José Martí observó en las entrañas del monstruo, y como defensor de los pueblos del mundo, no solo de nuestra América, la gestación del imperialismo. Y vio realidades que, para sospecharlas, otros han necesitado que ese engendro llegue a su actual decadencia, y que desfachatadamente el césar de turno se declare dictador.

La idea de que a Donald Trump se debe que los Estados Unidos hayan dejado de ser “un paradigma democrático”, asume el concepto democracia usurpado por el capitalismo real para labrarse un poderoso capital simbólico, reforzado en su fase imperialista. El presente artículo roza lo que el autor expuso en “La dictadura mundial de un sistema, denunciada por José Martí”, ensayo que La Jiribilla reprodujo en dos partes el 13 y el 16 de mayo de 2024, respectivamente.

Ya en 1881 José Martí advirtió: “Una aristocracia política ha nacido de esta aristocracia pecuniaria”, y que ese poder dominaba la prensa, la opinión pública, las elecciones. Eso la preparaba para manejar “la magna carta de generosas libertades, al amparo de las cuales crearon estos vulgares poderosos la fortuna que anhelan emplear hoy en herirlas gravemente” (IX, 108).* Se sabe hasta qué punto las han herido ya.

Apenas dos años más tarde señaló que las castas dominantes creían “que el sufragio popular, y el pueblo que sufraga, no son corcel de raza buena, que echa abajo de un bote del dorso al jinete imprudente que le oprime, sino gran mula mansa y bellaca que no está bien sino cuando muy cargada y gorda y que deja que el arriero cabalgue a más sobre la carga” (IX, 345).

Claramente refutó el sometimiento de las masas a los designios de quienes las coyundeaban, valiéndose para ello de uno de los grandes mitos enarbolados por la propaganda dominante: las elecciones y el voto emitido en ellas. En varios textos abordó a fondo el tema, y en uno de ellos afirmó: “Al fin, la batalla cesa: no se ha peleado a lo púgil, sino a lo serpiente: hay brazos que llevan para toda la vida la mordedura. En la pelea se notó demasiado encono” (XI, 187).

No incurría en las ilusiones de quienes veían la salida de ese encono en las supuestas virtudes de los partidos rivales. “El monopolio está sentado, como un gigante implacable, a la puerta de todos los pobres. Todo aquello en que se puede emprender está en manos de corporaciones invencibles”, sostuvo en 1884, y llegó a una conclusión clara: “Este país industrial tiene un tirano industrial” (X, 84-85).

En 1889 escribirá: “Los votos, como que estos Estados nacen en hombros de corporaciones poderosas, estaban de compra y venta, según los intereses de las corporaciones rivales, y el influjo de las que tienen por la garganta a los votantes, con lo que les han adelantado sobre sus empresas y tierras” (XII, 348).

Su denuncia de 1886 sobre la igualdad esencial entre “republicanos” y “demócratas” (XI, 119-120) alcanzó una significación especial para nuestra América cuando se gestaba la que devino Primera Conferencia Panamericana, celebrada entre 1889 y 1890, y sobre la cual Martí desplegó una intensa denuncia. En el primero de esos años, cuando se gestaba el foro, señaló: “lo que se ve es que va cambiando en lo real la esencia del gobierno norteamericano, y que, bajo los nombres viejos de republicanos y demócratas, sin más novedad que la de los accidentes de lugar y carácter, la república se hace cesárea e invasora, y sus métodos de gobierno vuelven, con el espíritu de clases de las monarquías, a las formas monárquicas” (XII, p. 135).

Para los Estados Unidos la mencionada Conferencia era una vía para uncir económica y políticamente a los pueblos de la región a ese nuevo régimen de formas monárquicas. Felizmente, una actitud digna, favorecida por contradicciones entre metrópolis,  propició en el representante de Argentina, Roque Sáenz Peña, un gesto que Martí alabó. Frente al lema del anfitrión: “América para los americanos” —léase: “Toda la América para los estadounidenses”—, el diplomático argentino proclamó: “Sea la América para la humanidad” (VI, 81).

