Fuentes: Sentipensares FEM -Imagen: “Audre Lorde”, por la artista Pauline N’Gouala.

La escritora Audre Lorde ((1934-1992)) quien se describía a sí misma como «negra, lesbiana, madre, guerrera, poeta», afirma: «Yo no soy libre en tanto haya otra mujer que no lo sea, aun cuando sus grilletes sean muy diferentes de los míos. Y no soy libre mientras una persona de color permanezca encadenada».

Racismo. Creencia en la superioridad inherente de una raza con respecto a las demás y, por tanto, en su derecho a dominar, ya sea manifiesto o implícito.

Respuesta de las mujeres al racismo. Mi reacción ante el racismo es la ira. Una ira que me ha acompañado casi toda la vida, tanto si hacía caso omiso de ella como si me alimentaba de ella o aprendía a emplearla antes de que echara a perder mi visión. Antes, vivía la ira en silencio, asustada por sus consecuencias. Mi miedo a la ira no me aportó nada. Vuestro miedo a la ira tampoco os aportará nada.

La respuesta de las mujeres al racismo pasa por hacer explícita su ira; la ira provocada por la exclusión, por los privilegios establecidos, por las distorsiones raciales, por el silencio, el maltrato, la estereotipación, las actitudes defensivas, la estigmatización, la traición y las imposiciones.

Mi ira es una respuesta a las actitudes racistas y a los actos e ideas preconcebidas que derivan de ellas. Si vuestra relación con las demás mujeres refleja esas actitudes, mi ira y vuestros miedos concomitantes son focos de luz de los que podemos valernos para crecer tal como yo me valí de la expresión de mi ira para crecer. No se trata de despertar sentimientos de culpa sino de practicar una cirugía que corrija los defectos. La culpabilidad y las actitudes defensivas son ladrillos de un muro contra el que todas chocamos; no tienen el menor valor para nuestro futuro.

Como no quiero que esto se convierta en un debate teórico, voy a ilustrar mis palabras con varios ejemplos tomados de las relaciones entre las mujeres. Seré breve porque no nos sobra el tiempo. Quiero que sepáis que hay muchos otros ejemplos.

En un foro académico doy expresión directa a la ira provocada por algo concreto, y una mujer blanca me dice: “Cuénteme cómo se siente, pero no lo cuente con tanta crudeza porque me impide escucharla”. Y yo me pregunto: ¿Son mis modales lo que le impiden escucharme o es la amenaza de que mis palabras le digan que su vida puede cambiar?

El Programa de Estudios sobre las Mujeres de una universidad sureña invita a dar clases a una mujer Negra tras una semana de debates sobre las mujeres Negras y blancas. “¿De qué os ha valido esta semana?”, pregunto. La mujer blanca que mejor se expresa de las presentes responde: “Creo que esta semana me ha valido de mucho. Tengo la sensación de que ahora las mujeres Negras me comprenden mucho mejor; se han formado una idea más correcta de mis orígenes”. Como si comprenderla a ella fuera la clave del problema del racismo.

Tras quince años de existencia de un movimiento de mujeres comprometido con los problemas vitales de todas las mujeres y su posible futuro, sigo escuchando en una universidad tras otra: “¿Cómo vamos a abordar la problemática del racismo si nunca asiste ninguna mujer de Color?” Y la otra variante: “En nuestro departamento no contamos con ninguna persona cualificada para enseñar la obra de las mujeres de Color”. Dicho de otro modo, el racismo es un problema de las mujeres Negras, un problema de las mujeres de Color, y sólo nosotras podemos debatirlo.

Tras una lectura de algunos poemas de la serie “Poemas para mujeres airadas”2, una mujer blanca me pregunta: “¿Va a hablarnos de cómo podemos enfrentarnos directamente a nuestra ira? A mí me parece muy importante”. Y yo le digo: “¿Cómo ve usted su ira?” Luego desvío la vista de su mirada ausente antes de que me invite a participar en la aniquilación de sí misma. No es tarea mía sentir su ira en lugar de que la sienta ella.

