Opinión

La pseudocultura y su hambre de venganza. Por Omar Olazábal Rodríguez

Un conductor grita y vocifera. Agrede y manipula. Ofende y echa barro sobre otros, amparado en una supuesta libertad de expresión. Se subordina a quien le paga; incluso al aire es capaz de cambiar una decisión si no le gusta al dueño. En ello les va el sustento ganado con sus poses y peleas. Les rodea toda una parafernalia tecnológica y un séquito de patrocinadores, a los que le interesa que se vea su producto. Y así van llenando horas y horas de una programación que, supuestamente, responde a los intereses de toda una comunidad, por heterogénea que ésta sea.

¿Nos recuerda algo esa introducción? Claro que sí. Ese bombardeo de ideas disfrazadas de supuestas definiciones de posiciones políticas lo reciben muchos públicos por diferentes vías. Quien puede acceder a un servicio de “streaming”, pues por ahí. O por canales abiertos o de cable. En casos muy cercanos, a través de transferencia de datos a memorias flash o discos externos. Día por día se adentran en los hogares de millones de personas y nos intentan vender su manera de actuar y pensar.

Lo más grave es cuando, en esa carrera por ganar audiencia, sus palabras incendian el ambiente con llamados a la guerra, a invasiones y asedios, no importa cuántas vidas sufran por ello. Cada hecho que pueda acomodarse a su visión destructiva es magnificado y expuesto con todos sus matices negativos. Si el blanco es un sistema político, el ataque se centra en las instituciones que sustentan al país en cuestión, demeritando su accionar y repitiendo una y otra vez el hecho narrado a su manera.

Cuando esos personajes tienen en sus manos las herramientas para llevar su mensaje de odio hacia el resto de los humanos, estamos en presencia de la pseudocultura en su magnitud más dañina. Como escribió Herbert Marcuse, uno de los más notorios representantes de la llamada Escuela de Frankfurt: “La idea de “libertad interior” tiene aquí su realidad: designa el espacio privado en el cual el hombre puede convertirse en sí mismo y seguir siendo “el mismo”. Hoy en día ese espacio privado ha sido invadido y cercenado por la realidad tecnológica” Cuando Marcuse escribió eso, todavía no existía el Internet ni el móvil. Se basaba solo en lo que estaba pasando en la televisión de aquellos años, cuando la llamada por aquellos años “caja tonta” se había apoderado ya de las mentes y el tiempo de los espectadores.

Los ataques a los representantes de la cultura del lugar agredido se convierten en el pan de ellos de cada día. No soportan la idea de que puedan triunfar con su arte y no con sus posiciones coyunturales. En cada horario que se les ha otorgado, llenan los minutos con la recurrencia a la vida privada del agredido, sin importar a cuántos dañan cuando develan aspectos que están detrás de la frontera del espacio privado del individuo, lo que en algunos países es penalizado, pero en la mayoría los tribunales pasan de largo al no estar aclarado bien ese límite. Por lo tanto, la indefensión de las personas alcanza niveles tan graves que, en no pocos casos, han conducido a suicidios, como es reflejado en la prensa amarilla de muchos países.

A la pseudocultura se le responde con cultura, en ese amplio concepto del afán por el mejoramiento humano. El máximo aprovechamiento de los medios con los que cuenta una sociedad, se hace aún más imprescindible cuando los ataques contra ella son cada vez más agresivos y constantes. La enorme brecha abierta entre países en el uso de los medios tradicionales de comunicación obliga la utilización de mecanismos alternativos a nuestro alcance para llevar el mensaje sano y vigoroso de una cultura bien asentada en sus raíces. A veces no hacen falta tantos recursos, sino creatividad a la altura de los tiempos y de la educación recibida.

Estoy seguro de que vendrán momentos más favorables que permitan difundir las manifestaciones de esa cultura de bien con más impacto. La Humanidad tiene sus ciclos, unos muy malos y otros buenos. En ese andar histórico, la resistencia a lo maligno ha caracterizado a los triunfadores. Los mensajes llegan a otros países de diferente forma, y la verdad se abre paso poco a poco, pero segura. Lo importante es estar claros que cuando veamos a uno de esos representantes de la pseudocultura de venganza, no nos engañemos. Pueden tratar de engatusarnos con palabras bonitas, pero como dijera otro gran representante de la Escuela de Frankfurt, Erich Fromm, “la envidia o el odio actúan disfrazadas de virtud”.

 

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