Opinión

El mejor amigo habla sobre Fidel. Por Alberni Poulot Cumbá

Se cumplen cinco años de la siembra de Fidel en el «Grano de Maíz» monolítico, en el Cementerio Patrimonial «Santa Ifigenia», en la ciudad oriental cubana de Santiago de Cuba.

Son ríos inagotables, en formas de tintas y letras, recuerdos y anécdotas, añoranzas y reafirmaciones, sobre la vida y obra del Comandante en Jefe de la Revolución Cubana.

Sus biógrafos, los historiadores, los escritores, los amigos y adversarios (a pesar de sus deseos e intereses de clase); pero sobre todo los pueblos agradecidos, en primer lugar el cubano, mantienen viva la leyenda del primer ser humano que logró desafiar al imperio más poderoso del mundo y de la Historia y vencerle; encabezar y construir junto a un pueblo una Revolución Socialista a pocas millas geográficas de sucesivas administraciones federales obcecadas con destruir la Nación y la Revolución, y hacer realidad la globalización del más humano internacionalismo y la más reconocida muestra de solidaridad global.

Hoy, nos sumamos al justo recuento de su práctica emancipadora, al obligado análisis de sus aportaciones teóricas, a la necesaria reflexión sobre sus alertas y urgencias revolucionarias y planetarias, pero en el caso de este artículo, será de la manera dicha por el Mejor Amigo de Cuba y de Fidel.

El 11 de marzo de 2013, después de una tormentosa semana, el Jefe de la Revolución Cubana, pudo encontrar fuerzas para escribir uno de los más esperados artículos periodísticos, conocidos popularmente como “Reflexiones de Fidel”, sobre la muerte de su Hijo Político, Hugo Chávez Frías:

 

“El 5 de marzo, en horas de la tarde, falleció el mejor amigo que tuvo el pueblo cubano a lo largo de su historia…  Aunque conocíamos el estado crítico de su salud, la noticia nos golpeó con fuerza… Nos cabe el honor de haber compartido con el líder bolivariano los mismos ideales de justicia social y de apoyo a los explotados. Los pobres son los pobres en cualquier parte del mundo… Perdimos nuestro mejor amigo… Debo solo incluir en aquella lista a los demás pueblos del mundo que durante más de medio siglo han sido víctimas de la explotación y el saqueo. Esa fue la lucha de Hugo Chávez.

Ni siquiera él mismo sospechaba cuán grande era.
¡Hasta la victoria siempre, inolvidable amigo!”

Chávez no pudo sobrevivir a Fidel, y si no es porque Fidel fue un visionario, uno se sobrecogería del mismo modo que sacuden los pasajes sobre “experiencias sobrenaturales”. En uno de sus programas radiales “Aló Presidente”, Chávez contó lo siguiente:

“…Fidel que está viendo todo, cada día es más sabio. Yo le dije: “Oye, Fidel, ojalá que tú me sobrevivas, que vivas más que nosotros”. Entonces, él dice: “Bueno, la probabilidad indica que a lo mejor, quién sabe”.  

Sin embargo, a pesar del infortunio de su temprana partida física, Chávez dejó muchos testimonios del privilegio de haber “crecido” políticamente, y como ser humano al lado de quien consideró su padre.

En “retribución” al solemne y luctuoso panegírico de Fidel a Chávez, en este quinto aniversario de la pérdida física del Líder Histórico de la Revolución Cubana, dejaremos que sea su Mejor Amigo quien hable sobre él:

PRIMERAS IMPRESIONES MUTUAS[1]

Martes, 13 de diciembre (La Habana)

“Fui a su lado en el carro hacia el Palacio de la Revolución y allá nos sentamos a conversar, uno frente al otro. Después de los primeros minutos me seguía impresionando la manera en que Fidel me examinaba cuidadosamente. Ya a esa altura, a esa mirada escrutadora se unían las preguntas en ráfagas: me lanzaba una y luego otra y otra…

