando hablaron de los grandes éxitos de América Latina, se debía al hecho de que se han logrado algunas mejorías en determinados índices económicos. Por ejemplo, se produjo una reducción de la inflación, se produjo una reducción del déficit presupuestario, se produjo un modesto incremento de 2,4% en el Producto Interno Bruto, que se manifestó en distintas proporciones: unos bajaron y otros subieron y algunos países subieron más que otros, además, se había producido cierto ingreso de capital. Esos son los elementos en que se fundamentaron la euforia, la apología y las grandes esperanzas que se ponían en el neoliberalismo.

Al lado de eso había cosas evidentes, que todo el mundo las está viendo, las está palpando: la situación desastrosa en todos los ámbitos de la vida social. Nunca hubo más pobres en América Latina, nunca hubo mayor desempleo en América Latina, nunca hubo mayor desigualdad en América Latina, pudiéramos decir que nunca hubo más desatención a la educación, más desatención a la salud, más desatención a la pobreza, a los desamparados; nunca hubo más niños sin hogar, nunca hubo más niños en la calle, nunca hubo un mayor incremento de la violencia social, nunca hubo un mayor incremento de los vicios, de las drogas, del tráfico de drogas; nunca hubo una mayor renuncia —se puede decir— a valores que fueron siempre sagrados para todos nosotros, los latinoamericanos, y se puede decir, en realidad, que nunca hubo menos esperanzas, porque el neoliberalismo no es una teoría del desarrollo, el neoliberalismo es la doctrina del saqueo total de nuestros pueblos; el neoliberalismo no nos promete nada porque, incluso, en los países desarrollados y superdesarrollados, el neoliberalismo no ha resuelto nada y están cambiando gobiernos porque no han podido resolver, ni siquiera, el problema del desempleo.

El desempleo se ha convertido en un azote, en una pesadilla en esos países. Europa tiene ya 28 millones de desempleados —hablo de la Europa desarrollada—, lo cual está generando fenómenos de todo tipo: conflictos étnicos, xenofobia, violencia reaccionaria y fascista, allí, donde los inmigrantes realizan los trabajos que —como ustedes saben— en el mundo desarrollado no realizan los ciudadanos del país; los trabajos en las calles, los trabajos en las construcciones, los trabajos domésticos, en la agricultura, los trabajos duros en cualquier sentido, que son los inmigrantes los que los realizan.

¿Qué sería la agricultura de Estados Unidos sin los inmigrantes latinoamericanos? ¿Quién cultivaría tomates, espárragos, frutas, cítricos, y alimentos, en general, por allá por California y por todo el territorio de ese país, y hasta en el propio Canadá? ¿Quién los cultivaría sin los inmigrantes latinoamericanos. Y a pesar de eso, tal es la situación de desesperación con el desempleo que se produce este tipo de reacción contra los inmigrantes. Y se ven cometer crímenes cada vez más preocupantes.

Se acabó el muro de Berlín y ahora están construyendo un muro que va desde el Báltico hasta el Mediterráneo, aparte de que quedan otros muros que no se han suprimido, como el que separa a Corea del Norte y Corea del Sur, o el que separa a México de Estados Unidos. Ya no hallan qué equipos electrónicos ni qué medidas tomar allí para que no puedan cruzar los mexicanos, en busca de empleos o de mejores condiciones de vida, hacia el norte.

Antes se recibía con aplausos y fiestas a todo el que cruzara de Europa del este hacia Europa Occidental y ahora adoptan leyes rigurosas —ahora que se han convertido en un tercero o en un cuarto mundo el campo socialista y la Unión Soviética— para que no puedan inmigrar del este al oeste. Las migraciones se están convirtiendo en una de las más grandes tragedias y en una de las más grandes pesadillas del mundo capitalista desarrollado, porque son cientos de millones de personas, y es creciente su número, que quieren emigrar de la pobreza y de la desesperación hacia esas tan propagandizadas sociedades de consumo.

No ha podido resolver sus problemas el mundo capitalista desarrollado. ¿Qué esperanzas nos pueden dar a los del Tercer Mundo de resolver nuestros problemas con esas recetas neoliberales?

Si de América Latina se habla y con euforia se menciona que en los últimos dos años ha aumentado el número de capitales que vienen a invertirse en América Latina, esos capitales son insignificantes comparados con los 700 000 millones de dólares que por solo dos conceptos ha perdido América Latina en los últimos 12 años: el pago del servicio de la deuda y el intercambio desigual. Esto no incluye la fuga de capital, que ustedes saben que es enorme.

El neoliberalismo ha agravado el fenómeno del intercambio desigual, puesto que está liquidando todas las medidas de protección y todos los acuerdos sobre productos básicos con los cuales trataron de defenderse los países del Tercer Mundo, y los precios se deprimen extraordinariamente, así entre 1982 y 1992 los precios se han deprimido en un 28%, solo en 10 años. El neoliberalismo ha venido a agravar este fenómeno.

Hace mucho rato que estamos convertidos en fuentes de capital para los países capitalistas desarrollados, pero nunca como ahora se está produciendo la pérdida de los recursos naturales que tanto se defendieron y que fueron las banderas fundamentales de los movimientos políticos en América Latina; se pierden los recursos naturales, se pierden los servicios públicos y el control de los servicios públicos fundamentales.

Y Europa no da precisamente ese ejemplo, porque hasta hace poco la participación del gasto público en el Producto Interno Bruto de los países de Europa era del 48% en Inglaterra, del 52% en Francia, una cifra más o menos similar en Alemania —creo que el 47%— y un poco menor en Japón, el 33%. Esos países han tratado de preservar los servicios públicos fundamentales, no los han privatizado, y a nosotros se nos exige que los privaticemos todos. Ese es el fenómeno realmente trágico que estamos percibiendo.

Una parte de los capitales que han llegado son resultado de la venta de esas empresas de servicios públicos, no son capitales que hayan llegado realmente a desarrollar los países. Incluso una gran parte de ese capital es el llamado “capital golondrina”, que viene a invertirse en breve plazo para fines meramente especulativos.