Esa respuesta fue un golpe contra la Doctrina Monroe, acuñada en 1823. Pero la aristocracia pecuniaria nacida de la aristocracia financiera mantendría sus planes, que retomó en la Comisión Monetaria Internacional de 1891, en la que Martí, que representó a Uruguay, contribuyó a que entonces naufragara el proyecto de implantar el dólar en toda la región.

En el siglo XX, ya con el imperio del dólar, los Estados Unidos apelarían —en distintos países, incluido el de Sáenz Peña— a golpes de estado y otras formas de intervención, de apariencia pacífica, o brutalmente violentas, como el Plan Cóndor y diversos actos de agresión militar. De tal gama de crímenes son ejemplos recientes la injerencia en las elecciones de Honduras y la acción armada contra Venezuela, mientras Cuba sigue sufriendo un bloqueo que se refuerza y ya va por más de seis décadas.

El día antes de morir en combate, en su testamentaria carta póstuma a Mercado, Martí se refiere a la entrevista que dos semanas antes ha tenido en campaña con el corresponsal en Cuba de The New York Herald, Eugene Bryson, quien le habló “de un conocido nuestro y de lo que en el Norte se le cuida, como candidato de los Estados Unidos, para cuando el actual Presidente desaparezca, a la Presidencia de México” (IV, 168). Ese candidato lo habían hallado al calor de la Conferencia citada, y parece haber sido el propio representante de México.

Por medio de aquel corresponsal envió Martí al Herald —de orientación imperialista que él conocía y había refutado— un mensaje firmado por él y por Máximo Gómez, y que se percibe dirigido al gobierno y al pueblo de los Estados Unidos. Evidencia que lo pensó y escribió con su acostumbrada claridad, y con la cautela indispensable para intentar que el influyente rotativo lo difundiera. Pero el revolucionario antimperialista conocía la índole del periódico, y la dirección de este no ignoraba su pensamiento.

En “José Martí contra The New York HeraldThe New York Herald contra José Martí”, publicado en el Anuario del Centro de Estudios Martianos (No. 10, 1987) y en su libro José Martí, con el remo de proa (1990), este articulista mostró cómo el Herald mutiló el mensaje y tergiversó varios de sus planteamientos medulares. Martí murió en combate el 19 de mayo, el mismo día en que se publicó la versión adulterada, y no pudo leerla y responder cumplidamente.

Por exigencia del propio Martí, el original —revisado por él de su puño y letra— llegó a Patria, donde se publicó (IV, 151-160), y gracias a eso se conoce el verdadero mensaje. Lamentablemente, según los términos con que en la entrega del 23 de mayo anunciaron que lo publicarían, los editores de Patria no revisaron la aviesa versión neoyorquina: “Gracias a la amabilidad del New York Herald reproduciremos este valioso documento histórico de los generales Gómez y Martí, en nuestro próximo número”.

Entre los puntos falseados por el Herald se halla un desafío de Martí a los Estados Unidos en términos que deben leerse como expresión del deber ser que él reclamaba: “No es en los Estados Unidos ciertamente donde los hombres osarán buscar sementales para la tiranía” (IV, 156). Apunta con ello a las pretensiones de la voraz nación.

A Mercado le escribe en la citada carta póstuma: “ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber—puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo—de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”. Tanto era el peso de ese empeño que, aunque la contienda recién empezaba y, por tanto, aún no se había derrotado al ejército español, añade: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso” (IV, 167).

No solamente se proponía alcanzar la independencia de su patria y contribuir a la segunda independencia de nuestra América, reclamo presente en sus crónicas sobre la Conferencia Internacional de 1889-1890. El alcance de su proyecto se aprecia en textos como su carta del 25 de marzo de 1895 al amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal: “Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo” (IV, 111).

Los ocurrido desde entonces, y agravado cada vez más, ratifica el valor de la visión de Martí, incluido el llamamiento que hizo a los pueblos de nuestra América en la más abarcadora de sus crónicas sobre la citada Conferencia: “Solo una respuesta unánime y viril, para la que todavía hay tiempo sin riesgo, puede libertar de una vez a los pueblos españoles de América de la inquietud y perturbación, fatales en su hora de desarrollo, en que les tendría sin cesar, con la complicidad posible de las repúblicas venales o débiles, la política secular y confesa de predominio de un vecino pujante y ambicioso” (VI, 46).

