Opinión

“Los detentores de capitales privados nunca han cesado de luchar contra el Estado del Bienestar”. Por Alex Anfruns

Fundador junto a Joao Caraça del Grupo de Lisboa en 1992, Riccardo Petrella es el autor del conocido Límites a la competitividad, y en 1996 creó junto a Mario Soares el Comité internacional por un Contrato Mundial del Agua. En 2001 fundó la Universidad del Bien Común y en 2007 el IERPE (Institut Européen de Recherche sur la Politique de l’Eau). En su reciente ensayo En el nombre de la Humanidad, la audacia mundial*, Petrella analiza los temas de la guerra, el cambio climático y la pobreza bajo un enfoque social y también filosófico, cuestionando las concepciones del discurso dominante que en algunos casos coexisten a pesar de que su fracaso ha sido patente en la historia reciente: en primer lugar “en nombre de Dios”, luego “en nombre de la Nación/el Pueblo”, y actualmente “en nombre del Dinero”. Así, planteará finalmente la alternativa “en nombre de la Humanidad”, que es también el título del ensayo.

     Profundo conocedor de la problemática del Bien Común y del derecho al agua, Petrella analiza y desmiente varios prejuicios fundamentales, como la creencia en las relaciones entre crecimiento económico y el desarrollo sostenible. Efectivamente, pone de relieve el fracaso del Programa del Banco Mundial elaborado en 1974-75 “Pobreza Cero” para el año 2000. Este fue aprobado por la ONU tras la Conferencia de Roma de 1972 en la que, por primera vez en las sociedades occidentales, se alertó seriamente acerca de los “límites al crecimiento”. Aquel programa tuvo por efecto la “liberalización de los movimientos capitales privados; la desregulación de los mercados de materias primas y productos industriales, y la ayuda pública al desarrollo del Norte al Sur”. La soberanía de las grandes empresas multinacionales fue entonces “impuesta en el Sur bajo el impulso del Banco Mundial y del FMI”. La condición de sus ayudas consistía en los “ajustes estructurales”, es decir en la “apertura a las leyes del mercado” y la privatización de los “bienes estructurales y de los servicios públicos comunes”.

     Distinguiendo las fases de esa evolución, Petrella analiza los aportes de la Comisión Brundtland de Naciones Unidas que tuvo lugar en 1987, analizando su lado positivo y negativo. Este informe planteaba la separación de los temáticas del clima y de las desigualdades, mediante un proceso que define como de “mistificación y reconciliación entre crecimiento económico y desarrollo sostenible”. De ese modo hace una crítica sin concesiones de los programas del Banco Mundial, planteando que se basan en falsas premisas, cristalizando en un proceso de verdadera mistificación. Efectivamente, cuando en 1995 tuvo lugar una Conferencia de la ONU sobre la pobreza y la exclusión social, el Banco Mundial propuso una vez más un cambio de estrategia: pasar de un programa de “erradicación total”, a otro de “reducción de la pobreza absoluta extrema” para la fecha del 2015. El cambio fue refrendado por el Plan de los Objetivos del Milenio para el Desarrollo de 2000 al 2015. Como consecuencia de los pálidos resultados de esas iniciativas, los objetivos de desarrollo sostenible se han actualizado de nuevo en la Conferencia de Naciones Unidas para una Agenda Post 2015 que tuvo lugar en Nueva York, y que propone una hoja de ruta hasta el año 2030.

     Al analizar cómo la empresa pública ha sido objeto de ataques y descréditos a favor de la empresa privada, Petrella distingue tres factores que permitieron a los países europeos desarrollar un modelo económico basado en el estado del bienestar (“welfare”): “el primero,  el control monetario por el Estado y por ende, de la economía nacional al interior del país (papel clave de los sectores públicos nacionalizados) y de las relaciones con el exterior (control de los movimientos de capital y comercio). El segundo, la opción a favor del pleno empleo mediante una política de inversiones públicas (…); El tercero, la introducción gradual de un sistema fiscal progresivo y redistributivo gracias al cual el Estado puede financiar las inversiones públicas. De ello se deriva el concepto de gratuidad de derechos (…)”. Petrella subraya que el sistema descrito nunca fue del agrado de los detentores de capitales privados, quienes veían en él una “amenaza a la libertad y al derecho a la propiedad privada” puesto que ese modelo garantizaba que la colectividad pudiera asumir los costes “del derecho de acceso para todos al agua, la energía para usos domésticos, la salud, la educación, el alojamiento, los transportes públicos (…) Por ello, nunca han cesado de luchar contra el Estado del Bienestar”.

A pesar de que las empresas públicas permitieran avances considerables en el desarrollo de varios países europeos, y a pesar de los numerosos “escándalos que han implicado a las empresas privadas”, tras el desplome del sistema financiero internacional en 1973-74 la privatización terminó por imponerse de forma aplastante. Como consecuencia de ello, “nuestras sociedades han perdido la conciencia y la visión de los bienes comunes públicos para la vida”. Petrella explica pues cómo se dio inicio a una “etapa histórica” cuando la ciencia y el progreso se sometieron al dinero, al autorizarse la “patentabilidad del ser vivo acordada por primera vez en 1980 en Estados Unidos por el Tribunal de Justicia, sobre una bacteria descubierta por los laboratorios de General Electric”. En 1998, fue el Parlamento Europeo el que autorizó a su vez la  patentabilidad del ser vivo”, bajo el pretexto de que “la competitividad europea en el ámbito de la biología aplicada (sobre todo agricultura y salud) se viera debilitada”. Por otra parte, el autor denuncia que la “casi totalidad de las principales inversiones en la investigación científica (considerando todos los ámbitos), estaba y sigue estando puesta al servicio de objetivos militares o económicos y de poder”

     En la conclusión del segundo capítulo el autor describe detalladamente cómo en el mercado: 1) “no hay derechos humanos” 2) “no hay democracia” y 3) “no hay justicia” y resume las famosas “leyes del mercado” por su ausencia de consideración por los derechos: “en el mundo de las finanzas privadas, sobre todo en la Bolsa, no hay derechos. Las Bolsas del maíz o del arroz no saben lo que es el derecho a la alimentación”. Mediante dos citas que se oponen, se termina planteando la contradicción entre ambos planteamientos: el del privilegio dado a la riqueza o al ser humano. Por un lado, la resolución del 28 de julio de 2010 de la Asamblea de Naciones Unidas, en la que se reconoce que “el acceso al agua potable y al saneamiento es un derecho humano”; y por otro, las declaraciones del ex presidente de Nestlé, Peter Brabeck, quien negaba que el acceso al agua pudiese ser un derecho humano.

Alex Anfruns


*Riccardo Petrella, Au nom de l’Humanité. L’audace mondiale. Couleurs Livres. Bruxelles, 2015.

 

Fuente: Blog del autor

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