¿Así vamos a resolver los problemas de América Latina? La región del mundo donde la propiedad de la tierra está más concentrada, la región del mundo donde está peor distribuida la riqueza, porque se dice que el 40% de la población más pobre recibe el 11% de los ingresos, y el 20% de la que está en mejor situación económica recibe casi el 60% de los ingresos. ¿Acaso el neoliberalismo promete cambiar esa situación?

¿Qué tiene de extraño que América Latina cuente hoy con 270 millones de habitantes viviendo en condiciones de pobreza y 84 millones viviendo en condiciones de indigencia? ¿Qué tiene de extraño que haya 57 muertos por cada 1 000 niños antes de cumplir los cinco años? ¿Qué tiene de extraño que las epidemias se propaguen, como el cólera? ¿Qué tiene de extraño que el SIDA se multiplique a ritmo acelerado, que haya alrededor de un millón de personas afectadas por esta enfermedad que fue importada, que no nació en América Latina; que haya 200 000 mujeres afectadas y que haya 10 000 niños afectados con el SIDA? ¿Qué tiene de extraño que el 36% de los niños no llegue a cuarto grado? ¿Qué tiene de extraño que si en el año 1964 había 3,3 camas por cada 1 000 habitantes, en este momento haya 2,05 camas por cada 1 000 habitantes? ¿Qué razones tenemos para sentirnos felices?

Esa situación se aprecia también en el resto del Tercer Mundo, en números más o menos similares: 1 200 millones en la pobreza, 786 millones con desnutrición crónica, 180 millones de niños gravemente desnutridos, 1 500 millones de personas sin atención médica, 1 000 millones de analfabetos, 270 millones de mujeres, entre 19 y 49 años, anémicas. ¿Dé quién recibimos esa herencia, sino del colonialismo, del neocolonialismo? ¿Qué remedios trajeron a nuestros problemas? Esas poblaciones viven hoy peores de lo que vivían bajo el colonialismo, ¿y son estos problemas los que nos va a resolver el neoliberalismo?

Otro criterio muy fuerte que pude apreciar en las reuniones cumbres, es un intento de desacreditar al Estado y de reducir al mínimo su papel, la idea de que el Estado debe dedicarse solo a la educación, a la salud pública, a alguna de esas actividades, al orden público y de que toda la actividad productiva debe ser exclusivamente actividad privada, porque la actividad privada es la única que puede administrar, es la única que puede ser eficiente. Me vi en la obligación de tener que defender al pobre Estado, y me imaginaba que cualquier día, en una de esas reuniones, casi todo el mundo iba a estar vestido de rojo y negro como símbolo de la desaparición del Estado, recordando los mejores tiempos del anarquismo, con todo el respeto que el anarquismo merece, ya que respeto más al anarquismo que al neoliberalismo.

Tuve que explicar algunas de las cosas que hace el Estado, y dije: Si el Estado no puede administrar una fábrica, difícilmente el Estado pueda administrar un hospital. Expliqué lo que había hecho en nuestro país el Estado con los hospitales, los índices de salud que tenía nuestro pueblo y, cómo a pesar del período especial, en este momento, la mortalidad infantil estaba en 9,3 por cada1 000 nacidos vivos en el primer año de vida, es decir, por debajo de 10 en el primer semestre de este momento dificilísimo que estamos viviendo. Fue la obra del Estado; fue obra del Estado la formación de 48 000 médicos, que son con los que cuenta hoy Cuba y va a contar a fines de este año con más de 50 000, a pesar de todos los que se llevó el imperialismo, a pesar de que nos dejaron 3 000 de los 6 000 que teníamos; lo que había hecho el Estado en la educación, las universidades que había creado el Estado, los cientos de miles de profesionales universitarios que se han formado, hijos de trabajadores, de campesinos, de gente humilde del pueblo.

Podemos explicar los esfuerzos que ha hecho el Estado en el campo de la ciencia. Nuestro país tiene casi 200 instituciones de ciencia y técnica, magníficos científicos. Ha desarrollado algunas vacunas que son únicas en el mundo, en este momento; técnicas, para la atención de determinadas enfermedades, que son únicas en el mundo; decenas de productos que han salido de laboratorios, que son laboratorios del Estado, que no son de empresas transnacionales, las cuales incluso sienten respeto por los avances que está logrando nuestro país en el terreno de la ciencia. Eso ha sido obra de la Revolución, eso ha sido a través de instituciones del Estado.

Por último tuve que decir, en broma, que en nuestro país se producían quesos que estaban entre los mejores del mundo —no todos los que quisiéramos ni mucho menos, eso depende de nuestra disponibilidad de leche, pero por la calidad estaban entre los mejores del mundo—, helados que estaban entre los mejores del mundo, tabacos que estaban entre los mejores del mundo, ron que estaba entre los mejores del mundo, y no eran producciones de empresas privadas, pues allí se llevaba el criterio de considerar el Estado absolutamente incapaz para producir.

Si vamos a Europa, nos cuentan o les cuentan a los que han ido, porque yo no he tenido el privilegio de ir, que los ferrocarriles franceses son los más eficientes y los más puntuales del mundo, y son ferrocarriles del Estado.

¿Qué objetivo tiene desacreditar a toda costa el Estado y reclamar la no participación del Estado en la economía? Esto no tiene nada que ver con otras ideas que pudieran discutirse acerca de lo que el Estado debe hacer y de lo que el Estado no debe tratar de hacer.

En esas reuniones, reitero, se observa un fuerte sentimiento contra el Estado y el papel del Estado, reducirlo a cero; aunque debo decir, con honradez, que había allí algunos participantes que cuando yo abordé por cuestión de principio, por cuestión de honor, algunos puntos relativos al Estado, me dijeron que estaban de acuerdo con la mayor parte de las cosas que había planteado en ese sentido.