Las mujeres blancas han empezado a analizar su relación con las mujeres Negras, pero me he dado cuenta de que muchas veces sólo están dispuestas a recordar a los vecinitos de color a los que conocieron en su infancia, a la amada niñera o a algún que otro compañero del instituto; a cultivar el tierno recuerdo de lo que en otros tiempos les parecía misterioso, intrigante o sencillamente neutro. Lo que no os interesa recordar a las mujeres blancas son las ideas que os formasteis en la infancia al oír las desabridas risotadas de Rastus y Alfalfa, aquellos actores blancos caracterizados como Negros, o el apremiante mensaje que os transmitía mamá al extender un pañuelo sobre el banco de donde yo acababa de levantarme, o los indelebles y deshumanizadores retratos de Amos y Andy, o los cuentos humorísticos que os contaba papá para que os durmierais.

En 1967, en Eastchester, recorro un supermercado con mi hija de dos años que va sentada en el carrito; una niñita blanca pasa de largo sentada en un carro empujado por su madre y dice muy excitada: “Mira, mamá, ¡una criada bebé!”. Tu madre te hace callar, pero no te corrige. Por eso, quince años más tarde, en un congreso sobre el racismo, todavía encuentras graciosa esta anécdota. Pero oigo terror e incomodidad en vuestras risas.

Una estudiosa blanca celebra que se haya publicado una recopilación de obras de mujeres de Color no Negras3. “Me permite ocuparme del racismo eludiendo la crudeza de las mujeres Negras”, me explica.

En un encuentro cultural de mujeres de ámbito internacional, una afamada poeta estadounidense blanca interrumpe la lectura de la obra de las mujeres de Color para leer un poema suyo y luego se marcha corriendo a un “importante encuentro”.

Si las mujeres del mundo académico realmente desean entablar un diálogo sobre el racismo, tendrán que prestar atención a las necesidades y a los contextos vitales de las demás mujeres. Cuando una mujer del mundo académico dice: “Eso no me lo puedo permitir”, seguramente quiere decir que ha decidido gastarse el dinero en otra cosa. Pero cuando una mujer que vive del paro dice: “Eso no me lo puedo permitir”, quiere decir que está sobreviviendo con un dinero que en 1972 apenas bastaba para subsistir y que muchas veces ni siquiera tiene bastante para comer. Y, sin embargo, la Asociación Nacional de Estudios de las Mujeres celebra ahora, en 1981, un congreso en el que se compromete a dar una respuesta al racismo y, a la vez, se niega a eximir del pago de la matrícula a las mujeres pobres y a las mujeres de Color que deseaban asistir y dirigir talleres. Decisión que ha impedido participar en este congreso a numerosas mujeres de Color; por ejemplo, a Wilmette Brown, de la Asociación Mujeres Negras por la Remuneración de las Labores de la Casa. ¿Se convertirá este foro en un mero ejemplo más de cómo el mundo académico analiza la vida dentro de los circuitos cerrados académicos?

Me dirijo ahora a las mujeres blancas aquí presentes que reconocen que dichas actitudes son frecuentes, pero sobre todo me dirijo a mis hermanas de Color que viven y sobreviven a millares de encuentros de este tipo, a mis hermanas de Color que como yo siguen conteniendo a duras penas la ira, o que a veces consideran que la expresión de la ira es inútil o contraproducente (son las dos críticas más habituales), a ellas quiero hablarles de la ira, de mi ira, y de lo que he aprendido en mis viajes por sus dominios.

Todo puede ser utilizado/ salvo lo que está de más/ (os vendrá bien recordarlo/ cuando os acusen de destrucción).4

Toda mujer posee un nutrido arsenal de ira potencialmente útil en la lucha contra la opresión, personal e institucional, que está en la raíz de esa ira. Bien canalizada, la ira puede convertirse en una poderosa fuente de energía al servicio del progreso y del cambio. Y cuando hablo de cambio no me refiero al simple cambio de posición ni a la relajación pasajera de las tensiones, ni tampoco a la capacidad para sonreír o sentirse bien. Me refiero a la modificación profunda y radical de los supuestos en que se basa nuestra vida.

He presenciado situaciones en las que una mujer blanca oye un comentario racista que le sienta mal y se encoleriza, pero permanece en silencio porque tiene miedo. Esa ira sin expresar se aloja en su interior como una bomba sin estallar, y es muy probable que la lance contra la primera mujer de Color que hable de racismo.

Ahora bien, cuando la ira se expresa y se traduce en obras al servicio de nuestra visión y de nuestro futuro, se convierte en un acto de clarificación liberador y fortalecedor, pues el doloroso proceso de la traducción nos sirve para identificar a quienes son nuestros aliados, pese a las grandes diferencias que nos puedan separar de ellos, y a quienes son nuestros auténticos enemigos.

