Opinión

Martí: Profundo antimperialista y guía espiritual para la construcción del socialismo en Cuba. Por Yusuam Palacios Ortega

Históricamente la fauna del terror con guarida en los Estados Unidos ha pretendido, y lo ha hecho, utilizar a José Martí a su conveniencia, despojarlo de su verdadero carácter y tomarlo como ente legitimador de las acciones realizadas contra Cuba. Vivimos un tiempo de profundo debate ideológico, y viene a ser tema de interés y reflexión, el antimperialismo martiano y la necesidad que tenemos de Martí para continuar construyendo el socialismo en nuestro país. La mencionada jauría cuyo odio hacia Cuba es ya enfermizo, nos acusa de antimartianos porque, según ellos, como nosotros somos socialistas y Martí no lo era, no somos merecedores de la condición martiana.

Los recalcitrantes enemigos de la Revolución quieren hacer tendencia, sobre todo en redes sociales, enarbolando un supuesto antisocialismo en Martí. Para ello acuden a textos martianos que toman para sí y como es de esperar, tergiversan las ideas de Martí, descontextualizan y alteran los planteamientos, reflexiones y puntos de vista que tuvo el héroe sobre el socialismo. De esta manera especulan sobre un  Martí que estaría en contra del socialismo en Cuba. Ello justificaría la hipótesis que han pretendido legitimar, en la que algunos han creído a ciegas, que traicionamos al Apóstol de la independencia.

Cierto es que Martí no militó en el socialismo, y razones suficientes hay para entenderlo cuando algunos contemporáneos suyos sí lo hicieron. Este es un asunto que requiere un análisis más exhaustivo del que me propongo con estas líneas; no obstante abordaré el tema; es preciso esclarecer algunos extremos y ser consecuentes en primer lugar con Martí. Pudiera parecer cosa fácil decir sí o no, arguyendo que no conocía Martí sobre las ideas socialistas. Esto está superado y por supuesto que Martí conocía de socialismo.

Corría la segunda mitad del siglo XIX y Martí, que ha llegado a los Estados Unidos en 1881, vive en Nueva York y desde allí escribe para los más importantes diarios latinoamericanos lo que conocemos como sus crónicas o escenas norteamericanas. Ha vivido lo suficiente el Apóstol en el norte revuelto y brutal como para hacerse un juicio crítico de la realidad norteña, sus debilidades como sistema, el cual es objeto de las críticas de Martí, y su toma de partido en contra de la desigualdad, la injusticia social, la prosperidad a costa de la corrupción, el desequilibrio padecido por la sociedad estadounidense. En este sentido conoce Martí a los Estados Unidos y ve formarse dentro de él una forma de capitalismo cuya esencia radicaba en la aparición de los monopolios.

El desarrollo desigual existente a finales del siglo XIX en los Estados Unidos y Europa, la creciente ola migratoria que llegaba a Estados Unidos fundamentalmente proveniente de Europa, cuyo cúmulo de ideas fueron penetrando en la sociedad estadounidense; acerca a Martí al conocimiento de las ideas socialistas. Las distintas corrientes políticas europeas chocarán con una realidad diferente y, por ejemplo, fenómenos como el anarquismo se van entronizando. Martí no está al margen de esta situación y la estudia y comprende de manera excepcional. Por eso es totalmente descartable que Martí no conociera de socialismo; ahora bien, son muchas las tendencias, esquemáticas y reduccionistas que distaban de lo teorizado por Marx y Engels.

Aún así, y este particular nos acerca a la relación existente entre las ideas de Martí y las de Carlos Marx, es preciso aclarar que el Apóstol conoció el pensamiento y la praxis revolucionaria del gigante teórico, al menos lo suficiente como para escribir sobre Marx una vez que éste falleció. Lo que para algunos es una crítica (vista de forma negativa) es verdaderamente un elogio a Marx, aunque en su justa medida, la crítica es ejercicio del criterio, luego Martí ejerció el suyo. Él conoció de la Comuna de París y su desenlace brutal, de la I Internacional, de las ideas socialistas. Tres textos han de guiarnos en este estudio, de manera fundamental; el elogio a Marx, una carta a su amigo Fermín Valdés Domínguez y el conocido como La futura esclavitud.