Estas son realidades. Los problemas sociales de América Latina y los problemas objetivos que tiene el pueblo y tienen las masas son mayores que los que tuvieron nunca después de la Segunda Guerra Mundial, son mayores que los que tuvieron en los años sesenta, setenta. Creo que nuestro hemisferio está viviendo una situación mucho más difícil que en cualquier otra época de la historia.

Desgraciadamente todo esto coincidía con el desastre del campo socialista, con la desaparición de la Unión Soviética, con las ilusiones que, incluso, muchos se habían hecho y con los nobles deseos de mucha gente de que el socialismo se perfeccionara. Nadie podía estar contra la idea de que el socialismo se perfeccionara; el socialismo debía ser perfeccionado, pero el socialismo no debía ser destruido. Cientos de millones de personas en el mundo querían el perfeccionamiento del socialismo y no la destrucción del socialismo. Lo que desgraciadamente resultó, sin embargo, fue la destrucción del socialismo y aun aquellos que allí decían que lo que querían era el socialismo, y más socialismo, y mejor socialismo, hoy escriben que el socialismo fue un sueño, que el socialismo es una utopía irrealizable.

De verdad que si a muchos de nosotros nos dicen que el socialismo es un sueño, que el socialismo es una utopía irrealizable, tendríamos que preguntarnos, con toda razón, ¿para qué demonios nos trajeron a este mundo de salvajes? ¿Por qué razón nos trajeron a este mundo de egoísmo? ¿Por qué razón nos trajeron a este mundo de individualismo y de guerras de todos contra todos para poder sobrevivir? ¿Por qué nos llaman seres humanos? ¿Por qué nos llaman seres racionales, si no somos capaces siquiera de organizarnos racionalmente, de producir racionalmente, de vivir racionalmente? Si creyera eso, como tengo un concepto muy elevado del hombre y creo en todo aquello de lo que el hombre es capaz, me sentiría verdaderamente arrepentido, o más que arrepentido, porque no tengo ninguna culpa de ello, me sentiría desgraciado por haber nacido. Es inconcebible que hoy escriban algunas de estas cosas, quienes durante tanto tiempo nos lanzaron su mensaje de esperanza prometiendo mejorar la sociedad, prometiendo mejorar el socialismo.

Aquí en este foro no se está defendiendo el socialismo, y ninguno puede pretender que en este foro se plantee el socialismo como objetivo; ninguno puede pretender que las condiciones, tanto objetivas como subjetivas, en este momento sean propicias para la construcción del socialismo. Creo que en este momento hay otras prioridades. Esto no quiere decir que el que lo quiera construir no lo construya, esto no quiere decir que se le vaya a prohibir a nadie construir el socialismo si puede construirlo, porque nosotros, que llevamos decenas de años luchando por construir el socialismo, no nos arrepentimos de lo que estamos haciendo y pensamos seguir construyendo el socialismo (APLAUSOS), y pensamos salvar el socialismo en nuestro país, y pensamos perfeccionar el socialismo; pero creo que hoy en la América Latina la batalla prioritaria es —a mi juicio— derrotar el neoliberalismo, porque si no derrotamos al neoliberalismo desaparecemos como naciones, desaparecemos como Estados independientes, y vamos a ser más colonias de lo que nunca lo fueron los países del Tercer Mundo.

Derrotar el neoliberalismo sería crear una esperanza para el futuro, preservar condiciones para seguir adelantando, porque el límite de nuestro progreso estará en el capitalismo, y no habrá progreso humano si este no se propone rebasar las fronteras del capitalismo, pero eso será tarea de otros momentos, no diría que tarea de otras generaciones. Veo aquí a mucha gente joven entre los participantes, y pienso que tengan la posibilidad de construir, muchos de ellos, el socialismo en su país.

Me llamó tanto la atención el sentido común, la ecuanimidad, la sabiduría con que aquí se enfocaron los problemas, sin extremismo de ninguna clase, con una gran amplitud, hablando de unir fuerzas, de realizar alianzas que permitan ganar la batalla contra este enemigo de ahora que es el neoliberalismo, que va a ir creando condiciones sociales tremendas e insoportables.

No me extraña nada lo que explicó Daniel sobre lo que acaba de ocurrir en Nicaragua como consecuencia de la aplicación de políticas neoliberales en ese país. Es muy triste, tristísimo pensar, saber, conocer que allí en estos días se ha estado derramando la sangre de los hermanos nicaragüenses, de los hermanos sandinistas y la situación de Nicaragua no es muy diferente de la de otros muchos países de la América Latina.

¿Cuáles serán las intenciones de Clinton? El problema, a mi juicio, no es saber cuáles son las intenciones de Clinton. Todo el mundo sabe que Clinton salió electo con el voto de las minorías hispánicas, el voto de las minorías negras, el voto de los jubilados, el voto de los que no tienen protección para la salud, el voto de las mujeres, el voto de los jóvenes que no tienen empleo, el voto de la gente con menos ingresos.

Realmente lo que se produce en las elecciones de Estados Unidos no es el triunfo del neoliberalismo, lo que se produce en Estados Unidos, desde el punto de vista electoral, es un revés del neoliberalismo de Reagan y de Bush, y a un nivel de neoliberalismo de extremos tales que, por ejemplo, según afirman las estadísticas, el 1% de los norteamericanos más ricos reciben el 37% del ingreso, y un porcentaje —que no recuerdo ahora con exactitud— casi el 90% de los más pobres están recibiendo apenas el 20% del ingreso del país. A eso condujo el neoliberalismo en Estados Unidos.