La ira está cargada de información y de energía. Cuando hablo de las mujeres de Color no me refiero exclusivamente a las mujeres Negras. La mujer de Color que no es Negra y que me acusa de volverla invisible al presuponer que su lucha contra el racismo es idéntica a la mía tiene muchas cosas que decirme y que yo debo escuchar, pues de otro modo ambas desperdiciaremos nuestras energías batallando entre nosotras por imponer nuestra verdad. Si yo participo, consciente o inconscientemente, en la opresión de mi hermana y ella me critica, responder a su ira con la mía sólo servirá para que nuestra comunicación se convierta en un intercambio de hostilidades. Será una pérdida de energías. Aunque, sí, es muy difícil permanecer inmóvil mientras se escucha la voz de otra mujer que va trazando una agonía que no es la mía, o que yo no he contribuido a crear.

Aquí reunidas, hablamos lejos de los más flagrantes recordatorios de nuestra necesidad de fortificamos. Pero ello no debe hacernos olvidar las proporciones y la complejidad de las fuerzas que van acumulándose en contra nuestra y en contra de los aspectos más humanos de nuestro entorno. No somos un grupo de mujeres que se dedica a analizar el racismo en medio de un vacío político y social. Estamos en las fauces de un sistema para el cual el racismo y el sexismo son soportes básicos, establecidos y necesarios del beneficio. Que las mujeres den una respuesta al racismo resulta tan peligroso que, en su intento de desacreditar este congreso, los medios de comunicación locales han optado por una maniobra de despiste y han centrado su atención en el hecho de que se haya proporcionado alojamiento a las lesbianas; es como si el Courant de Hartford no osara mencionar el tema de nuestros debates, el racismo, por miedo a que se sepa que las mujeres estamos tratando de analizar y modificar todas las condiciones represivas de nuestra vida.

Los medios de comunicación dominantes no quieren que las mujeres, y en particular las mujeres blancas, reaccionen ante el racismo. Quieren que el racismo se acepte como un componente inmutable de vuestra existencia, tal como la hora de irse a dormir o los resfriados.

Trabajamos, pues, en un contexto de oposición y amenazas, y ciertamente el motivo no es la ira que nosotras podamos llevar dentro, sino el virulento odio que se lanza contra todas las mujeres, las personas de Color, las lesbianas y los gays, la gente pobre… contra todos aquellos que pretendemos analizar en profundidad nuestra vida a la vez que resistimos contra la opresión y avanzamos hacia la coalición y la acción eficiente.

Todo debate sobre el racismo mantenido entre mujeres debe dar cuenta de la existencia de la ira y de sus usos. Y puesto que este análisis es crucial, debemos abordarlo de una manera directa y creativa. No podemos permitir que nuestro miedo a la ira nos desvíe del duro objetivo de sacar a flote la verdad, ni nos haga conformarnos con objetivos menores; hemos de tomarnos muy en serio el asunto que hemos elegido y toda la ira que con él se entreteje porque, de eso no os quepa duda, nuestros oponentes se toman muy en serio el odio hacia nosotras y hacia lo que aquí pretendemos hacer.

Y mientras escudriñamos el rostro, a menudo doloroso, de nuestra ira, no olvidéis, por favor, que no es nuestra ira la que me lleva a advertiros que cerréis bien las puertas esta noche y que no paseéis solas por las calles de Hartford. El motivo de que os lo advierta es el odio que acecha en estas calles, el deseo de destruimos si de verdad trabajamos por el cambio en lugar de darnos por satisfechas entreteniéndonos con la retórica académica.

Este odio y esta ira son muy distintos. El odio es la furia de aquéllos que no comparten nuestros objetivos, y su fin es la muerte y la destrucción. La ira es el dolor motivado por las distorsiones que nos afectan a todas, y su objetivo es el cambio. Cada vez disponemos de menos tiempo. Se nos ha educado para que veamos todas las diferencias, salvo las sexuales, como motivo de destrucción, y el hecho de que las mujeres Negras, y las mujeres blancas afronten sus mutuas iras sin rechazo, sin inmovilidad, sin silencio y sin culpa, es en sí misma una idea herética y generativa. Pues supone que nos reunimos como iguales sobre una base común para analizar las diferencias y para modificar las distorsiones que la historia ha ido creando en torno a ellas. Son estas distorsiones las que nos separan. Y lo que debemos preguntarnos es: ¿A quién beneficia todo esto?