Sin el espacio necesario para adentrarse en ese texto, recuérdese lo que añadió acerca de lo que para los pueblos de nuestra América significaba (y sigue significando) el vecino “que no los ha querido fomentar jamás, ni se ha dirigido a ellos sino para impedir su extensión, como en Panamá, o apoderarse de su territorio, como en México, Nicaragua, Santo Domingo, Haití y Cuba, o para cortar por la intimidación sus tratos con el resto del universo, como en Colombia, o para obligarlos, como ahora, a comprar lo que no puede vender, y confederarse para su dominio” (VI, 46-47).

La temprana muerte de Martí en combate —como la de Antonio Maceo— estuvo entre las causas mayores que propiciaron la frustración temporal causada a la independencia de Cuba por la intervención de los Estados Unidos en 1898. Con esa frustración la potencia imperialista puso a su servicio en Cuba, como en otros pueblos, sementales para la tiranía. Pero con más fuerza aún trazó caminos la herencia encarnada en Martí.

En esa herencia se cimentó la lucha permanente contra el imperialismo y las tiranías vernáculas que le servían. Un rotundo ejemplo de esa lucha fueron en el centenario de Martí los hechos del 26 de Julio de 1953, que, encabezados por Fidel Castro, a cuyo centenario estamos asistiendo, condujeron a la victoria del Primero de Enero de 1959.

A ella sigue rindiendo tributo Cuba con la resistencia revolucionaria de la que dieron muestras los treinta y dos combatientes que murieron en Venezuela por ese pueblo, por el suyo propio y por toda nuestra América. Su heroísmo fue a la vez fruto y abono de la realidad que es nuestro deber seguir defendiendo sin tregua, y por la cual el mismo día del triunfo en 1959, tras repudiar el daño hecho a Cuba por ladrones, traidores e intervencionistas, Fidel Castro exclamó: “Esta vez sí que es la Revolución”.

Aludía con ello El Líder a la que no les fue posible a las heroicas hornadas precedentes llevar hasta las últimas consecuencias, precisamente por la intervención de los Estados Unidos y los intereses antinacionales de fuerzas intestinas. Tales hechos fueron parte de los peligros por los que Martí, pensador con alcance de mundo, en su ensayo “Nuestra América”, publicado en enero de 1891, reclamó: “Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos” (VI. 15).

El comienzo de ese texto hace pensar en la propaganda con que los imperialistas buscan seguir dividiendo a nuestros pueblos, y manipulando los intereses de los cómplices que tienen en ellos, para someter con fuerza dictatorial a todo el continente: “Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos” (VI. 15).

Para quien sabía que “ser culto es el único modo de ser libre” (VIII, 289), estaba claro que —sin menospreciar traiciones, mezquindades y cobardía— los imperialistas hallarían aliados en la aldeanización estupidizante. Hoy, en medio de una derechización mundial galopante y azuzada, los Estados Unidos ofrecen muestras ostensibles, hasta grotescas, de que el fascismo no es una anomalía del sistema capitalista, sino un recurso orgánico, dictatorial, para asegurarse el poder contra los pueblos. En tal contexto se acrecienta el valor de las advertencias hechas por José Martí.

En estos días se han retomado en las redes palabras del eminente cineasta italiano Federico Fellini (1920-1993): “El fascismo siempre surge de un espíritu provinciano, de una falta de conocimiento de los problemas reales y el rechazo de la gente —por pereza, prejuicio, avaricia o ignorancia— a dar un significado más profundo a sus vidas. Peor aún, se jactan de su ignorancia y buscan el éxito para ellos mismos o su grupo, mediante la presunción, afirmaciones sin sustento y una falsa exhibición de buenas características, en lugar de apelar a la habilidad verdadera, la experiencia o la reflexión cultural. El fascismo no puede ser combatido si no reconocemos que no es más que el lado estúpido, patético y frustrado de nosotros mismos, y del cual debemos estar avergonzados”.

* Las citas provienen de las Obras completas de José Martí publicadas en La Habana entre 1963 y 1966, y con varias reimpresiones. Los números romanos indican los tomos; los arábigos, las páginas.

Por REDH-Cuba

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