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Opinión

Por una alfabetización martiana. Por Yosvany Montano

Jorge Mañach escribió una de las biografías más apasionantes de José Martí. Las últimas semanas de vida del Maestro, aparecen relatadas de una forma extraordinaria. Publicada inicialmente en 1933, cubanos de todas las generaciones posteriores alimentaron su martianidad desde estas páginas. Más allá de deslices resultantes de fuentes erróneas o imperdonables interpretaciones, como alguna vez dejó apuntado Gabriela Mistral, Martí El Apóstol narra la vida de un embrujador de almas sin perder la anchura de su reino. Un testimonio de gratitud que recoge la temeridad del esfuerzo de Martí por sobreponerse a todas las incomprensiones.

Impactado por la ferocidad con que se le tilda de “defensor ciudadanesco de las trabas hostiles al movimiento militar”, las primeras semanas de mayo de 1895 en la vida de Martí son descritas con una crudeza singular. Mañach humaniza al límite las circunstancias y las contradicciones que envuelven al Delegado del Partido Revolucionario Cubano. Echado, con ideas tristes abandonando La Mejorana. Atado a la providencia histórica que al día siguiente le permite hervir en un discurso que arenga a la tropa del general Maceo, el mismo que antes le ha mostrado su disgusto. Las marchas continuadas que le producen para el 17 de mayo un infarto inguinal que le impide moverse y armarse. Doliente y saboreando soledad. Escribiendo desde Dos Ríos su última carta a Manuel Mercado, el documento que hemos recibido, sin lugar a dudas, como su testamento político. Enseñando cómo se siembran las ideas. Sembrándose él mismo cuando le quieren apartar.

En espera del balazo final, Martí ratifica que las “guerras (…) siempre van sobre caminos de papel”[1]. Inconclusa, la misiva a Mercado porta la provisionalidad de las situaciones, el calaje ideológico del proyecto ultrademocrático que le anima, la provocación más allá de las fronteras de la Isla, portadora del encargo antimperialista. Útil y sencillo, apunta la insensatez de quien pretenda “guiar a un pueblo contra el alma que lo mueve, o sin ella”[2], reconoce que en la construcción de la unidad en “cuanto formas, caben muchas ideas”.[3]

Bajo el sello sangriento del colonialismo, la Nación tenía que concebirse a partir del conocimiento profundo de nuestras realidades. Entonces como ahora se imponía la necesidad de elaborar programas conducentes a superar las contradicciones de un continente pródigo en riquezas naturales, lacerado por las inequidades que perfilaron la sociedad edificada a partir de la conquista, cuyo semblante cultural se está descomponiendo.

Cuando los dogmas, las visiones militares, el clima antintelectual y los caudillismos aspiran a abortar la institucionalidad que arropa el proyecto nuevo de República, Martí opta por el equilibrio. Enseña una lección insustituible: antes que a las frías cumbres, hemos de mirar siempre hacia el subsuelo.

Como cada año, el Apóstol recibe en esta fecha variados homenajes. Su pensamiento, por el contrario, permanece quieto, apenas interpelado por la curiosidad minoritaria de los que dominan que, sin él, no pueden explicarse las tareas de la nueva etapa del ciclo revolucionario. Reducido a las lecturas ortodoxas, se va desemantizando el núcleo principal de sus valoraciones y juicios extemporáneos. Un episodio de renunciaciones y acomodos que comienzan a ser muy visibles sobre todo en las más jóvenes generaciones.

Reducido a un incompleto tratamiento docente y a la sobrexplotación descontextualizada de los medios de comunicación y del discurso político; se eclipsa la vocación de examinar profunda y exhaustivamente el cuerpo de provocaciones que desde su tiempo y para el nuestro, alcanzó Martí a esbozar para nosotros.

Hace algunos días un adolescente me interrogó sobre las tres causas que condujeron a la muerte de José Martí y las cinco consecuencias que el acontecimiento trajo de inmediato. Era su tarea individual para la clase de historia del lunes 20 de mayo. Inquieto por no entender el contenido y finalidad de la pregunta, pedí que conversáramos con detenimiento. Absolutamente desconocedor de los principales textos del autor de Nuestra América, los apuntes de su vida se fueron, ante él, configurando como una suerte de aventura. La lectura del Presidio Político en Cuba como alguna vez resultó para mí, abrió un puente de negociaciones. Como en el campamento de Las Vueltas en aquel mayo de 1895, pareció que el aire mismo sintiese el peso de la gran ausencia.

La evocación de un héroe exige, antes que nada, precisar la época en que vivió. Comprender la magnitud de los cambios que en él operaron y los perfiles ideológicos que logró establecer. Abordar de maneras nuevas ese complejo campo, conocido como historia de las ideas, y obligarlo a ser algo más que un simple monumento hacia el pasado. Comprender el abordaje desprejuiciado de los fenómenos y conflictos, toda vez que estos sirven para superar los compartimentos estancos y brindar una narración humanizada de los que de muchas formas continúan siendo protagonistas.

Hay que anclar en la memoria cultural de la Nación todo lo que por su simbolismo construye imágenes compartidas en relación al tiempo por venir. No se garantiza solo con estudios especializados. La memoria histórica se preserva en libros y documentos, pero es inútil si no se hace hegemónica en el imaginario popular. El papel desempeñado por los maestros cubanos de las escuelas normalistas durante la primera mitad del siglo XX, evidenció como se puede escapar en las más difíciles circunstancias a esta limitadísima rutina intelectual.

Reducida a causas y factores, la historia conduce al desánimo y al rechazo. Mal contada, sacrifica el sentido radicalmente político de la que es portadora. No logra superar la acumulación hechológica de conocimientos. Permanece atrapada en una lucha entre lo viejo y lo nuevo que no alcanza a dirimir.

Los planteamientos recurrentes vuelven una y otra vez. Defender una alfabetización martiana es equivalente a proyectar una educación que intime con el contenido ético de la política, la vocación unitaria del proyecto de República y la dimensión cultural que el propio José Martí estableció como eje principal de este diseño. Un modelo escolar que enseñe a entender el universo político y la lucha de clases, esboce las claves para una comprensión crítica de la realidad, modifique el contenido moral en el individuo y talle, cual labor artesanal, el proyecto de vida con que se comprometerá.

Un recurso espiritual donde no existen las grandes alamedas, pero tampoco callejones sin salida. Solo dependiente de la fuerza movilizadora de la voluntad. Una alfabetización que se lanza sobre la condición antimperialista y anticapitalista. Dispuesta a combatir en el terreno de las supervivencias las formas de neoanexionismo y conservatización que florecen en lo más íntimo de nuestro tejido espiritual.

Notas:
[1]José Martí, Epistolario, La Habana, Centro de Estudios Martianos y Editorial Ciencias Sociales, 1993, t.III, p. 21.

[2]Carta a Manuel Mercado, 18 de mayo de 1895. Citada en Marisela del Pino y Pedro Pablo Rodríguez (Comp): José Martí: Correspondencia a Manuel Mercado, La Habana, 2003, Centro de Estudios Martianos, p. 337.

[3] Ídem

Fuente: La Jiribilla

 

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