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Portada de edición en inglés de Sister Outsider (1984), de Audre Lorde

Las mujeres de Color de EE.UU. han crecido inmersas en una sinfonía de ira, la ira de quienes son silenciadas, de quienes son rechazadas, de quienes saben que cuando sobrevivimos, lo logramos a pesar de un mundo que da por sentada nuestra falta de humanidad y que detesta nuestra existencia misma cuando no está a su servicio. Y digo sinfonía en lugar de cacofonía porque hemos tenido que aprender a armonizar la rabia para que no nos destrozara. Hemos tenido que aprender a movernos en ella, a sacar de ella fortaleza, resistencia y comprensión para nuestra vida cotidiana. Aquéllas de nosotras que no aprendieron esta lección, no han sobrevivido. Y una parte de mi ira es siempre una ofrenda por mis hermanas caídas.

La ira es la reacción apropiada ante las actitudes racistas, tal como lo es la rabia cuando los hechos derivados de dichas actitudes no cambian. A las mujeres que temen más la ira de las mujeres de Color que sus propias actitudes racistas no analizadas, les pregunto: ¿Es más amenazadora la ira de las mujeres de Color que el odio a la mujer que tiñe todos los aspectos de nuestras vidas?

No es la ira de otras mujeres la que nos destruirá, sino nuestra negativa a permanecer quietas y escuchar sus ritmos, a aprender de ella, a profundizar en la apariencia que presenta y llegar a su sustancia, a aprovechar la ira como importante fuente de fortalecimiento.

Yo no puedo ocultar mi ira para evitaros el sentimiento de culpa, la susceptibilidad herida, la ira que desencadeno en vosotras: ocultarla sería menospreciar y trivializar nuestros esfuerzos. El sentimiento de culpa no es una respuesta a la ira; es una respuesta a la propia manera de actuar o de no actuar. En la medida en que conduzca a un cambio puede ser útil, puesto que en ese caso deja de ser culpabilidad y se convierte en punto de arranque del conocimiento. Pero muchas veces el sentimiento de culpa no es más que el nombre que se le da a la impotencia, a la actitud defensiva que destruye la comunicación; entonces se convierte en instrumento para preservar la ignorancia y la continuidad de la situación, en instrumento fundamental para preservar el inmovilismo.

La mayoría de las mujeres no han desarrollado armas para afrontar la ira de manera constructiva. En otros tiempos hubo grupos de discusión formados fundamentalmente por mujeres blancas que trabajaban sobre la manera de expresar la ira, principalmente ante el mundo de los hombres. Dichos grupos estaban constituidos por mujeres blancas que compartían una misma opresión. Por lo general, apenas se intentaba examinar las auténticas diferencias que hay entre las mujeres, tales como las de raza, color, edad, clase e identidad sexual. En aquellos momentos no se sentía la necesidad de analizar las contradicciones del ser, de la mujer en el papel de opresora. Se trabajaba en la expresión de la ira, pero se olvidaba casi por completo la ira de unas mujeres contra otras. No se desarrollaron armas para afrontar la ira de otras mujeres si no era para evitarla, desviarla o huir de ella bajo un manto de culpabilidad.

Yo no conozco ningún uso creativo del sentimiento de culpa, ya sea vuestro o mío. El sentimiento de culpa no es más que otra manera de eludir la acción bien informada, de posponer la apremiante necesidad de tomar decisiones claras, de retrasar la llegada de la inminente tormenta que además de doblar los árboles, podrá alimentar la tierra. Si os hablo airadamente, al menos os habré hablado; no os habré puesto una pistola contra la cabeza para mataros en medio de la calle; no habré dicho mirando el cuerpo ensangrentado de vuestra hermana: “¿Qué habrá hecho para merecer esto?” Y ésta fue precisamente la reacción que tuvieron dos mujeres blancas cuando Mary Church Terrell les contó que habían linchado a una mujer Negra embarazada y luego le habían arrancado el niño de las entrañas. Eso sucedió en 1921, justo después de que Alice Paul se negara a apoyar públicamente la aplicación de la Enmienda Decimonovena a todas las mujeres porque no quería que en su ámbito se incluyera a las mujeres de Color, pese a que ellas también habían luchado para lograr la promulgación de la enmienda.

