La vela encendida de la mística revolucionaria es un mensaje que Trump y sus secuaces deben leer bien. No son simples palabras, son hechos que la historia confirma. Es el legado que nos dejan los 32 hermanos caídos.


A veces sucede que las palabras son insuficientes, que todo o casi todo está dicho, y el dolor y la rabia nos compele a cambiar las armas de la razón, por las que el invasor emplea para evadir la razón; cuando la denuncia destruye el escudo de mentiras —no existe, por ejemplo, el Cartel de los Soles, ha confesado el Departamento de Justicia yanqui— y pone en evidencia los objetivos reales, pero la red de medios imperiales repite las mismas falsedades, y la verdad queda acorralada en espacios ínfimos, inaudibles; cuando el imperialismo aparenta no haber escuchado o leído, y alza el volumen trasnacional de sus diatribas pensadas más para amedrentar que para convencer; cuando a veces incluso declara abiertamente, de manera cínica y prepotente, sus verdaderas intenciones, apoyado en la fuerza, la palabra que debe esclarecer se enreda en la oscura retórica del invasor, y uno comprueba sus límites; entonces la explicación y la denuncia se convierten en “el grito de guerra y de victoria” guevariano, en un “canto luctuoso con tableteo de ametralladoras”, al decir y hacer del Guerrillero Heroico. Amamos la paz, pero no la que supuestamente se erige sobre la fuerza. La paz se construye sobre la justicia.

Desde el día 3 he permanecido en silencio. Las palabras de repente dejaron de importar. Dejaron de ser letra escrita para encarnar en 32 cubanos que pusieron pecho y corazón para enfrentar a un ejército primitivo —todo ejército imperial lo es, sin importar cuán sofisticada sea su tecnología— que pretendía matar la verdad; sobre los asesinos cayó una “lluvia de balas” (así lo reconoció el fake emperador) y cada bala trajo su palabra, su mensaje, incluso aquellas que cercenaron la vida de los héroes. ¿Qué podíamos añadir nosotros? Ellos avivaron el fuego que nos sostiene: los cubanos, obstinados por los apagones y por la vida difícil que el bloqueo provoca, resisten gracias a la llama de esa vela. Los 32 convirtieron la llama en fuego. Y nada más importó. Durante diez o doce horas, bajo una lluvia de agua revitalizadora, y ráfagas de viento frío, decenas de miles de habaneros, apiñados en una larga cola que nada ofrecía, salvo la dignidad de los caídos, esperó para honrar a sus hermanos. El imperio no podrá comprendernos: el dolor nos reafirma, la valentía es un atributo que los cubanos reverencian; podemos bromear, mientras esperamos, pacientes, bajo el aguacero implacable, y luego llorar emocionados. A la esposa de uno de los héroes le brillaban los ojos cuando dijo en frase popular: “él era echaito pa´lante, no comía miedo”. Los mismos que ayer maldecían el apagón —y atribuían la culpa a los que luchaban por evitarlo—, sentían orgullo de ser cubanos, de ser coetáneos de los héroes de la Revolución.

Por eso, al día siguiente, 500 mil compatriotas se congregaron en la Tribuna Antimperialista. “El imperialismo —dijo Díaz Canel, con voz enardecida— nos hizo antimperialistas”. Hay que decirlo también: en estos días de duelo y fervor, nuestro Presidente rescató las palabras y el tono que necesitábamos, que los 32 héroes encarnaban. Y los cubanos, sin complejos ni actitudes vergonzantes, gritamos a todo pulmón las consignas del socialismo. Si hay mística, hay Revolución, por grandes que sean nuestras carencias materiales. No saben los imperialistas lo que han hecho: nos han devuelto a la Historia.

He dicho en otras ocasiones que hay dos tipos de pueblos (de historias humanas): los pueblos conquistadores y los libertadores. Los segundos, no solo pelean por la libertad propia, contribuyen también a la de los otros, porque se ven en ellos. A Bolívar lo llamaron el Libertador, y no admitió que cambiasen ese tinte de gloria por el espurio título de emperador. Los venezolanos liberaron la mitad del territorio continental. José Martí creó un partido para lograr la independencia de Cuba y de Puerto Rico y quiso impedir que el imperialismo cayese sobre nuestras tierras de América. Los cubanos en el siglo XX contribuimos de manera decisiva a la independencia de África. Nada recibimos a cambio. La cultura de la solidaridad nos define. Aplaudimos al médico que “nos deja” para asistir a los necesitados de cualquier continente, incluso del llamado Primer Mundo. Admiramos al combatiente que se juega la vida por una causa justa en algún rincón “oscuro” del planeta. Chávez y Fidel conformaron la dupla imbatible de la solidaridad. Y la solidaridad es la esencia de una Revolución.

Hace apenas unos días celebramos las seis décadas de la Conferencia Tricontinental. En su mensaje al cónclave, el Che Guevara lamentaba que los vietnamitas tuviesen que luchar solos, porque la solidaridad para con su pueblo —ferozmente agredido por el imperialismo estadounidense— “semeja a la amarga ironía que significaba para los gladiadores del circo romano el estímulo de la plebe. No se trata de desear éxitos al agredido, sino de correr su misma suerte; acompañarlo a la muerte o la victoria”. Fidel fue el único Jefe de Estado que visitó a los combatientes vietnamitas en las zonas liberadas del Sur. Ante la emergencia del fascismo, no vale la corrección política, en el fondo burguesa. No valen los llamados a una paz que el imperialismo, envalentonado, no respetará. “No necesito el derecho internacional”, ha reiterado con cinismo el presidente Trump.

La vela encendida de la mística revolucionaria es un mensaje que Trump y sus secuaces deben leer bien. No son simples palabras, son hechos que la historia confirma. Es el legado que nos dejan los 32 hermanos caídos.

Por REDH-Cuba

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