Trumpcidio o esperando que baje la musa
De un submarino propulsado por un reactor nuclear
Ahora que no tenemos esos largos días para perseguir la precisión
con el objetivo de morderle los cuartos traseros
al lenguaje cargado de sentido hasta el grado máximo que sea posible,
que no hay tiempo para buscar las ideas sólo en las cosas
ni tampoco para huir de la emoción y del personalismo,
que ya no quedan minutos para ejercer el arte de hablar
sin decir nada pero sugiriéndolo todo,
ahora que avanza la flota del Rey Naranja sobre las costas de Venezuela
ante el silencio
o semi silencio
del progresismo latinoamericano,
ahora que en el portaaviones Gerald R. Ford,
en el crucero lanzamisiles Lake Erie
en el crucero lanzamisiles Gettysburg,
en el destructor Mahan,
en el destructor Winston S. Churchill,
en el destructor Bainbridge,
en el destructor Jason Dunham, el Gravely y el Stockdale,
en el buque anfibio Iwo Jima,
en el buque anfibio San Antonio
y en el buque anfibio Fort Lauderdale
los marines retienen sus orines con la fantasía
de emular a Joseph W. Chamblin y Edward W. Deptola
aunque con cierto temor helado a ser empalados
por su propia Lanza en el Sur,
ahora que todavía no comenzó la convocatoria
a latinos brigadistas progresistas
y por qué no internacionales
para que lleguen a filmar con sus smartphones los últimos combates
y poder decir yo estuve ahí:
en el Estado de Amazonas,
en la Guyana,
o en la olla hidráulica más grande del planeta,
ahora que es 23 de diciembre
voy a comprar 250 gramos de aceitunas negras
escurridas
y otros 250 de verdes
porque la oliva con su aroma
no puede fallar en nuestra navidad.
Gabriel Cortiña / Argentina
Mi patria y yo
Mi patria y yo nos queremos a mansalva, nos amamos junto a muros gastados y ruinas que germinan a diario. Evadimos, de paso, basureros infectos y traidores que sueñan con hallar un futuro donde nunca lo habrá. Si nos amamos así no es por desidia ni por fuerza mayor de circunstancias. Mi patria y yo nos hemos conocido a medias, cada uno añorando otro mejor, más instantáneo, más capaz de llevarnos hasta el cielo. Hemos vivido la gloria de los héroes como dos lunas que buscan un planeta sin lluvia de asteroides. Mi patria y yo no regalamos nada porque nada tenemos para dar. No sé cómo decirle que es mi amante si ofrecemos a expensas del insomnio el futuro negado y renegado. No se entera de mí después de tanto sostenerla en secreto. No sé -después de tanto- qué pudiera ofrendarle. Mi patria y yo, como dos astros sin órbita, nos amamos sin nada que perder. Jorge Ángel Hernández
Amor bajo las bombas
Supe que algo iba mal
desde el día de las bombas.
Apretados, juntos, debajo de la cama:
ella un grito de rabia;
yo, mudo en el terror.
Afuera, por la ventana,
todo «un mar de fueguitos»
[que no era el de Galeano].
Desde esa madrugada
volaba con el alba,
siete y cincuenta siempre,
una hora y media justo
más temprano que antes.
La vida, lo de siempre:
trabajo, paz, almuerzo,
rutina, las llamadas, las compras,
y el regreso;
siete y cincuenta siempre:
una hora y media justo
más tarde, con la bruma.
«¡Está bueno!, ¡soy macho!»,
«¡La voy a sorprender!».
La vida, lo de siempre:
trabajo, paz, almuerzo...
y cual un lince hambriento
la espié en el silencio.
Seis de la tarde, oscuro,
como el guardia del bosque
que cruza hasta el hogar
me aposté tras el tronco
de una añosa caoba;
para saber, entonces,
¿qué se rompió esa noche debajo de la cama?,
esa noche de mares, de fuegos,
y de bombas escupidas por el hombre naranja.
Allí estaba, desnuda,
rodando por la tierra,
gozándose en el fango
con la mano en el pubis,
cubierta por carteles
con caras de otros hombres,
jadeando entre las fotos de Dalton y de Walsh.
Saúl Octavio Sánchez
