Opinión

El 8M, el 9M y el poder patriarcal. Por Carlos Fazio

Cuando se registra una ofensiva de restauración conservadora, neoliberal, neocolonial, depredadora y militarizada en varias regiones del mundo, América Latina incluida, el feminismo libertario, emancipador, crítico, ha colocado la contradicción capital-vida como categoría de análisis indispensable. Expresión deese movimiento feminista de voces plurales y diversas que se ha levantado para contestar al capitalismo y al patriarcado −anudados en un sistema que llega hoy a extremos de devastación de la vida sobre el planeta, con su lógica de despojo de tierras y territorios en función de intereses corporativos de empresas nacionales y trasnacionales, y en el marco de una exacerbación de las violencias misóginas por la escalada del neofascismo−, las mujeres rurales y campesinas, las indígenas y las negras, permanecen en resistencia como guardianas del agua, la tierra, las semillas, la diversidad, los territorios y la vida.

Bajo el eufemismo de la llamada Crisis of Democracy y en el marco de una guerra de clases de los de arriba contra los demás (Warren Buffett dixit), la simbiosis entre patriarcado y capitalismo global es­tá presente en la disputa por el control del mundo por los poderes trasnacionales mercantiles, financieros, militares y comunicacionales; en los enfrentamientos geopolíticos y los reordenamientos territoriales de las potencias inherentes al control de los recursos naturales geoestratégicos y de la tierra; en la lucha por la hegemonía tecnológica, pero también en los diseños gerenciales para el control y manejo de las sociedades por fuera de la política.

Como señala Irene León, en un mundo cimentado en intereses corporativos privados, con poderes supraestatales, omnímodos, fácticos y extraterritoriales (dueñidad de tipo feudal, según Rita Segato), las mujeres son mayoría en las cadenas globales de producción flexible, en áreas clave para el capitalismo como las tecnologías digitales, las zonas francas o aquellas de producción agrícola trasnacional. A su vez, la militarización de la vida cotidiana −que posicionó las doctrinas de control y disciplinamiento social con la consiguiente banalización del abuso sexual y la violencia feminicida, así como la práctica de expoliación de datos personales que se asocian al capitalismo de la vigilancia− ha llegado acompañada de las simbologías y realidades de la guerra, lo que en la remozada versión de la división internacional y sexual del trabajo comprende la inclusión de las mujeres como militares, paramilitares y/o sicarias, hasta su enrolamiento en la prostitución y otras actividades asociadas al entretenimiento que la militarización propicia, como los videojuegos.

En la transición hacia el globalismo patriarcal y capitalista actual (insurgencia plutocrática la llamó Robert J. Bunker), con la producción simbólica, cultural y los escenarios comunicacionales bajo control hegemónico corporativo privado, opera tanto la redición del sexismo en los códigos y las prácticas, como la readaptación de la visión patriarcal y jerárquica de las relaciones sociales (León).

Para el caso mexicano, en la coyuntura del 8M y el 9M, aún resuenan las críticas del arzobispo emérito de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez, sobre el paro de mujeres. Huelga decir que la estructura corporativa y piramidal de la Iglesia católica que él representa, con su cadena de mando análoga a la de un ejército –tiene en la cúspide al Papa, seguido del colegio de cardenales, los obispos y el clero−, reproduce en su interior a una sociedad de machos. Igual que el Islam, el judaísmo y otras denominaciones cristianas, la Iglesia católica está separada por sexos; por genitales. Todas esas religiones hablan de Dios padre y tienen origen o se inspiran en el jefe tribal. El papel dominante lo ejercen los que tienen pene. La mujer está sometida, ocupa un plano de inferioridad, casi servil. Como en la institución castrense –el ejército es otra sociedad machista− y en la sociedad en general, en la Iglesia la mujer es despreciada por un orden jerárquico de dominación. Esa asimetría de poder reproduce la dialéctica autoritaria del amo y el esclavo, que genera vasallaje y servilismo, y donde los más fuertes o aptos (superiores) controlan o reducen a los más débiles (inferiores).

En sus enseñanzas sobre sexualidad y reproducción (y como fundamento de sus políticas restrictivas sobre el aborto, la planificación familiar y el uso de anticonceptivos), la Iglesia ha empleado un concepto de ley natural que no usa en otros campos de la ética. Pero como señaló Ana Silvia Monzón, la opresión femenina no es natural, es una construcción histórico-cultural que fue institucionalizada como sistema de dominio masculino por el derecho romano a partir de la figura jurídica del paterfamilias. Esa normatividad hizo posible que la pareja heterosexual quedara encerrada en una estructura de poder falocéntrica resultante de la dominación masculina, social y sexual sobre la pasividad de la mujer.

Frente a ese poder patriarcal castrante que se sostiene a través de la fuerza del amo, reforzado hoy por la llamada restauración conservadora, ha venido surgiendo un feminismo de alta intensidad y en ebullición, que logró levantar una significativa movilización de masas, con reivindicaciones que abarcan desde el derecho al aborto y por una vida sin violencia, hasta la lucha contra el racismo, el colonialismo interno, el calentamiento global y la despatriarcalización del Estado. En un mundo en crisis civilizatoria éste es, sin duda, el tiempo de las mujeres.

Fuente: La Jornada

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