 

Todo le interesaba y hurgaba hasta en el más mínimo detalle. Sobre el 4 de Febrero me preguntó cuántos hombres eran, para dónde se fueron, qué fusiles llevaban y por qué tenían un brazalete en el brazo derecho y otro en el izquierdo, y pregunta y pregunta y más preguntas, y yo me decía: «Dios, ¿para dónde va este hombre?». Parecía que había agarrado una ametralladora y estaba dispuesto a coserme a preguntas, hasta un momento en que pasé a la ofensiva. Le pregunté cómo fue la muerte del Che, que qué me podía decir él de eso y creo que le comenté que esa inquietud la llevaba desde niño. Tenía 14 años cuando dieron la noticia por la radio de que al Che lo tenían rodeado en la selva de Bolivia.

 

En Barinas, con total infantilismo, decíamos: «Bueno, ya Fidel le mandará unos helicópteros para rescatarlo». Recuerdo que Fidel me hizo un dibujo de la Quebrada del Yuro y luego trajeron un mapa. Había estudiado muy bien la situación y conocía detalle por detalle el lugar, aunque nunca había estado allí. Señaló el sitio exacto dónde atraparon al Che y por dónde pudo haber escapado. Me dijo: «el Che, a conciencia, buscó al enemigo y salió a enfrentar la tropa del ejército boliviano». Me emocionó escucharlo. Envueltos en la historia, comenzamos a hablar de Bolívar, que era el tema que me había traído a Cuba. Me di cuenta de que cada vez que le comentaba algo, él le iba agregando otros elementos que demostraban que tenía una cultura histórica muy profunda, un conocimiento de erudito.

 

Yo me preguntaba: «¿cómo es posible que sepa tanto?», y empecé un poco a probar fuerzas en la conversación. «Ah, que la campaña de Guayana y la ofensiva de los republicanos, por tierra y por el río Orinoco», y él seguía el hilo: «sí, tú me hablas de la batalla de San Félix que ganó el General Manuel Piar, por la cual obtienen el territorio de la Guayana y no sé qué más…» Entonces yo decía para mí mismo: «se las sabe todas, se las sabe todas»… Y volvía a la carga: «…después vino la batalla de Carabobo»… «¡Ah!», respondía él, «sí, la batalla de Carabobo, claro, se replegó el batallón, en orden, dando un ejemplo de disciplina…» Y una voz me decía por dentro: «esto no puede ser». Y yo seguía: «voy a cambiarle el personaje; no es posible que él conozca tanto a otros próceres venezolanos», y le hablé de Páez, de su campaña en los llanos, de que había sido un valiente guerrero, pero traicionó a Bolívar. También, que había aprendido a escribir de manera excelente… «Ah, Páez, claro, Páez», y se acordó de algo que escribió José Antonio Páez, un librito poco divulgado en Venezuela y prácticamente desconocido fuera de mi país, pero que ¡Fidel sí se lo había leído completo! Se trataba nada menos que de los comentarios de Páez a las Máximas de Napoleón sobre el arte de la guerra. Hasta recordaba los principales conceptos: «claro –me dijo–, él planteaba la defensa en tres líneas. Primero, las costas; segundo, los grandes ríos –el Orinoco, por supuesto–, y tercero, la montaña, por si los españoles u otros europeos volvían a invadir a Venezuela». Y es verdad, Páez planteó la defensa estratégica del país, por la línea caribeña, la línea de los ríos grandes del Orinoco, y por el Apure y la selva. Y añadió: «aquí nosotros lo estudiamos muy bien, porque en caso de una invasión asumiríamos una defensa similar…» Sin embargo, yo seguía porfiado y quería, a toda costa, encontrarle un lado vulnerable.