Hay una deuda de 10 millones de millones de dólares entre deuda pública y deuda privada. Hay un atraso tremendo en tecnología, que le ha hecho perder su puesto de vanguardia en muchas ramas de la industria, y todas estas cosas se manifestaron, a pesar de las glorias bélicas de Bush, porque, realmente, desde los tiempos de Alejandro Magno, Julio César, Aníbal, Escipión El Africano y Napoleón Bonaparte, nunca habíamos visto un guerrero “tan ilustre” como Bush, un estratega “tan sobresaliente”, y alguien que hubiera ganado más votos haciendo guerras; y eso es lo duro, lo triste, lo terrible, de lo cual hemos sido todos testigos, de cómo se hace política con la guerra, de cómo se hace política machista, de cómo se buscan votos matando, invadiendo países que apenas se ven en el mapa, como Granada, cometiendo una atroz invasión con los medios más sofisticados, en una prueba de tecnología militar, como lo que ocurrió en Panamá. La guerra avisada de Iraq, porque por primera vez en la historia la humanidad se sentó para ver por televisión una guerra anunciada 45 días antes, guerra que, indiscutiblemente, fue manipulada, guerra que de forma sutil fue provocada, porque todo el mundo conoce las conversaciones que tuvo el dirigente de Iraq con la Embajadora norteamericana antes de la crisis.

Nosotros estábamos en el Consejo de Seguridad en aquellos días y condenamos la invasión de Kuwait, no podíamos aceptar la invasión de Kuwait; nosotros seguimos una política de principios, y cualquier cosa que se alejaba de los principios la condenábamos, y todas las proposiciones que allí se hacían que fueran injustas las condenábamos.

Allí ganó mucho respeto nuestro país por la política que siguió, porque condenar los crímenes cometidos contra Iraq no significa que nosotros tuviéramos que cohonestar errores cometidos por Iraq o faltas cometidas por Iraq, pues hay que ser consecuentes; y los iraquíes saben cómo pensamos nosotros y se lo dijimos de muchas formas, hasta les trasmitimos nuestros criterios de todo lo que iba a ocurrir, cómo le iban a dar un tremendo pretexto al imperialismo para presentar credenciales como potencia hegemónico en el mundo, y que les iban a hacer una guerra atómica, que fue la que les hicieron.

Pero lo cierto es que todo el mundo presenció por televisión aquella guerra anunciada con 45 días de anticipación, y después constantes bombardeos cada vez que lo desea Estados Unidos.

¿Por qué nos preocupa que las armas se hayan convertido dentro de Estados Unidos en un instrumento de popularidad? Porque cuando un presidente pueda sentir que su influencia ha decrecido, que su popularidad ha decrecido, tenga en las armas un excelente instrumento para levantar el rating, hurgando en el orgullo nacional o en el chovinismo nacional y presentando supuestas causas y justificaciones para utilizar las armas.

El mismo espectáculo de Somalia es deprimente, allí, donde dicen que fueron a llevar alimentos en la punta de los cañones y han terminado repartiendo balas, cañonazos, bombazos, con helicópteros sofisticados, artillería de la más alta eficiencia, armas mortíferas de todo tipo, contra aquel pueblo al que han matado de hambre, al que mataron de hambre el colonialismo, el neocolonialismo, la explotación y el atraso en que han caído tantos países.

Pienso que la situación de Africa puede llegar a ser mucho peor de lo que fue la de Somalia, porque allí, por distintas causas —crecimiento de la población, subdesarrollo, pobreza, erosión, desertificación, desaparición de los bosques—, pueden llegar a crearse situaciones similares a la de Somalia que afecten a cientos de millones de personas, y me pregunto si la misión de Naciones Unidas es la de ejercer esa ayuda humanitaria sobre todo un continente tratando de llevar alimentos en la punta de los cañones.

Me pregunto si algún día invadirán también, en nombre de las Naciones Unidas, a los países latinoamericanos para “alimentarnos”, porque ya, realmente, los 270 millones de pobres y los 84 millones de indigentes lo están necesitando. Me pregunto si van a invadir el nordeste de Brasil, o si la misión de las Naciones Unidas sería, realmente, promover el desarrollo, movilizar los recursos de la humanidad, los recursos económicos, los recursos científicos y técnicos, para asegurar un desarrollo, llevar el agua allí donde hay que llevar el agua, detener los desiertos, utilizar la ciencia para eso que llaman hoy el desarrollo sostenible, que es posible —a nuestro juicio—, aunque a veces parece ya demasiado tarde.

¿Son esas las fórmulas que puedan contener alguna esperanza para la humanidad? Ese es el papel que han estado ejerciendo las Naciones Unidas y los presidentes de Estados Unidos, ganando popularidad cada vez que hacen una guerra. Y como hacen la guerra cuando les da la gana y después se lo comunican a las Naciones Unidas, y después el Consejo de Seguridad aprueba lo que hacen, entendemos que esto significa un peligro muy grave realmente para todos.

Recordando el debate sostenido hace un rato, me pregunto: ¿Cuáles son las intenciones de Clinton con América Latina? Todos desearíamos algún cambio, alguna mejora, alguna nueva concepción de política a aplicar. Pero vamos a suponer que Clinton quisiera, ¿puede Clinton hacerlo?

Estoy de acuerdo con lo que dice Schafik de que hay distintas fuerzas, distintas corrientes. A veces no se sabe siquiera lo que pasa en ese país y qué fuerzas son las que están prevaleciendo, pero hemos visto algunos ejemplos que son dolorosos: habían propuesto a un subsecretario para atender los asuntos latinoamericanos, e inmediatamente las fuerzas más reaccionarias se opusieron y a los pocos días anularon aquella proposición; habían propuesto a una personalidad destacada para atender las cuestiones relacionadas con los derechos civiles y las fuerzas más reaccionarias se opusieron y obligaron a la administración a retirar aquella proposición. Se han producido episodios de ese tipo y, realmente, no solo habría que averiguar qué quiere la administración, si es que lo quiere, sino también qué puede la administración.

Creo que tenemos el deber de ser políticos, creo que tenemos el deber de ser inteligentes, porque si no utilizamos la inteligencia no llegamos a ninguna parte; pero, al mismo tiempo, tenemos el deber de ser serios, tenemos el deber de defender los principios y, realmente, en ninguna circunstancia podemos sacrificar un principio en aras de una quimera, y hoy la política futura de Estados Unidos con relación a América Latina es una incógnita, puede ser una quimera.