La ira de unas mujeres contra otras no nos matará si conseguimos expresarla con precisión, si al tratar de comprender a qué se debe ponemos al menos el mismo interés que ponemos en defendernos contra la manera en que se expresa. Cuando volvemos la espalda a la ira, también se las volvemos al conocimiento, pues con esa actitud estamos diciendo que sólo vamos a aceptar las ideas ya conocidas, las ideas cómodas y mortíferamente familiares. Yo he tratado de aprender para qué me sirve la ira, y también cuáles son sus limitaciones.

Para las mujeres educadas en el miedo, la ira entraña muchas veces una amenaza de aniquilación. En la estructura masculina hecha a base de fuerza bruta se nos enseñó que nuestras vidas dependían de la buena voluntad del poder patriarcal. Había que evitar a toda costa la ira de los demás porque tan sólo podía acarrearnos dolor y la acusación de que no habíamos sido niñas buenas, de que habíamos fallado, de que no habíamos actuado como es debido. Y si aceptamos nuestro desvalimiento, es evidente que la ira de cualquiera podrá destruirnos.

La fuerza de las mujeres reside en nuestra capacidad de reconocer que las diferencias que hay entre nosotras son creativas y de plantar cara a las distorsiones que hemos heredado sin quererlo y que ahora, ya que son nuestras, podemos modificar. Mediante la comprensión, la ira de las mujeres puede trocarse en poder.

Porque la ira compartida entre iguales engendra cambios, no destrucción, y la incomodidad y el daño que a menudo causa no son señales mortíferas sino de crecimiento.

Mi respuesta al racismo es la ira. Y esa ira sólo ha resquebrajado mi vida cuando no la expresaba y no le valía de nada a nadie. La ira me ha sido útil en aulas carentes de luz y de toda enseñanza, donde la obra y la historia de las mujeres Negras eran menos que humo. Me ha servido a modo de fuego en las zonas heladas de la mirada incomprensiva de las mujeres blancas que tan sólo ven nuevos motivos de miedo y de culpabilidad en mi experiencia y en la experiencia de mi pueblo. Mi ira no es excusa para que no os enfrentéis a vuestra ceguera ni para que os lavéis las manos con respecto a los resultados de vuestro proceder.

Cuando las mujeres de Color damos voz a esa ira que salpica muchos de nuestros contactos con las mujeres blancas, se nos suele decir que estamos “creando un ambiente de desesperanza”, “impidiendo que las mujeres blancas superen sus sentimientos de culpa” u “obstaculizando el camino de la comunicación y la acción basadas en la confianza”. Todas estas frases son citas textuales tomadas de cartas que me han enviado en los dos últimos años miembros de esta organización. Una mujer me decía: “Como eres Negra y Lesbiana, por lo visto hablas con la autoridad moral que concede el sufrimiento”. Sí, soy Negra y Lesbiana, y lo que oís en mi voz es rabia, no sufrimiento. Ira, no autoridad moral. Es muy distinto.

Dar la espalda a la ira de las mujeres Negras con la excusa o el pretexto de que se está intimidada no es una manera de conceder poder a nadie… es simplemente otra forma de preservar la ceguera racial, el poder de los privilegios que, sin ser cuestionados ni destruidos, quedan intactos. El sentimiento de culpa no es más que otra manera de cosificar a quienes los inspiran. A los pueblos oprimidos siempre se les pide que se esfuercen un poco más para salvar el abismo entre la ceguera y la humanidad. De las mujeres Negras se espera que empleemos nuestra ira exclusivamente al servicio de la salvación y el aprendizaje de otros. Pero todo esto pertenece a una época pasada. Mi ira me ha causado dolor pero también me ha valido para sobrevivir, y antes de renunciar a ella quiero asegurarme de que hay algo, cuando menos tan poderoso como ella, que podrá reemplazarla en el camino hacia la claridad.

¿Cuál de las mujeres aquí presentes está tan enamorada de su propia opresión como para no ver la huella del pisotón que le ha dado a otra mujer en la cara? ¿Para qué mujer se han vuelto las condiciones de su opresión, preciosas y necesarias en tanto en cuanto le permiten la entrada al redil de los justos, lejos de los fríos vientos del autoanálisis?