 

Cuando fracasé con Páez, intenté sorprenderlo con Zamora. «¡Ah!, el de la Guerra Federal y Santa Inés, la batalla de la defensa retrógrada. Aquí la estudiamos también.» Yo no quería rendirme y saqué una carta difícil de pasar: le hablaría de mi bisabuelo. «Ah, sí, Maisanta…», y empezó a contarme al detalle su historia. Ahí sí dije: «¡me rindo, me rindo!… No intento más nada. Este hombre es invencible». Y me rendí.

 

En algún momento él, amablemente, nos preguntó si estábamos cansados. Y yo: «¡qué va! No se preocupe. Nosotros no vinimos a dormir», y seguimos conversando hasta las tres o las cuatro de la madrugada. Perdí la noción de la hora. Sin duda estaba descubriendo fascinado a un hombre cuyo pensamiento cabalgaba junto al tiempo y más allá.

 

Descubrí también a un extraordinario político de la izquierda revolucionaria que estaba muy lejos de ser un marxista dogmático. Recuerdo que me llevé la convicción de que en esa profundidad de pensamiento, estaban las razones de la crítica que le hacía cierta izquierda venezolana, rígida, encartonada, sin una sólida formación política, que por sus posiciones se había aliado a la derecha y allá también me hostigaba permanentemente.

 

Creo que hasta le conté una anécdota que me había hecho un amigo, militante de uno de esos grupos. Cuando él era estudiante en la universidad, participaba clandestinamente en algunas acciones y un día tomaron un pueblito del llano, en Guárico. Iba con una patrulla guerrillera, pero los agarraron a todos, menos a mi amigo que estaba realizando su misión, la cual consistía en pintar las paredes con un spray. Él era el responsable de la «propaganda», pues, por ser estudiante universitario. Los demás, sus jefes, a duras penas sabían leer y escribir.

 

En medio de la toma del pueblito, el muchacho perdió su caballo y el contacto con sus compañeros. Tuvo que caminar hacia otro punto de reunión en no sé dónde, hasta encontrarse con el comandante de la patrulla, y le dijo: «Bueno, yo estaba cumpliendo con mi tarea, mientras los otros atacaban al pueblo…» «¿Y usted qué es lo que pintaba tanto ahí, y por eso se retardó?» «Yo pintaba: ¡Viva Lenin!, ¡Viva Lenin!» Y seguía preguntando el jefe este: «¿Viva quién?» «¡Viva Lenin, Lenin!» El jefe se sorprendió: «¿Y quién es Lenin?» Y antes de que el muchacho respondiera, el segundo jefe de la patrulla se le adelantó: «Déjalo quieto, chico, que ese Lenin es el jefe de Caracas…». Es una anécdota, pero ilustra ese dogmatismo, esa falta de referente histórico de algunos «amigos». Fidel era todo lo contrario.

 

En esa visita me impresionó la manera en que su proyección política se adaptaba a las nuevas circunstancias de América Latina, sin hacer concesiones de principios. Ese día me dijo –y luego lo repitió en el Aula Magna–: «Aquí a la lucha por la libertad, por la igualdad y la justicia la llamamos socialismo; si ustedes la llaman bolivarianismo, estoy de acuerdo», y agregó: «Si la llamaran cristianismo, también estoy de acuerdo».

 

Ya en esa primera reunión en Palacio, Fidel demostró su capacidad de ver más allá de los hombres de una época, más allá de donde nos permite el camino. Yo lo había percibido en la cárcel, durante mis lecturas de Un grano de maíz, y en La Habana lo confirmé.

