Opinión

Vivir en tiempos de Aquiles. Por Lil María Pichs Hernández

Celebrar la cultura nacional es celebrar a todos esos grandes, esté latiendo o no su corazón en sus pechos. Decir vivos o muertos en estos temas es muy confuso, debido a esa ley universal según la cual las ideas que fundan, unen y renuevan una nación hacen vivir indefinidamente a quienes las conciben y a quienes deciden vivir por ellas.

Late hoy, por el 20 de Octubre, el corazón de Cuba. Y se siente en el rumor del aire, en las vibraciones de la tierra, el palpitar de los fundadores: del sacerdote pensante, del intelectual subversivo, de la negra rebelde, del científico ético, del hacendado generoso, de la brava mambisa, del extranjero cubano, del niño sin zapatos, de la niña abanderada…


Es triste detenerse a pensar en lo que perdemos con la muerte de alguien valioso. No es que una vida tenga más valor que otra, pero cierto es que hay vidas que de vivirse tan intensa y plenamente, que de entrelazar y levantar a tantas otras, terminan formando parte insustituible de la memoria de pueblos enteros.

A quienes llevan tales vidas se les ha conocido con muchos nombres desde los inicios de la historia de los seres humanos: exploradores, héroes, conquistadores, fundadores, creadores, apóstoles, Padres, Madres… Sus ideas y acciones se convierten en el pensar y en actuar de una época; sus análisis se convierten en el prisma a través del cual entender la realidad en determinado momento histórico.

Y cuando su corazón se detiene, cuando su respiración deja de sentirse en el mundo, dejan en sus seres queridos una aplastante sensación de vacío, y en los pueblos que ayudaron a fundar dejan, tras el velo del luto, un camino a la luz, exuberante y aún empinado, pero mucho más claro y amplio que el que encontraron ellos.

Celebrar la cultura nacional es celebrar a todos esos grandes, esté latiendo o no su corazón en sus pechos. Decir vivos o muertos en estos temas es muy confuso, debido a esa ley universal según la cual las ideas que fundan, unen y renuevan una nación hacen vivir indefinidamente a quienes las conciben y a quienes deciden vivir por ellas.

Late hoy, por el 20 de Octubre, el corazón de Cuba. Y se siente en el rumor del aire, en las vibraciones de la tierra, el palpitar de los fundadores: del sacerdote pensante, del intelectual subversivo, de la negra rebelde, del científico ético, del hacendado generoso, de la brava mambisa, del extranjero cubano, del niño sin zapatos, de la niña abanderada…

Pero cuántas historias se van perdiendo en el tiempo a fuerza de solo recordar los nombres “ilustres” a propósito de un examen, de un discurso, de un aniversario…

Vuelven a morir -deja de cumplirse aquella ley universal y vuelven a morir- cuando sus nombres son lo único que se repite mientras sus vidas se olvidan; cuando sus nombres se desconocen y se habla mecánicamente de los avatares de su generación.

Las fuerzas de la desmemoria carcomen las naciones, devoran vidas, distorsionan páginas, confunden mentes, inflaman corazones en cruzadas extranjerizas, envalentonan, fulminan, arrancan, ciegan.

Y no es peor lo que hacen de nuestro pasado, que lo que hacen con nuestro presente, que lo que hacen con nuestro futuro. Tan dañino ha de ser olvidar nuestro origen, como pensar que solo en aquellos tiempos de indios y esclavos, sin aviones ni wifi, se hizo historia.

Deberíamos seguir a José Julián durante uno de tantos días que dedicó a conocer a la migración cubana que se había asentado en Estados Unidos, con la esperanza de volver a la guerra y liberar definitivamente a Cuba. En esa década de 1880, en esos primeros años de la década siguiente, Martí conoció a todo tipo de gente, oyó todo tipo de historias de la Guerra Grande y sus héroes, y se dio a escribir la epopeya que fue aquella lucha en la manigua, usando, además de su talento natural, su formación intelectual y ética, debida en gran parte a la generación de Maestros que formó la mente anticolonialista y la pasión revolucionaria en los propios hombres y mujeres del 68.

No hay que esperar al 20 de octubre para caminar de nuevo por donde caminaron las generaciones anteriores. Nosotros también tenemos una epopeya que escribir y una revolución a la que convocar. La generación del Centenario de Fidel, en esta gesta única, continua y ascendente que es el proyecto cubano, no puede ser menos que la generación del Centenario de Martí. Es matemática, ética y biológicamente imposible. O acaso muy improbable… pues nada que dependa de la voluntad de los seres humanos podrá tallarse en la piedra. Depende de la voluntad de todos los días, del trabajo y el sacrificio de todos los días, de la memoria de todos los días, como hoy, a 168 años de la partida de Félix Varela o a 147 años de la de Céspedes, lo mismo que a 52 años de la partida de Fernando Ortiz, 41 de la de Haydée Santa María y 5 de la de Fidel.

Hay que darse un respiro y mirar a los lados: el presente siempre es el momento de la lucha. Nadie hace historia ayer. Se hace historia hoy. Este tiempo es también tiempo de gigantes. Fernando Martínez Heredia, Roberto Fernández Retamar, Alicia Alonso, Cintio Virtier, Armando Hart, Eusebio Leal… aún caminan entre nosotros, como Graciela Pogolotti, Abel, Torres-Cuevas y tantos otros… ¡como los que están cultivando la tierra, los que están creando y perfeccionando vacunas, los que están revolucionando el arte desde la verdadera pasión y el desinterés!

Miro y veo el tiempo en el que soy. Miro y veo cómo Cuba hace historia en un mundo donde el “fin de la historia” llegó a ser declarado tras el desmerengamiento soviético. Lo declaró el señor Francis Fukuyama, politólogo de Chicago ¡Nada menos que de la ciudad en que nació la conmemoración por el Día Mundial de los Trabajadores!

Creo que Francis debería visitar Cuba antes de partir. Su libro “El fin de la Historia y el último hombre” (1992) merece una segunda parte… Y cuán diferente podría ser de la primera si Francis viviera Cuba.

Ese es el regalo de la conciencia revolucionaria: el sentido del momento histórico, que permite entender que cuando se lucha contra las más poderosas fuerzas del ámbito global y nacional, se vive en tiempos de héroes, en tiempos de heroínas. Así se vivió en tiempos de Gilgamesh, el rey héroe de los sumerios, así se vivió en tiempos de aqueos y troyanos, de Aquiles y Héctor, y de tantos arcontes del otro lado del océano… -Y digo más, por que de este lado palpitan los héroes nuestroamericanos, que debemos conocer primero- ¡así se vive en los tiempos de Tzilacatzin, aquel hombre de espíritu indomable que de las entrañas de México salió a la guerra y nunca fue conquistado!

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