Opinión

Cuba: un Congreso del pueblo / I. Por Ángel Guerra Cabrera

La mayor de las Antillas vive un momento trascendental de su historia. A 60 años de la fulminante victoria sobre la invasión mercenaria de Playa Girón, orquestada por el Pentágono y la CIA, se ha producido un cambio generacional en la dirección del Partido Comunista de Cuba (PCC) de forma muy ordenada, calma y democrática. De los veteranos guerrilleros de la Sierra Maestra a los pinos nuevos surgidos en las luchas de las décadas posteriores al triunfo de la revolución, incluidas las misiones internacionalistas, civiles o militares. Todo ello cimentado en el espíritu fraterno, la identidad de ideas y la confianza mutua que une a las distintas hornadas de revolucionarios. La celebración del octavo Congreso del PCC ha estado signada por circunstancias objetivas muy adversas, pero a la vez, por la voluntad de su dirección y su militancia de desarrollar un agudo ejercicio de reflexión crítica y autocrítica sobre los aspectos fundamentales de la vida sociopolítica y económica del país. Ni la pandemia, ni la honda crisis económica que ha ocasionado, ni la cruda versión trumpista del bloqueo han podido impedirlo. Debe valorarse que las 231 medidas añadidas por Trump al cerco no se limitaron a la simple derogación de las tibias, aunque en conjunto positivas acciones de flexibilización económica adoptadas por el presidente Obama, que nunca suprimió el bloqueo. No. Muchas de ellas fueron concebidas para hacer un daño sin precedente a la familia cubana y a eslabones fundamentales de la economía de la isla. Entre ellas, los formidables obstáculos a la importación de combustible, al acceso a créditos y materia prima para la industria farmacéutica en medio de la difusión de la pandemia, las extremas disposiciones adoptadas para que los emigrados no pudieran hacer llegar remesas a sus familiares, o la calumniosa campaña contra la cooperación médica cubana.

La sólida estructura conceptual y el particular timbre emocional patriótico, latinoamericanista y humanista del informe central presentado por Raúl Castro a la cita, en su condición de primer secretario del PCC, fue un extraordinario detonador de un vibrante congreso que, por otra parte, tuvo una esmerada preparación previa y se destacó por la calidad de los 300 delegados elegidos desde las bases, así como de los invitados. El informe delineó la situación de Cuba en el mundo, enriquecido en su temática con ejemplos vívidos y argumentos convincentes y muy bien sustentados, los que crearon un clima muy favorable para el desarrollo de los debates. Sin pretender mencionar todos, fueron tratados diversos temas en tres comisiones: los resultados económicos alcanzados desde el séptimo congreso, insuficientes por muchas razones, entre ellas las ya mencionadas; la actualización –o dicho de otra forma– las importantes modificaciones al modelo económico socialista; la actualización de los lineamientos de la política económica y social del partido y la revolución; la batalla ideológica, simbólica y cultural contra el imperialismo estadunidense y su quinta columna mercenaria, que pretende presentar como oposición; la necesidad de que el PCC se acerque cada día más a los jóvenes, a sus intereses y problemas, de continuar profundizando el diálogo con los sectores estudiantiles, profesionales e intelectuales y artistas en general, los problemas de la política de cuadros y del funcionamiento interno de la organización.

Los debates, además de su carácter crítico, estuvieron acompañados de una alta dosis de optimismo y ánimo de victoria. Para mí estas premisas y la presencia de las ideas y realizaciones de Fidel en los cuatro días de sesiones, son las características principales de este congreso histórico, sustancioso por sus temas, intervenciones y resoluciones, cargado de la expresión de nobles sentimientos enraizados en la identidad nacional e internacionalista de un comunismo como el cubano, inspirado en la ética y el antimperialismo de José Martí en armónica interacción con las ideas de Marx, Engels y Lenin.

Vísperas del congreso, bajo la dirección del presidente Miguel Díaz-Canel, en quien el máximo órgano partidista depositó la máxima responsabilidad del partido, hasta ahora desempeñada por Raúl, se desarrolló un debate a escala nacional con la intervención de destacados productores privados, presidentes de cooperativas y directores de empresas estatales del sector agropecuario, que unidos a centros de investigación y académicos realizaron un fructífero intercambio sobre la producción y distribución, principalmente orientado a la satisfacción de la alimentación popular, hoy con carencias por la crisis, por el bloqueo redoblado y por errores y deficiencias que fueron objeto de discusiones honestas y profundas. Como veremos, Cuba ha cambiado y sigue cambiando para hacer su socialismo más sólido, democrático e invencible, algo que enloquece a los enemigos de la revolución.

Fuente: La Jornada

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