 

Tomás Borges le hizo a Fidel una pregunta similar a lo que en 1824 le hizo Joaquín Mosquera a Bolívar. Cuentan que Mosquera, quien sería presidente de la Gran Colombia, fue a visitar al Libertador a una costa peruana. Allí estaba Bolívar en una choza a la orilla del mar, solo, no tenía ejército, estaba enfermo de tabardillo, pálido, huesudo, sentado en una silleta rota. Y le preguntó Mosquera cuando lo vio así: «Libertador, ¿qué vamos a hacer ahora?» Bolívar se puso de pie como impulsado por un rayo. Los ojos se le convirtieron en dos relámpagos: «¿Cómo que qué vamos a hacer ahora, Mosquera? ¡Triunfar! ¡Triunfaremos!». Ante la pregunta de Borges –-«cayó la Unión Soviética y cantan victoria en Washington, ¿y ahora qué será de Cuba?»–, Fidel reaccionó como Bolívar: «Vendrá una nueva oleada en América Latina, vendrá una nueva oleada». Solo él podía ver entonces hacia dónde íbamos y dónde estamos ahorita mismo. ¿Se dan cuenta?”

 

CRÍTICA CRUDA Y AMIGABLE[2]

“Yo estuve oyéndolo más de seis horas, casi sin interrumpirlo, una pregunta, un comentario. Un sabio. ¿Sabes qué me dijo Fidel? Bueno, les voy a decir esto porque es una crítica, pero él tiene razón, y yo me siento obligado a hacerla pública.

 

Él me lo dijo con mucho respeto: “Chávez, ¿tú me permites que te diga crudamente dos o tres cosas?”. Le dije: “Tú tienes autorización para decirme lo que tú quieras”. Y me dijo: “Dos cosas inicialmente”. Y él hace notas, cada vez que yo voy para allá, Fidel hace notas, se pone a trabajar tres, cuatro días esperándome, y saca su papel. Me dijo: “Mira, una conclusión que he sacado, tú dijiste en el discurso…”. Y peló por el discurso, el discurso mío lo tenía completico, y un resumen, y analizado por su propia letra, notas y números. Me dijo: “Tú dijiste en tu discurso una frase, una cifra, que hace diez años había en Venezuela seiscientos mil estudiantes universitarios, hoy hay dos millones cuatrocientos mil”. Eso es cierto, un crecimiento de cuatrocientos por ciento. Pero él tenía una lista larga de avances en educación, de salud, todo lo que hemos logrado, los avances sociales en estos diez años. Y me dijo: “He sacado una conclusión, Chávez.

 

Ninguna Revolución que yo conozca, ni la cubana, logró tanto por su pueblo en lo social, sobre todo en tan poco tiempo como la Revolución Bolivariana”. ¿Saben cuál es la segunda? Así me lo dijo: “He concluido que ustedes no quieren sacarle provecho político a estos avances sociales”.

 

La frase suena duro, “no quieren”. Uno puede pensar que es que no podemos. Es decir, transferir con la misma intensidad el beneficio social, todo lo que hemos logrado, al capital político. Entonces, la conclusión es dura: que no queremos, ¿ves? Y tiene también mucho de que algunos es que no saben. Hay que aprender, que la gente perciba todo lo que la Revolución ha venido transfiriéndole al pueblo, y compare con el pasado. Y algo más importante, ¿qué pasaría si la contrarrevolución vuelve al gobierno en Venezuela?”.

NO VAN A PERDONAR A NADIE[3]

“Fidel es uno de los que más me ha hablado de eso en todos estos años y ahora, tras siete horas, que le dije: “Fidel, anda, descansa, yo voy a descansar también”. Siete horas. Me dijo: “No, no, siéntate un ratico más”. Un ratico más es de dos horas más. “Un ratico más. Dale café”. “Dame café”. “¡Dios mío!, más”. Y además es que lo razona, lo razona así, saca papeles, una hora y la otra hora y la otra hora. Me dice: “Chávez, tú no tienes escapatoria, como yo no la tuve”, y por esto y por esto. Fidel afirma, hoy más que ayer, que si Hugo Chávez desaparece, esto suena duro, como si yo fuera muy grande. No, yo no, yo soy nada más así chiquitico.