Hasta aquí algunos apuntes sobre la cognoscibilidad martiana de las ideas socialistas, asunto para continuar profundizando. Ahora bien, ¿por qué no asumirlas o militar en ellas? Se pudiera pensar que no las compartía, empero el asunto es otro. ¿Cuál era el objetivo primero para Martí en la Revolución que organizaba?: la independencia, ser libres del colonialismo español. Imaginemos que si trasladar sobre lo impuesto este cuerpo teórico a los Estados Unidos sería contraproducente, ¿cómo sería para una isla colonia de España, sin un desarrollo de sus fuerzas productivas capaz de soportar un cuerpo tan exigente? Si la independencia de Cuba era el objetivo primero para Martí, en la Cuba colonial no tenía sentido aplicar otras teorías. Entendió Martí que no era el momento; ¿lo sería después? Eso no lo podemos saber pero el Apóstol tenía en mente un proyecto ultrademocrático como dijo Mella para fundar una república Con todos, y para el bien de todos.

Estamos ante un profundo y profuso pensador, que tenía sus propias ideas, las que fue forjando en circunstancias muy controversiales. Martí desarrolló una filosofía que tenía su base en el electivismo aprehendido de los padres fundadores de la nacionalidad cubana, y si bien recibió muchas influencias, supo integrarlas muy bien y arribar a conclusiones, a sus propias tesis. En este caso, tenía muy claro el Maestro que su lucha no respondía a los intereses en pugna de la vieja Europa, sino a salvar a la Patria de dos modelos colonizadores: el que ya nos dominaba con un brazo de hierro ensangrentado, y el que pretendía hacerlo: la política expansionista y anexionista de los Estados Unidos. Era este último el mayor de los peligros: el naciente imperialismo (Lenin lo teorizó tiempo después como la fase superior del capitalismo; Marx no lo conoció).

Por otra parte la independencia cubana no habría de sustentarse con una determinada clase social. La lucha no sería entre burgueses y proletarios, sino entre todos los cubanos y un sistema colonizador. Ahí radica una diferencia; era imprescindible aunar voluntades, llegar a consenso, sumar patriotas. La independencia cubana así debía garantizarse para luego edificar la República del decoro y la dignidad. Una república en la que derechos políticos tuviesen todis: ricos y pobres, instruidos y analfabetos, negros y blancos, mujeres y hombre. Sin copiar modelos: ni el europeo, ni el de las repúblicas latinoamericanas cuya independencia era sólo de forma y no de espíritu, mucho menos el modelo estadounidense.

Lo antes expuesto no significa que Martí fuera antisocialista, sería ligero y torpe un razonamiento así, pero sí coloca en justa medida la visión de Martí. En este sentido es válido reconocer que Martí hubo de enfocarse en la cuestión obrera, que no era otra cosa que la lucha de clases entre capitalistas y obreros; lo que él denomina el “problema social”; Martí como Marx milita por la justicia social. ¿Acaso no echó su suerte con los pobres de la tierra?; y en su elogio a Marx expresó: “como se puso del lado de los débiles merece honor”. En cuanto a terminología es cierto que Martí no utiliza la que en el medio socialista se frecuentaba usar, lo que no quiere decir que el Apóstol desconociera la realidad de explotadores y explotados. Su apuesta por los pobres de la tierra es una toma de partido convincente, una clarísima elección. Su código ético era anticapitalista; rechazaba la exaltación de lo material, condenaba el egoísmo y la deshumanizante práctica de los ricos. Era partidario de la equidad, justicia social y dignidad plena del hombre. Sus valores eran muy parecidos a los que propugna un sistema socialista.

Con estas ideas no digo que era socialista. En carta a su amigo Fermín Valdés Domínguez (quien sí lo era) en 1894 expresó: “Dos peligros tienen las ideas socialistas, como tantas otras: el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos que para ir levantándose en el mundo empiezan por fundirse, por tener hombros en que alzarse frenéticos defensores de los desamparados…” Nótese que Martí no reniega del socialismo, plantea que esas ideas tienen dos peligros, como las tienen las de él también. Dice ” como tantas otras” está incluyendo sus ideas. El punto radica en que no era preciso traspolar ideas que, en contexto determinado como la realidad europea podían funcionar, a la realidad cubana que era muy distinta. Algo así como dijera José Carlos Mariátegui: sin calco y sin copia.