Soy una mujer lesbiana de Color cuyos hijos comen todos los días gracias a que trabajo en la universidad. Si el hecho de que mis hijos tengan el estómago bien lleno me impide reconocer mi afinidad con una mujer de Color cuyos hijos no comen porque ella no encuentra trabajo, o que no tiene hijos porque sus entrañas han quedado destrozadas a causa de los abortos caseros o la esterilización; si no logro reconocer a la lesbiana que decide no tener hijos, a la mujer que permanece oculta en el armario porque su comunidad homofóbica es su único apoyo en la vida, a la mujer que escoge el silencio en lugar de otra muerte, a la mujer que está aterrorizada por la posibilidad de que mi ira haga estallar la suya; si no logro reconocerlas a todas ellas como rostros de mí misma, estaré contribuyendo a su opresión y también a la mía; así pues, la ira que se alza entre nosotras debe ser utilizada en pro de la claridad y el fortalecimiento mutuos y no para evadir las culpas y ahondar la separación. Yo no soy libre en tanto haya otra mujer que no lo sea, aun cuando sus grilletes sean muy diferentes de los míos. Y no soy libre mientras una persona de Color permanezca encadenada. Ni tampoco lo es ninguna de vosotras.

Estoy hablando aquí en mi condición de mujer de Color que no se compromete con la destrucción sino con la supervivencia. Ninguna mujer tiene la responsabilidad de modificar la psique de su opresor, aun cuando esa psique esté encarnada en otra mujer. Yo he mamado la ira de las fauces del lobo y la he utilizado para alimentar la iluminación, la risa, la protección, el fuego allá donde no había luz, ni comida, ni hermanas, ni refugio. No somos diosas ni matriarcas ni monumentos del divino perdón; no somos el enardecido dedo de la justicia ni instrumentos de flagelación; somos mujeres que siempre retomamos a la fuerza nuestro poder de mujer. Hemos aprendido a utilizar la ira tal como hemos aprendido a emplear la carne de los animales muertos y, magulladas, apaleadas y siempre cambiantes, hemos sobrevivido y hemos crecido y, en palabras de Angela Wilson, estamos avanzando. Con o sin las mujeres que no son de Color. Empleamos todas las fuerzas conquistadas en la lucha, incluida la ira, para contribuir a definir y a configurar un mundo en el que todas nuestras hermanas puedan crecer, en el que nuestros hijos puedan amar y donde el poder de palpar y aceptar la diferencia y la magia de otra mujer llegue con el tiempo a superar la necesidad de destruir.

Pues no es la ira de las mujeres Negras la que va empapando la tierra como un líquido morboso. No es mi ira la que lanza naves espaciales, gasta más de sesenta mil dólares por segundo en misiles y otros instrumentos de guerra y muerte, asesina a los, niños en las ciudades, almacena gases letales y bombas químicas, viola a nuestras hijas y nuestra tierra. No es la ira de las mujeres Negras la que se corroe y convierte en poder ciego y deshumanizador, en un poder que nos aniquilará a no ser que le plantemos cara con lo que tenemos, nuestro poder de analizar y redefinir las condiciones en las que viviremos y trabajaremos; nuestro poder de imaginar y reconstruir, pedrusco a pedrusco, ira sobre dolorosa ira, un futuro de diferencias generativas y una tierra que sustente nuestras decisiones.

Recibimos con los brazos abiertos a todas las mujeres que puedan unirse a nosotras, cara a cara, más allá de la cosificación y más allá del sentimiento de culpa.

Notas

1 Discurso de apertura del Congreso de la Asociación Nacional de Estudios sobre las Mujeres, Storrs, Connecticut, junio de 1981.

2 “Poems for Women in Rage”. Un poema de esta serie se ha recogido en Chosen Poems: Old and New (W. W. Norton and Company, Nueva York, 1978), págs. 105-108.

This Bridge Called My Back: Writings by Radical Women of Color, editado por Cherrie Moraga y Gloria Anzaldúa (Kitchen Table: Women of Color Press, Nueva York, 1984), primera edición: 1981.

4 De “From Each of You”, publicado por primera vez en A Land Where People Live(Broadside Press, Detroit, 1973), y recogido en Chosen Poems: Old and New (W. W. Norton and Company, Nueva York, 1982), pág. 42.

Referencia

El texto y las notas proceden de: Audre Lorde, “Usos de la ira: las mujeres responden al racismo” (1981/1984/2003), La hermana, la extranjera. Artículos y conferencias, traducción de María Corniero, revisión de Alba V. Lasheras y Miren Elordui Cadiz, Ed. Horas y horas, Madrid, 2003, pp. 137-150. (Texto original: “The Uses of Anger: Women Responding to Racism”, en Audre Lorde, Sister Outsider: Essays and Speeches, 1984)

Por REDH-Cuba

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