Opinión

En calma, Bolivia retoma el camino de la democracia. Por Marco Teruggi

Desde La Paz

De a poco las conversaciones cotidianas dejan de ser sobre los meses del golpe y se abren a lo que vendrá. El país está en calma, no quedan militares en las calles, La Paz es cotidianeidad, con la presencia de las cumbres nevadas del Illimani -significa resplandeciente en aymara-, el teleférico que atraviesa la ciudad, llega hasta El Alto, desde donde se abren los caminos del altiplano.

Quedan todavía noticias sobre quienes estuvieron al frente del gobierno de facto. A la huida del país de Arturo Murillo y Fernando López, ex ministros de Gobierno y Defensa, se sumó la de Javier Issa, quien estuvo al frente del Ministerio de Interior. Issa, según afirmó el director nacional de Interpol, salió el 9 de noviembre desde Bolivia a Miami.

También aparecieron nuevas informaciones sobre uno de los actores centrales del golpe: la Policía Nacional. Carlos Romero, quien era ministro de Gobierno al momento del derrocamiento y luego fue detenido y encarcelado, declaró tener una lista con “los jefes policiales que organizaron y dirigieron el motín policial”, en particular en la ciudad de Cochabamba uno de los puntos críticos en los días de asedio.

Según Romero, en el motín en Cochabamba desaparecieron 92 armas que, según “hipótesis de los círculos policiales”, fueron a parar a manos de francotiradores que dispararon en la masacre de Sacaba, ocurrida el 15 de noviembre. El exministro destacó además que los policías “nunca fueron afines al MAS”, por haberles quitado negocios millonarios, y “la jerarquía policial” esperaba “cualquier condición política en el que el MAS deje de tener esa hegemonía para conspirar, y la coyuntura se presentó el 20 de octubre del año pasado”.

Romero se refirió también a trescientas personas, entre empresarios, privados, que aportaron dinero el golpe, algunos hasta doscientos mil dólares, llegando a una suma de “varios millones de dólares”. Esa última declaración fue rebatida por Luis Fernando Camacho, quien se atribuyó haber financiado integralmente las acciones, en una declaración destinada a intentar mantenerse como cabeza principal de los hechos del 2019 mientras suceden disputas de la derecha en Santa Cruz.

Las divisiones cruceñas ocurren al interior de las logias, sus expresiones políticas, como el Comité Cívico y la Unión Juvenil Cruceña, como parte de un proceso de reorganización, para determinar qué sector tomará la conducción y qué estrategia se desprenderá para esta nueva etapa.

Esa reorganización de la derecha indica algo claro: una etapa, con la derrota golpista, finalizó. Una de las preguntas es cómo reencauzar al conjunto del país al terreno del diálogo, la convivencia y la democracia. Se trata de una cuestión compleja en cada uno de los niveles, tanto en la Policía y las Fuerzas Armadas, como en los actores políticos de la derecha, empresariales, así como en la sociedad, entre regiones, dentro de las ciudades.

La escalada golpista, así como los meses del gobierno de facto, expusieron las profundidades de las divisiones históricas en Bolivia. Durante ese tiempo aparecieron escenas de agresión a mujeres de pollera -es decir, por ser aymaras, quechuas- a gente del MAS -por serlo o parecerlo-, expresiones de desprecio colonial, así como fantasmas de las clases medias y altas de La Paz armadas dentro barricadas ante la posibilidad de un levantamiento en El Alto y su bajada hasta el centro de la ciudad.

El golpe abrió los odios como una caja de pandora, demostró que algo que parecía en gran parte pasado estaba únicamente contenido. ¿Cómo reducir el abismo? ¿Existe una dimensión irremediablemente irreconciliable? El proceso de cambio, la propuesta de Estado plurinacional, logró avances que el golpe puso en cuestión.

Del otro lado, en El Alto, por ejemplo, creció una fuerte politización entre los más jóvenes que no habían conocido gobiernos golpistas ni de derecha, una demanda de justicia por las masacres ocurridas, como la de Sacaba y Senkata, un alzamiento masivo de la whipala, una renovada potencia política, que, en parte, explica el 55,1% que logró el MAS en las elecciones del 18 de octubre.

El proceso de cambio se encuentra fortalecido. La ofensa a la whipala por parte de la Policía y el gobierno de facto, las persecuciones, militarización del espacio público, amenazas televisadas, y humillaciones, reafirmaron identidades, miradas políticas, protagonismos. Ahora comienza la etapa de reorganización interna entre las diferentes partes que conforman el proceso, el rol de cada liderazgo, de los movimientos, las organizaciones, el instrumento político, la representación parlamentaria, el ejecutivo, la corrección de errores.

El tiempo regresa a su cauce luego de un año que dejó una marca honda sobre las vidas de millones de personas. ¿Qué espera la mayoría y en particular quienes votaron al MAS? Estabilización económica, política, profundización de las transformaciones. Para lo primero, una de las medidas confirmadas por el gobierno de Luis Arce, será el impuesto permanente a las grandes fortunas.

La nueva etapa en Bolivia representa una oportunidad para el proceso de cambio que logró regresar al poder político en un escenario bajo fuego. El país respira nuevamente por el momento, La Paz es esa ciudad tallada entre montañas y cumbres, a los pies de El Alto con sus mercados, comercios, entramados de organizaciones, saberes aymaras, la inmensidad andina.

Fuente: Página 12

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