 

Pero hay un serie de consideraciones que él expone y yo he terminado compartiéndolas, que a mí me obligan a estar aquí yo no sé por cuánto tiempo más. Lo sabrá Dios y lo dirá el pueblo, ¿verdad? Fidel que ve al enemigo batallando sin descanso, las siete bases militares, el ataque de los paramilitares, los temas que nos afectan, la inseguridad, estos temas eléctricos, el tema del agua, etcétera. Entonces, él dice: “Chávez, la guerra tuya es muy distinta a la mía. Aquí mis enemigos más acérrimos se fueron, están en Miami.

 

Allá tú los tienes en tus narices. Tú Miami está allá Chávez”. “Hace rato —me dice— que yo puse distancia con el enemigo, tengo una distancia. Tú no, tú lo tienes ahí al lado, convives”. “Durmiendo con el enemigo”, dice una película por ahí, ¿verdad? “Está ahí, entonces es una guerra muy distinta”. Me dice: “Yo no sé cómo hubiera hecho si me hubiera tocado la tuya.

Aquí hicimos la nuestra, pero la tuya es más difícil por esa razón”. Me dijo también lo siguiente: “Es bueno que le digas a tus cuadros, al partido, dile al Congreso, Chávez, una cosa por si no se han dado cuenta, sobre todo algunos que pudieran dejarse llevar por ideas”. Dice lo siguiente, algo que yo aprecio de aquí, y la historia lo demuestra:

“Mira el caso de Pinochet, ahí no perdonaron a nadie”. Me dijo:

“Mira, si es que la contrarrevolución logra arrebatarte a ti, sacarte a ti de ahí y arrebatarle al pueblo el poder, la persecución y el arrase será general. Ahí no van a perdonar a nadie”.

PREGUNTADOR INFINITO[4]

“Dígame cuando fuimos con Fidel a la Universidad de Córdoba. ¡Qué cosa tan extraordinaria, aquella masa de gente, Dios mío!, y sobre todo gente muy joven. Yo no quise hablar mucho. Le dije a Fidel: “Aquí tienes que hablar tú”. Él es el “papaúpa”. Hablé una hora, pero había que darle la entrada a Fidel. Tres horas habló Fidel, con una gran capacidad, gran coherencia en sus ideas, sus reflexiones. De ahí no se movió nadie. ¡Y estaba haciendo un frío terrible!, soplaba mucha brisa fría, aquella noche en Córdoba.

 

Al día siguiente, en otro momento memorable, inolvidable, fuimos a la casa donde se crió el Che Guevara, allá en Alta Gracia, muy cerca de Córdoba. Recorrimos juntos una hora por carretera, viendo la campiña argentina. Pasamos la tarde en la casa donde vivió el Che, apareció un grupo de amigos del Che, amigos de la infancia, pasamos un rato inolvidable. Cuando usted conozca a Fidel Castro, le va a hacer cien preguntas en los primeros cinco minutos. Él quiere saber de todo.

 

Entonces estaba allí la señora de la casa donde vivió el Che, que hoy es un museo, explicándonos, y mucha gente. Y la señora explicando: “Mire, esta es la foto del Che”, y no sé qué más. Fidel le preguntó: “¿Y esta casa la construyeron en qué año?”, “¿para qué la construyeron?”. Y la señora empieza: “Bueno, la construyeron, para…”; ella quería explicar las cosas del Che Guevara, pero Fidel, no. Fidel quería era saber cuándo construyeron la casa, de dónde es la madera con la que la construyeron, quién fue el primer habitante. Y la señora buscando las respuestas ahí.

 

Pero lo cumbre fue cuando yo tuve que intervenir en defensa de la señora, porque la estaba masacrando, de manera inclemente, el preguntador infinito que es Fidel Castro. Como la señora le respondía todo, él tenía que buscar la manera. Como me dijo una muchacha un día:

“¡Usted me quiere raspar!”, porque yo le pregunté no sé qué cosa, como que fue en un Aló Presidente. Entonces, Fidel le pregunta, y la señora dice: “Esta casa la construyeron para los gerentes del ferrocarril en 1914”. Viene el muy fastidioso de Fidel, y le pregunta lo impreguntable. Yo le dije: “Pero, ¿cómo tú le vas a preguntar eso?”. Entonces, le dijo: “¿Cuánto costaba el pasaje en ferrocarril —¡en aquel tiempo!— de Buenos Aires a Córdoba?”.

