Hay que insistir en la necesidad de combatir todo intento de reducir la obra de Adolfo Sánchez Vázquez al solo campo de la reflexión académica o al solo campo de las meditaciones filosóficas. Insistamos, siguiendo las voces que lo han estudiado y que con él han militado toda una vida, Adolfo Sánchez Vázquez es un revolucionario marxista que muy temprano abrió puertas y ventanas para entender la praxis. Su significado como transformación permanente sobre la realidad y como examen de la acción indivisible entre la teoría y la práctica. Esta insistencia no es sólo de método; es también una ratificación de dirección política, nada menos que la dirección política que Sánchez Vázquez le dio su obra. Hay páginas antológicas para remendar memorias descosidas.

Ahora mismo el paisaje mundial es un galimatías abigarrado de problemas irresueltos. Padecemos problemas humanos sin resolver de todo orden: económico, político, cultural… campos problemáticos que han sido eruditamente estudiados, de una y mil maneras, pero que simplemente no se resuelven o se resuelven parcialmente para el interés de un sector o de una coyuntura. Pero se vive (o se sobrevive) en un interregno desesperante en el que la práctica no corresponde a la teoría y viceversa. El ascenso a la práctica, bajo la condición de su indivisibilidad, se parece más a una espiral, según Lenin, que a una escalera. Ese ascenso, que no es lineal, no está exento de dudas o retrocesos, no prescinde de tropiezos y no siempre es un éxito garantizado. Es un proceso dialéctico embebido en sus contradicciones, acosado y envuelto en presiones que se resuelven sólo en la acción. Proceso dinámico.

El pensamiento de Sánchez Vázquez es no sólo vigente por lo pertinente, lo es principalmente por urgente, porque la praxis es el examen supremo para la historia. Por sus obras los conocerás, tanto por las obras que no se cumplieron o por las que se demoraron. No hay lugar para el subjetivismo escapista. Por más discursos, congresos, convenios y convenciones… nada se ha hecho contra la pobreza que se multiplica a mansalva; nada contra el hambre que es una pandemia silenciada a ultranza; nada se hace contra las injusticias que se amontonan, monstruosas, en los pasillos del Poder Judicial. Nada se hace contra la depredación del planeta y estamos al borde de lo irreversible, mientras nada se hace contra la explotación de la clase trabajadora, cada día más agobiada en sus derechos básicos, en sus salarios, con la inflación, la devaluación y la corrupción. Sálvense las excepciones escasas, pero no se oculte que, entre lo que se dice y se hace, hay un abismo cada día más grande.

No importa qué tipo de ilusionismo vendan en el mercado de las anestesistas sociales: nada de lo que se piensa para beneficio del colectivo se lleva a la práctica. Sólo se realiza lo que conviene a las élites burguesas. Y no interesa si eso tiene costos horrendos en las vidas de millones de personas. La praxis de la explotación funciona bien. Sólo hay que mirar la pirámide macabra de la pobreza mundial. Marx no necesita ser edulcorado, los pasajes más amargos de su obra no son artilugios literarios en trance de inventiva poética. Es el del desastre histórico que el capitalismo produce, objetiva y subjetivamente.

Adolfo Sánchez Vázquez es un marxista que marcó distancias respecto de los marxismos dogmáticos o mecanicistas que intoxicaron a no pocos lectores. Sánchez Vázquez entendió que en Marx tenemos un método creador obligado, por método, a rejuvenecerse, actualizarse, corregirse y superarse. Creado para ascender a mejores prácticas cada vez, o será nada. Sabía Sánchez Vázquez que semejante método es riguroso, irrestricto y dinámico. Que no admite excusas para quedarse en etapas y que anida dispositivos metodológicos que le exigen autocrítica para acceder a la praxis que se corrige sin parar. No hay escapatoria. Es un método para ir a la raíz del problema y corregirlo sin excusas; es un método que no se contenta en contemplar o entender las causas y alcances de los problemas; es un método para intervenir y transformar la realidad en beneficio de la humanidad y no de un sector usurero, codicioso y ambicioso armado hasta los dientes.

Apelar a la vigencia de Sánchez Vázquez, y especialmente a su praxis, no es un gesto de nostalgia o melancolía zurda. Es una responsabilidad militante que debe mantener su lugar beligerante en las acciones transformadoras del mundo si realmente se quiere superar el berenjenal injusto y criminal que el capitalismo ha producido hasta su fase imperial, hoy clonada en una multipolaridad cada día más empantanada en confusiones y usurpaciones simbólicas. Y eso incluye a lacayos como Octavio Paz y Vargas Llosa, servidumbre de la libertad de mercado. En su cara, Adolfo Sánchez Vázquez les dijo: el capitalismo es el capitalismo aunque contrate poetas para hermosearse. Y sigue vigente.

* Filósofo y director del Instituto de Cultura y Comunicación y Centro Sean MacBride, Universidad Nacional de Lanús

https://www.jornada.com.mx/2022/01/20/opinion/016a1pol

 

 

Por REDH-Cuba

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