Pero por muchos buenos deseos que tengamos de algunos cambios, es difícil que esos cambios se puedan llevar a la práctica. Creo en la lucha y, sobre todo, creo en la lucha de los pueblos, creo en la lucha de las masas, y recientemente hemos tenido en América Latina importantes ejemplos de lo que puede el pueblo sin armas —fíjense, incluso, de lo que puede el pueblo sin armas—, de lo que pueden las masas, de lo que puede la conciencia, de lo que puede la ética porque, al mismo tiempo que se están produciendo estos fenómenos negativos, hay una inevitable participación mayor de los pueblos en los acontecimientos.

¿Acaso son poderosos los somalos? ¿Y quién está luchando allí prácticamente sin armas? El pueblo. ¿Acaso son más poderosos los africanos? ¿Podría alguna potencia hegemónica de alguna organización mundial, por poderosa que fuera, ignorar la voluntad de miles de millones de personas en el mundo, porque ya somos casi 6 000 millones de personas y casi el 80% está viviendo esta tragedia, de una forma o de otra? ¡Ni las armas atómicas podrían contener las esperanzas de los pueblos, ni las armas atómicas podrían derrotar a los pueblos!, y creo que en este foro se ha expresado, de cierto modo, esa confianza, esa esperanza en la fuerza, en el poder de los pueblos, que han dado lecciones recientes de lo que pueden, y bien saben ustedes que les está hablando alguien que participó en la lucha armada y que apoyó al movimiento revolucionario armado, de lo cual no nos arrepentimos, pero vemos con claridad que ahora, en este momento, en estas circunstancias, no es el camino más prometedor. Esto, con el más absoluto respeto a los que aún hoy luchan con firmeza y con valor porque creen que tienen razones para luchar, y nos satisfacen los acuerdos tomados aquí, en aras de buscar soluciones negociadas en aquellos países en que todavía no se han podido encontrar esas soluciones negociadas sobre bases razonables, sobre bases justas y sobre garantías reales.

Pero vemos hoy las posibilidades que tiene el pueblo y, sobre todo, el pueblo unido, el pueblo coordinado, el pueblo luchando en una misma dirección. Creo que este foro ha sido en eso un ejemplo. Y digo la verdad —y sin ánimo de halagarles—, la impresión que tenemos es que el foro ha sido un ejemplo de sabiduría en sus pronunciamientos, en sus acuerdos, en sus decisiones, en su deseo de hacer las cosas bien hechas.

Se produjeron aquí intervenciones muy brillantes, me llamó extraordinariamente la atención y aplaudimos mucho la de Lula. Hemos escuchado pronunciamientos que nos enseñan lo difícil que es nuestra lucha, como cuando, por ejemplo, se hablaba aquí de la experiencia chilena.

¿Qué pasó en Chile? Una victoria popular, no una victoria por las armas; una victoria a través de las urnas, un esfuerzo de los más nobles que se han hecho nunca por ayudar al pueblo, por ser leal con el pueblo. Una figura como la de Allende, que supo cumplir su palabra de que solo muerto lo podrían sacar del cargo para el cual había sido elegido por el pueblo. Es una lección tremenda, porque el imperialismo no quería democracia, porque democracia fue la chilena; no quería cambios por las vías pacificas, porque vía pacífica fue la chilena. El imperialismo quería arrasar con cualquier ejemplo de socialismo, con cualquier política de defensa de los intereses del país, de nacionalización de los recursos fundamentales del país; el imperialismo quería barrer con cualquier ejemplo de gobiernos populares, honestos.

Todos sabemos lo que ocurrió, el golpe de Estado, los miles de desaparecidos; sin embargo, el imperialismo continuó colaborando con las fuerzas armadas chilenas, no hubo acusaciones, no hubo bloqueo, como no hubo bloqueo contra Sudáfrica cuando Sudáfrica fabricaba armas nucleares, como no hubo amenazas contra Israel cuando Israel fabricaba armas nucleares; ninguna amenaza y mucho menos amenazas de ese tono durísimo, como el empleado recientemente por el Presidente de Estados Unidos con relación a la República Democrática y Popular de Corea, bajo el supuesto de que quiere fabricar armas nucleares, y todo el mundo sabe que para fabricar armas nucleares se requiere de tecnologías y de recursos que no están al alcance de un país como la República Democrática y Popular de Corea; pero cuando eran países que seguían la política de Estados Unidos, había complicidad, había distintas formas de cooperación para ayudarlos a disponer de ese tipo de armas.

Decía que en este foro se ha dado pruebas de inteligencia, de sabiduría, ver los objetivos muy claramente y realizar pronunciamientos importantes.

Me faltaba por mencionar el caso —ya que había mencionado el de Chile— de Nicaragua. Fue muy interesante lo que dijo Daniel aquí y de eso somos nosotros testigos, porque teníamos relaciones muy estrechas con los sandinistas a lo largo de toda su lucha y sabíamos cómo pensaban. Ellos pensaban en un sistema pluripartidista, pensaban en la economía mixta y pensaban en el no alineamiento. Eso fue lo que hicieron. En Nicaragua no realizaron intento de construir el socialismo y cumplieron su programa. Al imperialismo no le importaba, sin embargo, si había pluripartidismo o no había, si había economía mixta o no había, si había no alineamiento o no había; le importaba que los sandinistas estaban allí, que habían derrotado a su criatura, Somoza, lo habían derrotado con la fuerza de las armas, con las fuerzas del pueblo, y se propusieron barrer el régimen sandinista y organizaron inmediatamente la guerra sucia, invirtieron miles de millones en la guerra sucia y después invirtieron mucho dinero también en las elecciones; todos los recursos, toda la experiencia, todos los medios publicitarios fueron utilizados para derrotar a través de las urnas a los sandinistas. ¿Y después qué hicieron? No son capaces de entregar en un año lo que antes gastaban en un mes de guerra.

Esa es la política del imperialismo, es la política que siguieron en todas partes, no solo en Nicaragua, en Chile, la siguieron en El Salvador, la siguieron en Guatemala, la siguieron en Argentina, la siguieron en Uruguay, la siguieron en Brasil, la siguieron en todas partes. ¿Qué nos ofrecen ahora? ¿Qué esperanza nos dan?

