Opinión

Lecciones de cuentos “clasicos”. Por Alberni Poulot Cumbá

No me caben dudas de que Occidente, con Estados Unidos como mayor “productor de mentiras, manipulaciones y noticias falsas, ha travestido el engaño infantil e “inocente” de los cuentos clásicos, para convertirlo en doctrina, política, ideología y cultura de poder. Más que su ética es su naturaleza.


Un cuento es un género literario, en el que a través de narraciones cortas se transmiten las ideas de sus autores. Se consideran clásicos cuando son, “dignos de imitación”. Se asume que lo clásico es lo que debe tomarse como modelo por ser de calidad superior o perfecta. También es reconocido como sinónimo de canon.

Para la llamada cultura occidental muchos de los cuentos populares recopilados por los Hermanos Grimm, Hans Christian Andersen y Charles Perrault, además de su enorme popularidad, son denominados clásicos, porque se han globalizado por la fuerza de la conquista, la transculturación de identidades nacionales y el seductor encantamiento de las potencias culturales hegemónicas. Por tanto, estos cuentos que han sido traducidos en muchos idiomas son adaptados al cine en innumerables ocasiones, con especial éxito por parte de la mega empresa cinematográfica The Walt Disney Company y “exportados” por sus canales Disney Channel, Disney XD, Disney Junior y Disney Cinemagic, cambiando a propósito parte de la historia original para ajustarla a criterios comerciales, ideológicos y de entretenimiento hegemónico: en no pocos de ellos se aprecian rasgos de racismo, chovinismo “patriotero”, misoginia, antisemitismo, xenofobia y supremacismo.

Otros “clásicos”, que anidaron en territorios eslavos, fundamentalmente en el ruso, gracias al genio de Aleksandr Nikolaevich Afanasev, pudieron escapar del dominio occidental, así como raras excepciones chinas, japonesas, árabes, centroasiáticas, africanas e indoamericanas. No obstante,  “desgraciadamente” no todos pudieron emanciparse de la “adopción” y adaptación que de ellos hicieran emporios cinematográficos, televisivos y del Internet estadounidenses: Hollywood, Netflix, HBO, Pixar,  Marvel Studios, Disney Toon Studios, Touchstone Pictures, entre otros.

Las célebres narraciones homéricas de la Ilíada y la Odisea, que sabemos que no son cuentos, pero sí obras  “clásicas” de la literatura; Blancanieves, el Flaustista de Hamelin, Hansel y Gretel, los Siete cabritos, Pinocho, la Caperucita Roja, el Gato con Botas, entre otras; tienen de común algo más que el género que comparten y es el “engaño” como premisa, leit motiv, o respuesta desencadenante de la historia que se narra. El engaño es tan o más protagonista que los dulces o malvados personajes de los relatos.

En la Ilíada sobresale el pasaje del “caballo de Troya”, como ardid para vencer la resistencia troyana. En la Odisea, resalta el talento de Odiseo (Ulises) para evadir el “canto de las sirenas”, vencer al gigante Polifemo y vengarse de los pretendientes de su Penélope.

Una malvada bruja por engaño hace morder la manzana envenenada a Blancanieves, otra pécora, con dulces y caramelos engatusa a los niños Hansel y Gretel. En una triple artimaña un flautista en Hamelin, con su flauta mágica hechiza a los ratones que plagan la villa, luego de ser estafado por los pobladores, este en venganza hipnotiza con su música a los niños y se los arrebata al embaucador pueblo.

Un lobo se travestisa en mamá-cabra y se zampa seis cabritos, otro lo hace igual y se traga una abuelita, aunque no corrió igual suerte con la nieta de la caperuza roja. Un gato y un zorro se aprovechan de la ignorancia de un niño de madera, le estafan y le abandonan (existe una versión que refiere como final del títere a la horca). Pero si se conserva un relato infantil que es un monumento a la fullería (y en todo el cuento queda legitimado), y hasta donde sepa no es cuestionado ni censurado, es en el Gato con Botas. Un pobre y miserable gatito, por la “generosidad” de su dueño de comprarle una bolsa y un par de botas; en pago, mediante una cadena de engaños convierte a su dueño en el poderoso Marqués de Carabás, yerno del Rey y heredero de toda la fortuna del soberano.

Estos cuentos infantiles se insertan en más de una pedagogía y por experiencia personal (no tengo evidencias científicas para generalizar mis conclusiones) sí puedo decir que no he visto una sola precisión crítica sobre el tema en cuestión. No he constatado una sola acotación, una valoración de cuestionamiento ético por lo dañino de mentir, engañar, manipular, subvertir las impresiones mediante falsas impresiones que se encuentran en esos infantiles relatos.

En cambio, son probadas las alabanzas a la “astucia” de Odiseo, que se pone como referente de pensamiento creativo, lateral o alternativo. Al gato con botas se le celebra y agradece por ser tan mañoso y se pondera la efectividad de lobos y brujas en el ejercicio de sus mañas, porque lo que los invalida a ellos es la construcción semiótica de que son “personajes malos”, no los ardides que emplean para alcanzar sus nefastos objetivos.

Como acto de reflejo se nos “domestica” con la idea de que hay mucho de bueno y útil en engañar, lo malo es parecernos al engañador. Y esto, conscientes o no, lo asumimos desde temprano.

“El fin justifica los medios”, es la célebre frase atribuida al filósofo italiano Nicolás Maquiavelo, aunque se dice que la frase la escribió Napoleón Bonaparte en la última página de su ejemplar del libro «El Príncipe» del propio Maquiavelo. Pareciera que el engaño para la política, los negocios y la propia vida valida que cuando el objetivo final es importante, cualquier medio para lograrlo es legítimo. Engañar, para muchos, es un medio efectivo para el alcance de no pocos objetivos.

