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Opinión

Desde el corazón de la Montaña. Por Gilberto López Y Rivas

Estremecedora, impactante y, a veces, profundamente dolorosa, resulta la lectura del libro Desde el corazón de la Montaña, escrito a cuatro manos por Luis Hernández Navarro y Abel Jesús Barrera Hernández, y editado en agosto de este año por el Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, en ocasión de los 25 años de su (nacional e internacional) reconocida labor de acompañamiento y defensa de los derechos colectivos y humanos de pueblos originarios y movimientos sociales de esa convulsionada región del estado de Guerrero.

El libro aborda, en clave testimonial, el surgimiento, desarrollo y consolidación de este connotado centro de derechos humanos en el estado del país en el que, desde las décadas de la llamada guerra sucia del siglo pasado, han tenido lugar las mayores y más graves violaciones de esos derechos, y en el que las fuerzas armadas mexicanas, con la coartada de la presencia de movimientos guerrilleros en Guerrero, experimentaron las más letales y salvajes tácticas y estrategias de la guerra de contrainsurgencia, como los llamados vuelos de la muerte (que los militares franceses iniciaron en Argelia), las continuas masacres, las ejecuciones extrajudiciales, las desapariciones forzadas, así como una política de racismo de Estado contra las poblaciones indígenas guerrerenses que ha incluido la represión generalizada y brutal de sus resistencias y movimientos de protesta, los asesinatos masivos y selectivos, la violación sistemática de mujeres consideradas botín de guerra, los desplazamientos violentos de población, las torturas y tratos degradantes, el terrorismo judicial, e, incluso, la esterilización planeada y sistemática de hombres y mujeres. Todos ellos, considerados crímenes de Estado y lesa humanidad, sin que, hasta la fecha, esas fuerzas armadas hayan reconocido su responsabilidad en los mismos, y, mucho menos, sin que los culpables civiles y militares, de toda la línea de mando, hayan sido llevados ante la justicia y castigados por esos crímenes. Un manto de impunidad se tiende sobre este historial delictivo hasta el actual gobierno, que, incluso, puso en manos del Ejército y la Armada de México, la conformación de la flamante Guardia Nacional, sin una evaluación exhaustiva, con carácter vinculante, para casos como la matanza de estudiantes el 2 de octubre de 1968 y el 10 de junio de 1971, entre otras.

El libro documenta, con innumerables casos que el Centro conoció de primera mano en su trabajo permanente y siempre desbordado de cinco lustros, la evolución de la guerra de contrainsurgencia, ahora, refuncionalizada en el Estado mafioso o narco Estado; el papel, cada vez más protagónico que juega el crimen organizado cómo fuerza paramilitar que cumple las tareas represivas de carácter clandestino que el Ejército le delega, no sólo para el control terrorista de resistencias y oposiciones de carácter político o comunitario, sino cómo una vía para criminalizar y judicializar estas resistencias y oposiciones.

En las páginas de la obra, cargadas de reflexiones y señalamientos sobre el deber ser de los antropólogos y otros profesionales, el papel de la Iglesia comprometida con los pobres, y las enseñanzas de vida y lucha de los pueblos, se narran las vicisitudes de la singular experiencia de fundar Tlachinollan y desarrollar un discurso y una práctica propios de defensa y promoción de derechos humanos y colectivos, desde la lógica popular e indígena, mucho más radical y congruente que el utilizado frecuentemente por los organismos multilaterales y la propia Iglesia católica.

Este discurso y la práctica organizativa desde pueblos originarios y movimientos populares, como el del magisterio y las normales, cuestiona el sistema de explotación y dominación capitalista, y abre las puertas a la construcción del poder popular y la expresión autonómica de esos pueblos y su derecho a la libre determinación. “Para nosotros –sostienen los autores–, el tema clave es la libre determinación de los pueblos como el eje rector de los derechos colectivos. Eso implica autonomía, autogobierno, propiedad comunal de los pueblos, respeto a sus decisiones.” Se reitera que los verdaderos actores de la lucha por los derechos humanos y colectivos son los pueblos y movimientos populares, los sujetos en resistencia, las víctimas y sus familiares, y no los Organismos no Gubernamentales que los asisten.

Tlachinollan ha cumplido a cabalidad durante estos 25 años, con dedicación, compromiso y entrega, las tareas de servicio comunitario, comunicación, educación, representación jurídica, mediación, incidencia nacional e internacional, apoyo solidario urgente y digno acompañamiento de luchas y momentos lúdicos de los pueblos, que, incluso, han aceptado a estos denodados defensores como parte de los suyos. Una demostración palpable de ello, lo constituye este libro de lectura urgente y necesaria, que conmueve y sacude, que hace pensar y actuar en favor de los demás.

Fuente: La Jornada

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