Recuerdo una gran batalla librada por Cuba en el año 1985 alrededor de la deuda externa —fueron numerosas las reuniones que en esta sala, e incluso en un gran teatro, tuvimos con organizaciones latinoamericanas de campesinos, de mujeres, de trabajadores, de personalidades políticas e intelectuales—, cuando debíamos 350 000 millones de dólares y era el gran momento, uno de los grandes momentos históricos de unir a América Latina en la batalla contra la deuda, porque decíamos entonces lo que seguimos diciendo hoy, que la deuda era impagable y era incobrable. Esa deuda es hoy de 450 000 millones de dólares. El imperialismo, asustado, porque se asustó, y sobre todo con aquella lucha y con aquellas presiones, se percató de la gravedad del problema.

Recuerdo que aquellos años sirvieron para crear conciencia acerca de la deuda externa y llamar la atención del imperialismo que empezó a idear fórmulas de cómo aliviar aquella situación antes de que explotara, e idearon algunos procedimientos para aliviar la deuda a corto plazo; pero la deuda creció. Si mañana por cualquier razón se produce un incremento de los intereses en el mundo capitalista desarrollado, la cuestión de la deuda vuelve a ser un problema terrible para la América Latina, y lo volverá a ser más tarde o más temprano.

Creo que los dirigentes políticos de aquella época tienen una responsabilidad histórica, porque dejaron de unirse para decir no a la deuda, para decir que no pagarían esa deuda, que esa deuda era injusta, que esa deuda se había abultado extraordinariamente, que esa deuda se había despilfarrado; porque no fueron los pueblos los que recibieron el dinero, muchas veces se tramitaban en secreto todos los acuerdos, el dinero desaparecía, el dinero se marchaba otra vez para el extranjero.

Era la gran oportunidad de unir a la América Latina no solo para cancelar la deuda, sino para exigir un nuevo orden económico mundial, y nosotros planteamos que tenían que unirse los latinoamericanos, los africanos, los asiáticos, todos, para crear una enorme fuerza con que exigir nuestros derechos. Sin embargo, la táctica de Estados Unidos fue discutir uno por uno con cada gobierno y la línea seguida por cada gobierno fue discutir uno por uno con Estados Unidos, de la misma manera que hoy habla de acuerdo de libre comercio uno por uno con cada uno de los países, en ningún momento Estados Unidos quiere reunirse con todos para discutir con todos y que nosotros podamos expresar nuestra fuerza unida.

Es por ello que el otro punto que nosotros llevamos a la conferencia cumbre, como una cuestión esencial, fue lo relacionado con la integración de América Latina, y cuando hablamos de integración como aspiración de América Latina, hablamos de integración económica y de integración política. No es una cuestión de sentimentalismo.

Hay que admirar la grandeza de Bolívar cuando en época tan temprana planteó la unión de los pueblos de América Latina, en una época en que no existía la aviación, ni los automotores, ni las locomotoras, ni el telégrafo, ni el teléfono, ni la radio, ni la televisión. Hoy en cuestión de segundos se comunica cualquiera desde México con Buenos Aires y las noticias se difunden simultáneamente a todas partes del mundo, hoy en cuestión de horas se recorren miles y miles de kilómetros, hoy hay medios de comunicación fabulosos y ya Bolívar hablaba de la necesidad de la unión de América Latina, cuando nada de eso existía, quizás fuera entonces un imposible; después Martí fue uno de los más fervientes defensores de la unidad de América Latina, 80 años después, ya en otra época, y la planteaba como una necesidad vital de nuestros pueblos. Han pasado casi 170 años desde la independencia y todavía la América Latina está dividida, está balcanizada.

No es una cuestión sentimental, decía, es una cuestión vital, es una cuestión de supervivencia, estamos viviendo en un mundo de grandes gigantes económicos e industriales, de grandes comunidades económicas y políticas. ¿Qué perspectivas de independencia, de seguridad y de paz, qué perspectivas de desarrollo y de bienestar tendrían nuestros pueblos divididos? Claro que es una tarea dificilísima, basta analizar los esfuerzos aislados de integración para comprender cuán difícil es la tarea de la integración económica, pero es que tenemos necesidad de la integración económica, de la integración política y de vencer todos los obstáculos. No son las transnacionales las que nos van a integrar y las que nos van a unir; pero cuando hablamos de la integración económica y política de América Latina, hablamos, sobre todo, de una cuestión de conciencia, de una conciencia que hay que formar, de un pensamiento que hay que crear. Si no se crea un pensamiento, si no se crea una conciencia, nada será posible.

Yo mencionaba la cuestión de la deuda, y puedo asegurarles que fui testigo de cómo se fue creando una enorme conciencia en las masas latinoamericanas alrededor de la deuda.

Recuerdo también que en algunas encuestas les preguntaban a los ciudadanos qué debía hacerse con la deuda, y la mayor parte decía que había que pagarla, porque era una obligación. Confundían la deuda externa con la deuda al bodeguero, porque todo el mundo tiene un bodeguero que le presta algo, que le ayuda en algo y se siente obligado, no comprendían el fenómeno; sin embargo, en el curso de algunos años, en el curso de meses, la opinión pública latinoamericana había cambiado con respecto a la deuda, y, ¿con qué sustituyó la deuda el imperialismo, qué nos trajo de nuevo? Cabalgando sobre la deuda, nos trajo el neoliberalismo.

Ahora estamos creando conciencia sobre eso. Es deber de la izquierda, en mi modesta opinión, crear conciencia de la necesidad de la integración y de la unión de América Latina. Ninguna región del mundo tiene tantas cosas en común: el idioma, incluido el portugués, porque nos entendemos perfectamente con los portugueses sin traductor —bueno, ahora hablamos de América Latina y del Caribe, al fin y al cabo el inglés no es tan difícil (RISAS Y APLAUSOS)—, una cultura común, una historia común, una mezcla de razas.