Otros coinciden. A Baltasar Gracián se debe la frase «Todo lo dora un buen fin, aunque lo desmientan los desaciertos de los medios», en su obra “Oráculo manual y arte de prudencia” (1647), y Hermann Busenbaum escribió: “Cuando el fin es lícito, también los medios son lícitos” (latín: cum finis est licitus, etiam media sunt licita) en un manual de teología moral de 1650[1].

En el más conocido y estudiado libro del general chino Sun Tzu, “El Arte de la Guerra[2], se recoge: “El arte de la guerra se basa en el engaño. Por lo tanto, cuando es capaz de atacar, ha de aparentar incapacidad; cuando las tropas se mueven, aparentar inactividad. Si está cerca del enemigo, ha de hacerle creer que está lejos; si está lejos, aparentar que se está cerca. Poner cebos para atraer al enemigo. Golpear al enemigo cuando está desordenado. Prepararse contra él cuando está seguro en todas partes. Evitarle durante un tiempo cuando es más fuerte. Si tu oponente tiene un temperamento colérico, intenta irritarle. Si es arrogante, trata de fomentar su egoísmo. Si las tropas enemigas se hallan bien preparadas tras una reorganización, intenta desordenarlas. Si están unidas, siembra la disensión entre sus filas. Ataca al enemigo cuando no está preparado, y aparece cuando no te espera. Estas son las claves de la victoria para el estratega”.

Cuando el engaño se convierte en política de Estado, en mecanismo de administración doméstica y dominación extraterritorial, es cuando verdaderamente se trasmuta en aberración ética.

Se conoce que el 34º presidente norteamericano, Dwight David «Ike» Eisenhower, en el período 1953-1961, cuando presentó a su gabinete administrativo el “plan de guerra fría” contra la URSS y el campo socialista este europeo, dijo:

“Nuestro objetivo en la guerra fría no es conquistar o someter por  fuerza un territorio. Nuestro objetivo es más sutil, más penetrante, más completo. Estamos intentando, por medios pacíficos, que el mundo crea la verdad. La verdad es que los americanos queremos un mundo de paz, un mundo en el que todas las personas tengan la oportunidad del máximo desarrollo individual. A los medios que vamos a emplear para extender esta verdad se les suele llamar «guerra psicológica». No se asusten del término (…). La «guerra psicológica» es la lucha por ganar las mentes y las voluntades de los hombres[3].

El ex director de la CIA entre las décadas del 50 y 60 del siglo XX, Allen Dulles, dentro de su mañosa perversidad plasmó en el muy mencionado libro “El Arte de la Inteligencia” ideas marrulleras como estas:

“… sin que sea percibido sustituiremos sus valores por otros falsos y les obligaremos a creer en ellos”…, “estamos hablando de una nueva ciencia, de ciencia para ganar en un nuevo escenario la mente de los hombres[4].

En ambas doctrinas estadounidenses queda institucionalizada la mentira, la manipulación y el engaño.

El mundo ha conocido grandes mentirosos, farsantes y fuleros: Hitler, Musolini, Franco, Batista, Pinochet, Bush hijo, Obama…, pero ninguno como Donald Trump.

Buscando materiales para este escrito, “reviví” un artículo del periodista guantanamero y corresponsal de ese territorio en el periódico “Granma”, sobre el “récord mundial” del antecesor de Joe Biden en la Casa Blanca.

Según un “corresponsal de la edición estadounidense del Huffington Post…., indignado con Trump (dijo); «soy periodista desde hace 33 años». «He cubierto el Congreso, la Nasa y el programa espacial militar; ayuntamientos de la ciudad y el condado; el gobierno de Florida; tribunales; ladrones armados y asesinos en serie». «En todo ese tiempo nunca me había encontrado un funcionario público, un candidato, un burócrata o, francamente, un delincuente real que sea tan agresivamente deshonesto como el actual Presidente de Estados Unidos», remató Dáte, obstinado.

“La noticia refiere que The Washington Post ubica en 14 el promedio diario de mentiras, exageraciones o declaraciones  engañosas pronunciadas por Trump desde su llegada a la Casa Blanca, y en ¡16 241! el total de falsedades que ha dicho desde ese momento hasta enero pasado” (2020)[5]

No me caben dudas de que Occidente, con Estados Unidos como mayor “productor de mentiras, manipulaciones y noticias falsas, ha travestido el engaño infantil e “inocente” de los cuentos clásicos, para convertirlo en doctrina, política, ideología y cultura de poder. Más que su ética es su naturaleza.

Para no sucumbir ante el perverso destino manifiesto antepongamos principios como el judaico de “no dirás falso testimonio contra tu prójimo”;  como el cristiano de “no darás falso testimonio ni mentirás”, vale también el “no mentirás” de los pueblos originarios indoamericanos y el fidelista de “no mentir jamás ni violar principios éticos”.

Notas:

[1] Wikipedia 2019.

[2] Sun Tzu, “El Arte de la Guerra”.  Librodot.com. Tomado de: http://perso.wanadoo.es/ddragon/ p.4.

[3] Dwight. D. Eisenhower (s/f) citado en Frances Stonor: La CIA y la guerra fría cultural, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2003 p. 212.

[4] Allen Dulles. “The Craft of Intelligence. (El Arte de la Inteligencia) (ISBN 1-59228-297-0)”. Wikipedia 2019 y citado por Antonio Barreiro en material teórico: “La Guerra Cultural y la subversión político-ideológica en tiempos de Guerra No Convencional”. Academia Máximo Gómez. La Habana. 2014. p. 16.

[5] José Llamos Camejo. “Las 14 mentiras diarias de Trump”. Granma. 18.78.20 p.2

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