Martí califica en 1884 el socialismo como”nobilísima idea”, en su refutación al artículo de Herbert Spencer, que presentaba al socialismo como “la futura esclavitud”. Si dudas Martí impugna a Spencer. Este es un texto sobre el que se ha de volver con más profundidad. Lo que sí ha de quedar claro es que no podemos llamar socialista a Martí pero mucho menos antisocialista. Lo que sí no se puede negar es que Martí era un profundo anticapitalista y antimperialista. Su antimperialismo fundador lo hizo combatir las pretensiones anexionistas que durante los casi 15 años que vivió en el monstruo, como le llamó a Estados Unidos en carta a Manuel Mercado, percibió. Como expusimos hace un tiempo:

“Fue un desvelo martiano el peligro que representaba para la América la política expansionista del imperialismo. El Apóstol comprendió la esencia de esa política y alertó a los pueblos del Sur desde su estancia reveladora en Nueva York. He ahí sus escenas norteamericanas, que devienen obligada lectura para entender por qué, a la altura del siglo XXI, sigue siendo el imperio una real amenaza a la seguridad, la armonía y el equilibrio de nuestros pueblos.
Es la clave del antimperialismo martiano, ya que él vivió en Estados Unidos cuando emergía la formación de los monopolios industriales y dejó constancia de los peligros que correría la América si no hacía frente a la propuesta del Norte, cuya esencia no era otra que la de incorporar nuestra región a su dominación imperial”.

La visión antimperialista de Martí lo llevó a rechazar todo vestigio de propuesta indigna para Cuba, todo vestigio de anexionismo, por ejemplo. Nos alerta Martí: “Y una vez en Cuba los Estados Unidos ¿quién los saca de ella? Ni ¿por qué ha de quedar Cuba en América, como según este precedente quedaría, a manera —no del pueblo que es, propio y capaz—, sino como una nacionalidad artificial, creada por razones estratégicas? Base más segura quiero para mi pueblo. Ese plan, en sus resultados, sería un modo directo de anexión. Y su simple presentación lo es”. Martí nos guía hoy en la batalla contra el insostenible modelo capitalista y neoliberal que tanto daño hace al mundo. Queda mucho por abordar pero no tengo dudas de la martianidad que asumimos. Nosotros los cubanos que no padecemos de cubanidad castrada sí somos martianos y también socialistas. Era y es él único camino posible para seguir haciendo realidad el sueño de Martí.

La ideología de la Revolución cubana tiene en Martí y Marx a dos pilares esenciales. Como expusimos en un taller dedicado al bicentenario del ideólogo del comunismo: “En José Martí y en Carlos Marx encontramos un camino: el de la militancia por la justicia social; sin pretender (asunto este ya superado por la academia) calificar a Martí como marxista o viceversa, para así legitimar nuestro modelo político y revolucionario. Esto no es preciso, el modelo nuestro lo ha legitimado la mayoría del pueblo en revolución, y somos socialistas porque así lo quisimos, no fue un carácter impuesto, no fue calco ni copia; ha sido creación heroica recordando a Mariátegui.

Somos socialistas, y creo que esto es medular para entendernos como cubanos, porque en primer orden somos martianos y se forjó en Cuba una conciencia propia, original y auténtica, desde los momentos fundacionales de nuestra nacionalidad. Hay un espíritu en Cuba propio de los cubanos, legítimo por naturaleza, de resistencia, de eticidad. Tenemos la justicia, la hemos defendido y realizado, como sol del mundo moral; y una cultura muy superior al capitalismo o cualquier forma de discriminación y explotación; de ahí la ley primera de nuestra República: el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre.

La altura ética de Martí y Marx es fundamental, su vocación de servicio, su pensamiento dialéctico, su proceder político culto, su capacidad revolucionadora, su aparato moral superior; el mismo que hizo a Martí echar su suerte con los pobres de la Tierra y a Marx dotarnos de una sustancial interpretación de la historia y la condición humana en su lucha por un mundo mejor; forman parte de la fuente filosófica de la que debemos siempre beber para no perdernos. No albergo dudas de cuanta similitud hay en ambos pensamientos (martiano y marxista); son esencia, osamenta ideológica, principios de nuestro hacer político.

No habrá continuidad revolucionaria, no habrá socialismo en Cuba sin Martí (y con él, desde su cosmovisión, sin nuestra escuela de pensamiento). No habrá socialismo en Cuba si olvidamos los postulados del marxismo, si no lo aplicamos, si no lo concientizamos y adecuamos. No habrá socialismo en Cuba sin una comprensión, cada vez más sólida, de la necesidad de una cultura de hacer política como nos enseñó (en imprescindible momento de filosofía), Armando Hart. Por eso lo traemos al presente, junto a la savia de Fidel, la dignidad del Che, la grandeza de la Revolución Cubana”.

Fuente: Cubadebate

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