Ya quisiera Europa, que pasó cinco siglos guerreando entre sí, tener las cosas en común que tenemos los latinoamericanos y los caribeños; sin embargo, trabaja por la integración, trabaja por la unidad, y sabe que no podría competir con Japón si no se integra, sabe que no podría competir con Estados Unidos si no se integra, sabe que no podría desempeñar ningún papel en el mundo si no se integra. ¿Qué menos podemos hacer nosotros y qué menos puede hacer la izquierda de América Latina que crear una conciencia en favor de la unidad? Eso debiera estar inscrito en las banderas de la izquierda. Con socialismo y sin socialismo. Aquellos que piensen que el socialismo es una posibilidad y quieren luchar por el socialismo, pero aun aquellos que no conciban el socialismo, aun como países capitalistas, ningún porvenir tendríamos sin la unidad y sin la integración.

El tercer punto que nosotros llevamos a la conferencia cumbre fue la cuestión de Naciones Unidas. Es la segunda vez que planteo ese problema en esas cumbres, porque hay, al parecer, una indiferencia, una indolencia total sobre un problema tan serio, sobre un problema tan grave, y nosotros, la gente de izquierda, no podemos caer en esa indolencia, en esa indiferencia, porque esto tiene que ver decisivamente con el destino de nuestros pueblos.

Hace un rato que hablábamos de las cosas que están ocurriendo en el mundo en nombre del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Para nosotros es muy claro que la democratización de las Naciones Unidas exige, en primer lugar, la desaparición del veto, privilegio irritante creado hace 50 años en la posguerra en un mundo muy diferente al de hoy; significa la elección periódica de los miembros del Consejo de Seguridad, sin excepción.

Por cierto que cuando veíamos al grupo de trabajo aquí me acordaba de las Naciones Unidas, eran 10 y aumentaron a 14, y yo les decía en broma: Cuidado no nos vaya a pasar a nosotros en el Foro de Sao Paulo como en las Naciones Unidas.

Nosotros comprendemos que hoy no sea realista pensar en una democratización completa de las Naciones Unidas, y por eso planteamos allí, en Salvador de Bahía, la cuestión de ampliar proporcionalmente el número de miembros del Consejo de Seguridad, ya que hoy son casi 200 países, ampliarlo a 40 ó 45; triplicar, por lo menos, el número de miembros permanentes, de modo que pudiera haber dos o más por América Latina y el Caribe, dos o más por Africa, dos o más por Asia, en cuyo caso, el veto ya no sería el derecho de un solo país, sino que deberían sumarse varios países para ejercer el derecho del veto. Esto como una fórmula por la cual luchar, pero para ello hace falta formar conciencia.

No podemos permitir que las Naciones Unidas se convierta en un instrumento del hegemonismo mundial de Estados Unidos, no podemos permitir que las Naciones Unidas se convierta en un instrumento del imperialismo de Estados Unidos, y ya saben ustedes la influencia que tiene ese país, que controla el Banco Mundial, el Banco Interamericano, el Fondo Monetario Internacional, montones de instituciones de crédito. Lo sabemos por experiencia.

Quiero que sepan que en la discusión del año pasado sobre el bloqueo, solo tres países votaron junto a Estados Unidos, tres países; más de 50, alrededor de 60, votaron contra el bloqueo y un gran número se abstuvo. Ya el abstenerse para muchos países es un acto de gran valentía, porque están desafiando a Estados Unidos que lleva la cuenta de la forma en que vota todo el mundo; pero un gran número se abstuvo. Es que hay causas que tienen tanta fuerza, tanta moral y tanta autoridad que, incluso, muchos de estos aliados de Estados Unidos se abstienen y un número asombrosamente elevado vota en contra, y votar, contra Estados Unidos en un tema como este es desafiar el poder de Estados Unidos. Solo tres votaron a favor, pero los resultados siempre dan idea del poder de ese país.

Como explicábamos anoche, todos aquellos antiguos países socialistas del este de Europa ahora votan con Estados Unidos; muchos países de los que formaban parte de la Unión Soviética ahora votan con Estados Unidos, y cada vez que Estados Unidos presenta alguna querella, alguna infame acusación contra Cuba, como ha hecho con los derechos humanos, cuenta con el voto de muchos de aquellos que antes tenían una posición digna y no apoyaban a Estados Unidos en tales campañas contra Cuba.

Por eso debiera estar inscrito también en la bandera de la izquierda de América Latina la lucha por la democratización de las Naciones Unidas. Son cosas que tienen una enorme importancia.

Les hablo a ustedes con la convicción de la pureza de intenciones que los anima, de los hermosos ideales que los inspiran en la lucha, de los deseos de todos ustedes por un mundo mejor, por una América Latina mejor.

Hablo a personas a las que admiro, porque debo admirarlos, cuando mido la magnitud de la tarea que tienen delante, y los he visto a ustedes con esperanzas, y con esperanzas fundadas incluso en lo que pueda suceder el próximo año.

Por eso es tan importante que tengamos una conciencia clara sobre los problemas fundamentales, porque tenemos que garantizar que no le ocurra a ninguno de los compañeros que puedan ser apoyados por el pueblo, en ninguno de los países hermanos de América Latina, lo que ocurrió en Chile, o lo que ocurrió en Nicaragua, y tengamos victorias parciales y después tengamos graves retrocesos. Por eso es importante una estrategia clara y objetivos muy claros, qué queremos, qué nos proponemos, y si nos sentimos capaces de hacerlo, como realmente nos sentimos capaces de hacerlo, ser sabios, ser previsores; ser todo lo inteligente que hace falta, no solo todo lo valiente que hace falta, no solo todo lo resuelto que hace falta y todo lo convencido que hace falta, sino todo lo inteligente que hace falta, porque en quién podrían poner sus esperanzas los pueblos de América Latina.