 

Ahí fue cuando yo intervine, no aguanté más, le dije: “No, chico, pero deja quieta a la pobre señora”. La abracé y le dije: “¡Déjala!”. Porque ella estaba ya preocupada con tantas preguntas. Le dije: “Bueno, déjala que nos explique aquí, vale”. Aquí vivió el Che. Señora, díganos: ¿Cuánto vivió el Che aquí?, ¿dónde dormía? Llévenos.

 

Fidel andaba con una gorrita de esas que andan por ahí. No voy a mencionar lo que dice porque estamos ya en campaña electoral. Entonces, Fidel andaba con gorrita roja. ¿Tú la has visto? Yo le dije: “Fidel, ¡que eso es intervencionismo, chico! Tú no puedes meterme en las cosas de Venezuela”. Ahí anda, míralo, ahí va, esa es la casa del Che Guevara, mira. Ahí está la señora, ¡mira!, Ahí está preguntándole. Esa es la cama del Che, ahí dormía cuando era niño, tenía como cinco años. Mira la cara que tiene el Che, era bravo el niño. Y Fidel es implacable, haciendo preguntas: “¿Cuánto costaba el pasaje de Buenos Aires a Córdoba?, ¿cuántos vagones tenía el ferrocarril?, ¿a qué velocidad iba?” Mira a la mamá del Che, mira la cara de esa mujer, ¿ah? ¡Qué cara!, ¿no? ¡Qué carácter! Esa es la hermana mayor, está viva. La otra niña, la chiquita, ya murió.

 

Ahí está la embajadora de Argentina en Venezuela. Mira, Fidel buscando la vuelta pa’ preguntar, porque es un preguntador que no tiene límites, vale. Mira, yo estoy tratando ahí de desviarlo, pero él no, él estaba era con la pobre señora. Ese fue un día memorable, inolvidable, grandioso, de mucho sentimiento”.

 

EL PREGUNTADOR SIN FIN[5]

“El próximo domingo es trece. Bueno, será un Aló Presidente especial, dedicado a tu cumpleaños, Fidel, ochenta años. Hay que recordar que Fidel, precisamente aquí en el estado Bolívar, cumplió setenta y cinco. ¡Ah!, esa vez me tenía loco a preguntas. Él empezó a preguntar y a preguntar, y yo te mandé a llamar a ti (gobernador Francisco Rangel), y después tú mandaste a llamar a un técnico, porque él quería saber. Bueno, primero el tendido eléctrico, que lo inauguramos el día siguiente. Él estuvo preguntando cuánto valía un kilovatio, en cuánto salió construir cada torre, en cuánto salía el kilómetro de cable, cuántos cables eran, la tensión de los cables, cuántas torres, bueno, y a cuánto le vendíamos a Brasil el kilovatio por hora.

 

Ahí le respondimos casi todas las preguntas. Pero cuando íbamos en el lago, navegando en la canoa, me dijo: “Chávez, ¿qué velocidad tú crees que trae el agua allá en la cascada?”. Me dieron ganas de empujarlo al agua. ¿Qué voy yo a saber? “Pero calcula, echa un cálculo allí de cuando viene cayendo el agua, no es muy difícil, tú haces así y más o menos calculas. Calcula tú”, me dijo: “Debe venir como a 300 kilómetros por hora y cuando está llegando abajo 350”, respondí. Pero después me dice: “¿Y qué profundidad tendrá este lago?”. “Tendrá como 15 metros”, yo inventando. “¿Y la temperatura del agua?”. “Bueno, no sé, chico, será como 20 grados”. Entonces, mete el dedo en el agua y dice: “No, 17,5 grados”.

