Las encuestas en Estados Unidos muestran que pese al flujo de dinero para la maquinaria social negacionista del cambio climático y de los tenaces ataques a ciencia y científicos que estudian este fenómeno, crece el público que lo experimenta como una realidad. No es asunto de poca monta. El negacionismo es un vasto entramado socio-político elaborado por los intereses de los combustibles fósiles, de la máquina de combustión interna, de la automovilística, aviación y navegación, que se sienten afectados por cualquier regulación y freno de los gases de efecto invernadero (GEI).

Los GEI calientan al planeta a un ritmo creciente e inquietante. Como advierte la Asociación para el Avance de la Ciencia (AAAS) son gases que empujan las temperaturas globales más allá de ciertos umbrales que podrían desencadenar cambios abruptos, impredecibles y potencialmente irreversibles que tienen impactos masivamente perjudiciales y de gran escala.

Por lo que conviene a todo mundo, en especial a los encargados de asuntos de Estado, prestar atención a los acontecimientos climáticos del verano de 2018. En Europa las temperaturas no se habían registrado a niveles tan altos en poco más de 40 años. En su transmisión televisiva para América Latina de los días 22 y 23 de agosto, la Deutche Welle, de tan poca objetividad al informar sobre actos en los países progresistas de la región, advirtió que esas altas temperaturas (textual) “… además de acelerar potencialmente el fin del mundo, las sequías y los incendios cada vez más frecuentes amenazan la subsistencia de decenas de miles de agricultores en Europa” (Ibid). Esta vez DW lució por su adherencia a los hechos.

Se sabe quela sequía se extiende por todas las regiones del norte de Europa. Incluso en el norte del círculo polar Ártico las temperaturas superaron por momentos los 30 grados centígrados. Los campesinos escandinavos prevén las peores cosechas de los pasados 25 años. Los gobierno de Letonia y Lituania declararon el estado de emergencia. Los campesinos polacos y checos ven cómo se secan sus cultivos y estiman que los daños serán a largo plazo. Luego, de manera muy significativa el texto consignó que los expertos afirman que el CCA es parte integral de la intensificación de la sequía y esperan daños en todo el planeta. Un científico informó que todos nuestros modelos climáticos apuntan a que el impacto negativo del CCA en la agricultura será mucho más severo en el sudeste asiático y África que en Europa. Es decir se sentirán mucho más sus efectos en los lugares donde ya hay pobreza y eso es algo que es necesario tener muy presente (Ibidem).

Esto expresa al público latinoamericano lo que está en los registros de la ciencia natural y social del mundo: que el clima ya empieza a tener impactos de desestabilización social a escala planetaria. Se trata de oleadas de hambre y de migración por los efectos del calor sobre las cosechas. Este éxodo de población que potencialmente puede extenderse a decenas o cientos de millones de personas, no sólo por el bombardeo sistemático de Estados Unidos a sus ciudades, como en el norte de África (Libia) o el Medio Oriente (Afganistán, Irak, Siria y ahora con la mira en Irán), sino también por la aceleración en el calentamiento climático que acarrea la actual posposición a toda regulación vinculante a escala doméstica e internacional de los GEI.

Las oleadas de calor impactarán al Ártico, la Antártida y los glaciares lo que acelerará el aumento de los niveles oceánicos y llegará a su fin la estabilidad en las líneas marítimas, un fundamento, recuerda James Hansen, de la civilización. Sobre el agua, mejor tomar muy en serio el dato ofrecido por la DW: África, por ejemplo, ha sufrido una sequía extrema este año. Ciudad del Cabo fue la primera en el mundo en racionar en forma estricta el abasto de agua a toda su población. Esa sinceridad con la audiencia latinoamericana contrasta con la desfachatez machista que caracteriza a los informes sobre el estado del tiempo de la televisión local/nacional. Mientras aquí se explica que los calores son por la canícula, desde Alemania la DW nos informa que a los ganaderos en Australia se les acabó el agua para su ganado y que en América del Norte la sequía provocó grandes incendios forestales a lo largo de la costa Oeste. De California a la Columbia Británica se calcinaron millones de hectáreas de bosque y el humo hizo temer por la salud de la gente (Ibidem).

Desde la presidencia estadunidense se articula un negacionismo climático que, con la regresión de Trump a la regulación de emisiones de automóviles y al uso de carbón en la generación eléctrica, entre muchas decisiones, el magnate lanza a su población y a la del mundo a un abismo climático catastrófico. Comete un democidio que supera al mayor crimen de lesa humanidad previsto en el Derecho Penal Internacional.