Sé que somos muchas organizaciones, pero no protestamos, nos alegramos —empezaron 60, ahora son 112, decían, y 25 observadores; a lo mejor el año que viene son 150. Creo que en ese caso van a tener que prolongar el período de sesiones para que todos puedan hablar—; no protestamos, al contrario, creo que le hemos dado al mundo una lección de pluripartidismo, una lección de democracia. Hemos discutido con una amplitud y una franqueza que no se discute en ninguna parte, aunque comprendemos que cinco minutos es muy poco tiempo para tratar con profundidad algunas ideas; pero hablaron todos.

A mí realmente me satisfizo mucho ver que habían podido hablar todos y explicar sus criterios con valentía, con honestidad, los más variados puntos de vista, y nosotros hemos aprendido muchísimo.

No olvidaremos esta reunión, y realmente les auguramos un gran porvenir. Si seguimos trabajando con estos métodos, si seguimos trabajando con este estilo, podremos llegar muy lejos, no hay otro camino de alcanzar los objetivos.

Vean cómo a pesar de la diversidad de organizaciones tenemos un gran número de puntos en común y luchas en común, y esa declaración, que puede tener una coma más y una coma menos, una palabra más y una menos, una que nos satisfaga más y otra que nos satisfaga menos, es prácticamente un programa de lucha.

Creo que es un verdadero ejemplo el que hayamos podido sacar esa declaración con tantos puntos importantes, con tantas cosas claras. Eso más que una declaración es un programa. Pudiéramos, si queremos, decir que esa declaración es hoy el programa de la izquierda de América Latina y del Caribe; y si conseguimos esos objetivos, llegaremos tan lejos como nadie es capaz de imaginarse.

Me alegro de que en el transcurso de esta reunión se hayan producido varias conferencias que impartieron compañeros cubanos —el compañero Lage, el compañero Robaina, el compañero Alarcón— y que hayamos podido tratar muchas de las cosas de Cuba.

Les pido a ustedes que me excusen por haber intervenido más de una vez. A veces sentía pena de que hubiera abusado un poco de la palabra, pero, al menos, sirvió para darles la mayor cantidad de información posible sobre lo de Cuba, de manera que pudieran estar informados y me ahorraran ahora tener que abordar este tema.

Sí les voy a decir que nosotros, próximos a cumplir el XL aniversario del Moncada, vamos a celebrar esa fecha en las condiciones más difíciles que pudiera imaginarse.

Quizás después de tantos años de lucha merecíamos algún premio, quizás merecíamos una época mejor que la que estamos viviendo, un tiempo más fácil; sin embargo, el destino, la vida, los creyentes dirían que Dios, nos ha querido poner a prueba y tener que enfrentarnos a estas nuevas y difíciles tareas; pero no estamos desanimados.

Cuando al cumplirse el XL aniversario luchamos por nuestra Revolución y nuestro socialismo, tenemos que pensar también en los que lucharon antes que nosotros; tenemos que pensar en Bolívar, por ejemplo, San Martín, Sucre, O’Higgins, Hidalgo, Morelos, Morazán, Juárez. ¿Acaso fue inútil su lucha? ¿No estarían tal vez más tristes que nosotros presenciando este panorama de América Latina?

¿Qué diría Bolívar si estuviera viendo lo que somos hoy, si estuviera viendo el surgimiento de esos colosales imperios alrededor nuestro, enormes centros de poder económico y político; si viera lo que nos están haciendo, lo que nos están imponiendo? ¿Qué diría Bolívar de la deuda externa? ¿Qué diría Bolívar del neoliberalismo?

¿Qué diría Martí si pudiera ver todo lo que estamos viendo en esta América, que él soñó unida algún día, por la cual dio su vida, porque antes de morir dijo que todo lo que había hecho lo había hecho para eso precisamente, para fortalecer, para impedir el avance del coloso del Norte sobre los pueblos de América Latina?

¡Cuántos hombres han luchado a lo largo de tantos años! Pero pienso que si ellos vivieran ahora, como vivimos nosotros, no estarían arrepentidos, no estarían desalentados, seguirían concibiendo los mismos sueños, como nosotros concebimos hoy sus sueños y nuestros sueños; no renunciarían a la lucha, como no renuncian ustedes a la lucha, como no renunciamos los cubanos a nuestras luchas.

Ya les dije en una de las intervenciones que teníamos que saber distinguir entre lo que debíamos hacer para salvar la patria, la Revolución y las conquistas del socialismo, y lo que debíamos hacer para perfeccionar el socialismo. Y nosotros sabremos cumplir esos deberes. Haremos lo que sea necesario hacer para salvar la patria, para salvar la Revolución, para salvar los principios del socialismo; pero lo que hagamos lo haremos en orden, porque lo que queremos es salvar y no destruir, y si para salvar hay que destruir, preferimos que nos destruyan junto a lo que hemos hecho, junto a lo que hemos creado.

Los tiempos son muy difíciles, pero tengo la más absoluta convicción de que con el valor y la inteligencia de nuestro pueblo y con la solidaridad de ustedes, que de forma tan espontánea y tan generosa se ha expresado en esta reunión, el pueblo cubano, en el que tendrán ustedes el más firme y leal compañero de lucha, sabrá luchar, sabrá cumplir con su deber y sabrá llevar adelante su propósito de salvar la patria, la Revolución y las conquistas del socialismo.

Digo conquistas porque hoy no podemos hablar del socialismo puro, ideal, perfecto con que soñamos, porque la vida nos obliga a concesiones.

¿Qué es eso de tener que cuadricular el territorio nacional e invitar a las transnacionales a que exploren y perforen en nuestro suelo en busca del petróleo que necesitamos para sobrevivir? ¿Es acaso el socialismo que queríamos? Pero como sabemos que para construir el socialismo hace falta la patria, hace falta la Revolución, preservar la patria y la Revolución es preservar las mejores conquistas y preservar las esperanzas del socialismo.

Esas esperanzas las preservaremos y el socialismo que construyamos será más perfecto.

Muchas gracias

(OVACION)

VERSIONES TAQUIGRAFICAS – CONSEJO DE ESTADO

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