 

¡El colmo de los colmos! ¡El preguntador sin fin!”.

 

TE EXHORTO A QUE CONTINÚES[6]

A veces uno se cansa, y Fidel se enteró que yo hice algún comentario de un cansancio como espiritual, no tanto físico, porque uno se acuesta un ratico y pone los pies pa’ arriba. El cansancio espiritual es el más duro, ustedes saben. Y Fidel se enteró, me mandó un mensaje: “Quiero verte”. Aproveché un momentico y pasé por allá. Pero antes de ver a Fidel, di unas vueltas por un pueblo y qué cosa no, cuando estoy parado hablando con unos muchachos que iban en una carreta, eso fue lo que me hizo que me parara. ¿Saben? Ver al pueblo luchando aquí o allá en cualquier parte.

 

Unos muchachos muy jóvenes en una carreta tirada por una mula, montaña pa’ arriba. Nosotros veníamos en carro, yo me paro: “¡Epa, muchachos!”, “Chávez”, me dicen los muchachos, “¿qué hace por aquí?”. “Bueno, chico, por aquí” “¿Y para dónde van?”. Y me dicen: “Allá, mira, allá en aquella montaña está nuestra escuela”, un tecnológico “y tenemos que ir a presentar un trabajo”.

 

Por ahí no hay transporte. Ellos hicieron la carreta de palo y una vieja mula de esas buenas pa’ allá, pa’ arriba compadre. Eran como las ocho de la mañana “¿Y a qué hora es la presentación del trabajo?” “A mediodía nos citó el profesor” “¿Cuándo regresan?”. “Regresamos esta tarde”. Esa es voluntad de superación, de lucha, porque es un pueblo que está bloqueado por los yanquis, bloqueado duro. Les niegan muchas cosas, le sabotean muchas cosas.

 

En eso estoy hablando con los muchachos y oigo un ruido en la montaña, en el monte que viene. Aparece un hombre con una mula, y los muchachos cuando me vieron se sorprendieron mucho, cosa natural y “¡Epa, Chávez, qué hace!”. El hombre aquel no. Me sorprendí de la imperturbabilidad de aquel ser humano. Él baja en la mula y me ve: “Chávez”. Pero imperturbable se bajó de la mula, nos dimos la mano. ¿Sabe lo que me dijo? Como si me hubiera leído no sé, yo no sé si fue que Fidel lo mandó. Estoy seguro que no. Estaba mi hijo conmigo. Aquel hombre me dijo:

“Chávez, en tu lucha no tienes derecho a cansarte. Te exhorto a que continúes”. Y yo le digo: “¿De dónde tú sacas ese exhorto?”

“No sé, es lo que se me ocurre decirte”. Y entonces me dijo: “Soy pastor evangélico. Dios te puso aquí en esta esquina y llegué yo y eso fue lo que me salió del alma. Te exhorto a que continúes”. Y después Fidel me lo repitió: “Te exhorto a que continúes”.

Los revolucionarios somos los únicos seres humanos que no tenemos derecho al cansancio ni a la equivocación estratégica en la dura lucha por la emancipación humana, por la conquista de toda la justicia social y por hacer posible un mundo mejor, sin inequidad ni desigualdad en la distribución y disfrute de las riquezas naturales, materiales y culturales.

En esa pelea fueron y son paradigmas Fidel y Chávez.

¡GLORIA ETERNA A LOS DOS!

Nota:

[1]Rosa Miriam Elizalde y Luis Báez. “El Encuentro”. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado. La Habana. Primera Edición. 2005. Pp. 29-33.

[2] Orlando Oramas León y Jorge Legañoa Alonso (compiladores).  “Cuentos del Arañero”. Vadel Hermanos. Editores. Caracas Venezuela. 2012. Pp. 220-221.

[3] Ídem. Pp. 223-224.

[4] Ídem. Pp. 225-226.

[5] Ídem. P. 229.

[6] Ídem. Pp. 229-231.

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