Como es muy conocido, José Martí fundó el Partido Revolucionario Cubano en 1892, y situó la fecha fundacional en un día simbólico de la Revolución de 1868: el 10 de abril, es decir, la Asamblea de Guáimaro. Con ese acto trascendente se daba cuerpo a la organización que debía preparar el nuevo período de guerra, desde bases programáticas esenciales, –aunque quizás no totalmente explícitas en todas sus partes, pero sí en sus enunciados generales– que anunciaban un cambio revolucionario en Cuba.

Martí, al centro, junto a otros miembros del Partido Revolucionario Cubano. Foto: Archivo

En el criterio martiano, era indispensable presentar los objetivos que guiaban el nuevo esfuerzo; por supuesto hasta donde era posible en aquellas circunstancias. Si bien era del criterio de que en la revolución los fines debían ser públicos mientras los métodos serían secretos, no se puede olvidar que, en su conocida carta inconclusa a Manuel Mercado, explicó que había cosas que para lograrlas debían estar ocultas, porque de conocerse levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar el fin. Dentro de esta lógica hay que analizar las Bases del Partido, que no por azar se llamó Revolucionario Cubano, lo cual es muy significativo, más aún en alguien como Martí, que precisaba con mucho celo las denominaciones y adjetivos con vistas a trasmitir la idea.

La Base primera establecía el fin más general y esencial: la independencia de Cuba y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico; pero en las bases siguientes se presentaban los objetivos de las acciones que seguirían en la guerra y más allá, en la paz. Así tenemos: la realización de una guerra generosa y breve que asegurara en la paz y el trabajo la felicidad de los habitantes de la Isla; fundar en Cuba una nación que asegurara la dicha de sus hijos y cumpliera “en la vida histórica del continente, los deberes difíciles que su situación geográfica le señala”; fundar un “pueblo nuevo y de sincera democracia”; preparar la guerra que se haría “para el decoro y bien de todos los cubanos”; fundar la patria “una, cordial y sagaz” que, desde la preparación, fuera disponiéndose para “salvarse de los peligros internos y externos que la amenacen” y crear un sistema de hacienda pública que abriera el país a la actividad de sus habitantes. La base séptima establecía que el Partido cuidaría de no atraerse “la malevolencia o suspicacia” de los pueblos con los que debían mantenerse relaciones cordiales, y en la octava se definían cinco propósitos: la unidad de los cubanos, con vistas a contribuir a un triunfo rápido y ayudar a la eficacia de las instituciones que se crearan y que debían “ir en germen” durante la guerra; propagar el espíritu y métodos de la revolución, allegar fondos para esa empresa y establecer con pueblos amigos relaciones que contribuyeran a acelerar la guerra y “la fundación de la nueva República indispensable al equilibrio americano.”[1] Como puede observarse, Martí establecía bases generales que implicaban transformaciones en la sociedad colonial cubana y perspectivas internacionales, que incluían los desafíos derivados de la posición geográfica de Cuba y los intereses que esta concitaba.

La denominación de revolucionario ya planteaba una definición. En Martí este concepto no era sinónimo de guerra, como podía ser para otros, cuestión que había definido desde su temprana juventud cuando, durante su primer destierro a España, escribió acerca del cambio que implicaba una revolución para un pueblo. Sobre este asunto insistió en muchas otras ocasiones, sobre todo al constatar que el proceso independentista de América Latina no había transformado las estructuras coloniales. Desde esa experiencia, había definido durante su estancia en México, en 1875:

Un pueblo no es independiente cuando ha sacudido las cadenas de sus amos, empieza a serlo cuando se ha sacudido de su ser los vicios de la vencida esclavitud, y para patria y vivir nuevos, alza e informa conceptos de vida radicalmente opuestos a la costumbre de servilismo pasado, a las memorias de debilidad y de lisonja que las dominaciones despóticas usan como elementos de dominio sobre los pueblos esclavos.

Esta idea de revolución como transformación de la sociedad colonial desde sus bases, fue una constante en Martí, que veía la necesidad de producirla en nuestros pueblos, lo que expresa con nitidez en su ensayo “Nuestra América”, publicado en 1891, al decir: “El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu.” A continuación, expuso el remedio: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores.” Desde tales concepciones, Martí proyectaba la manera en que debía conducirse y concretarse la revolución en Cuba.

En las Bases del PRC, Martí seguía el método de negar primero aquello que no se proponía el Partido, para después afirmar sus propósitos, y en la primera de esas bases justamente establecía, que el Partido “no se propone perpetuar en la República Cubana, con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia”, de manera que ya anunciaba la intención de transformar la esencia de aquel régimen colonial.

Dentro de la estrategia martiana, tuvo un lugar importante la fundación del periódico Patria un mes antes de la proclamación del Partido. Este fue un espacio para dar a conocer principios básicos que precedían a la fundación del órgano partidista, lo que se aprecia en su artículo “Nuestras ideas” cuando afirmó: “La guerra es un procedimiento político, y este procedimiento de la guerra es conveniente en Cuba”, a lo que siguió una definición que estaría, con otra redacción, dentro de las Bases: “El cambio de mera forma no merecería el sacrificio a que nos aprestamos; ni bastaría una sola guerra para completar una revolución cuyo primer triunfo sólo diese por resultado la mudanza de sitio de una autoridad injusta” y hablaba de defender “la política popular” y de levantar “un pueblo real y de métodos nuevos, donde la vida emancipada, sin amenazar derecho alguno, goce en paz de todos.”

Como puede apreciarse, Martí fue preparando la opinión para llegar a la proclamación del Partido Revolucionario Cubano; pero el proceso no se detenía en ese momento. Los Estatutos Secretos normaban el funcionamiento interno el cual comprendía que el Delegado y el Tesorero debían rendir cuenta anual de su gestión, a la vez que la elección tenía también carácter anual. Es de destacar la denominación del máximo dirigente del Partido: Delegado. Esto obedecía al criterio de que el pueblo “delega” su representación. A partir de la estructura creada, se trabajaría en las asociaciones o clubes de base y los Cuerpos de Consejo de cada localidad que integrarían el Partido.

Si bien las bases programáticas hacían alusión a los deberes difíciles que imponía la situación geográfica de Cuba, en documentos posteriores Martí sería más explícito en la identificación del peligro que significaba la “república imperial” del Norte de América, como lo hizo en “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano” subtitulado “El alma de la Revolución y el deber de Cuba en América” publicado en Patria, el 17 de abril de 1894.

El Partido Revolucionario Cubano había surgido con el propósito de sentar las bases para la revolución desde la preparación de la guerra. En sus documentos fundacionales se plasmaban los fundamentos esenciales para la guerra y para la paz. Sin duda, Martí había hecho un aporte fundamental a la concepción revolucionaria de su tiempo, que se proyectó hacia el futuro.

[1] Las Bases y todas las citas de Martí están tomadas de Obras Completas, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963, 27 tomos

Por REDH-Cuba

Shares