El trovador cubano Silvio Rodríguez, cuenta la experiencia que definió su vida, cuando a los 14 años se inscribió para unirse a las brigadas juveniles de la Campaña de Alfabetización de 1961 y enseñó a una familia campesina a leer y escribir.

El documental fue producido por: Maestra Productions, Centro Memorial Martin Luther King & La Rueda Films. La dirección fue de Catherine Murphy con el montaje de Daniel Diez Jr. Los productores fueron Josué García, Ana Laura Pereira y Ángel Piedra. La fotografía de Roberto Chile y el sonido directo a cargo de Salvador Combarro, con música de Silvio Rodríguez y Aldo López-Gavilán.

Transcripción de la narración:

Es increíble que haya pasado tanto tiempo. Yo tenía 14 años. 14 años.

Y eso fue importante para mí en dos sentidos. Fue la actividad en la que me integré a una labor social. Por primera vez en mi vida, porque hasta ese momento solamente era un estudiante y un hijo de una familia. Y con esa actividad me inauguré como participante, como activo dentro de la sociedad. O sea, me puse a hacer algo para mi país. Por primera vez en la vida, a los 14 años. Y fue en la campaña de alfabetización.

Y también fue importantísimo en el sentido más personal, de que fue la primera vez que me separé de mi familia. O sea, que dejé la seguridad del hogar y que me fui lejos a valerme por mis propios criterios, por mis propios pensamientos.

No era difícil. La revolución y lo que estaba haciendo la revolución por el pueblo era muy hermoso, era muy atractivo, no había joven prácticamente en Cuba que no quisiera incorporarse a la campaña de alfabetización. De hecho, en mi propio hogar hubo su forcejeo. Mi mamá, más sobreprotectora, tenía un poquito de miedo de que yo me fuera tan lejos. Mi papá se daba más cuenta de que era un paso importante en mi vida y que era una buena forma de darlo. Y me ayudó, me apoyó en esa decisión. O sea, todos los jóvenes prácticamente, yo creo que más jóvenes aún que 14 años querían irse de alfabetizadores.

Voz en off: La Comisión Nacional de Alfabetización organiza asambleas para movilizar a todos los municipios de la República en la extraordinaria labor que habrá de realizarse durante 1961, el año de la educación en el que todos los que saben deben enseñar y en el que todos los que no saben deben aprender.

Y la gente se quería ir lejos, bien lejos. Yo no pedí irme para las montañas de Oriente, porque me dijeron que había mucha gente que ya había pedido irse para Oriente y que Oriente estaba prácticamente cubierto.

Pero mi primera idea era irme para la Sierra Maestra. Lógicamente, los jóvenes, tan jóvenes como yo, teníamos muy fresco la epopeya de la Sierra Maestra y era algo que todos queríamos imitar en nuestras posibilidades. No liberando al país en una lucha armada, pero sí liberando al país de la lacra del analfabetismo y emprendiendo una lucha que no era armada o que era armada, pero armada con lápices y con libretas, con libros de estudio.

Se planteaba así como un combate contra la ignorancia, ¿no? Y era algo muy hermoso. De hecho, lo fue.

Yo pedí ir a las montañas más cercanas, las que estaban en la mitad de la isla, a las montañas del Escambray. Pero en ese momento había combates de fuerzas contrarrevolucionarias. De hecho, por aquellos días, muy poco después de nosotros estar en aquella zona, mataron a un alfabetizador que solo tenía uno o dos años más que yo, Manuel Ascunce Domenech. Tenía 16 años.

Voz en off: Otra vez la sangre de un joven derramada en el suelo de la patria. Manuel Ascunce Domenech, salvajemente asesinado por la contrarrevolución al servicio del imperialismo, es resumen y símbolo de todos los jóvenes que habían caído antes, de todos los que habrían de caer después.

Y lo mataron de forma muy brutal, además. Cuando eso sucedió, a los alfabetizadores que estaban por esa zona, los bajaron y los pusieron en lugares más controlables, más cercanos, donde estuvieran más a la vista. Porque él estaba en sierra adentro, en una casa de un campesino, al que no era fácil llegar, ¿no? A mí me pusieron a alfabetizar primero en la playa de Rancho Luna, al lado de Cienfuegos. Y yo estuve alfabetizando al batallón 339 de Cienfuegos, que era de obreros y de campesinos. Ese batallón fue el primero que chocó con las tropas que vinieron por Bahía de Cochino

Voz en off:  El 17 de abril de 1961. Más de mil mercenarios, armados por Norteamérica, atacan a Cuba por la Bahía de Cochinos.

Estaban muy traumatizados. Estaban muy golpeados porque habían perdido a sus hermanos, a sus amigos, a sus padres, a sus hijos. Había casos de que había caído el hijo. Era muy fuerte. Estar con ellos y conversar con ellos y todo eso. O sea que fue una experiencia, en ese sentido, doble para mí. Empezar a alfabetizar a personas mayores que yo, mucho mayores que yo, y por otra parte escuchar sus cuentos, sus historias recientes. Vivíamos una vida prácticamente salvaje. Y fue muy bueno para todos nosotros esa experiencia de esos meses que estuvimos allí.

Cuando el batallón se movió, yo fui trasladado para la Ciénaga de Zapata, para la casa de un campesino que hacía carbón, que era el oficio que tenía la mayoría de los campesinos que vivían en la Ciénaga de Zapata por entonces. Eran personas que cortaban palos y hacían unas pirámides grandísimas de carbón y que luego vendían y vivían de eso. Gente muy pobre, muy pobre.

Teníamos dos herramientas, la cartilla y el manual. Y bueno, primero era familiarizar a las personas con esos símbolos, con esos signos.

Empecé a alfabetizar al campesino y a su hijo mayor porque la esposa, bueno, estaba prácticamente, al dar a luz, estaba embarazada y parió estando yo allí y tuve que aguantar el farol en el parto. Esa fue otra de las experiencias que tuve.

Y entonces los estaba alfabetizando ellos dos, pero me acuerdo que me conmocionó mucho cuando en una conversación que tuvimos me di cuenta de que ellos no sabían que la tierra era redonda. ¿Cómo enseñarles a leer si no tenían una noción ni siquiera de dónde vivíamos?

Y poco a poco, en la medida en que les fui enseñando las primeras lecciones, empecé a tener conversaciones con ellos, bueno, con mi corta edad y con mi poca experiencia como maestro, ¿no? Ninguna, ninguna.

Un poco guiándome por la intuición. De empezarles a dar una especie de cultura, de nociones, no de cultura, de nociones generales del mundo, de lo que era, dónde vivíamos. Cosa que era muy difícil porque a veces me miraban un poco extraño.

Y eran personas que no habían tenido contacto prácticamente con la civilización, muy poco. Muy poco, se contactaba con la civilización para vender carbón a precios ínfimos. O sea, vivían con una precariedad muy grande, muy grande. Y realmente vivían empeñados en la supervivencia del día a día. Fue una experiencia muy hermosa, pero también muy dramática. Muy dramática.

Posiblemente los que más aprendíamos eran los que estábamos enseñando. O quizás aprendíamos tanto como ellos, o más. Porque realmente éramos niños que habíamos nacido en la ciudad. Yo no era de una familia pudiente, yo era más bien de una familia pobre. Pero hay una gran diferencia entre un niño pobre de la ciudad y un niño pobre del campo. Sobre todo en aquella Cuba, una enorme diferencia.

Está la diferencia de la electricidad, de la radio, de todas las nociones que maneja una persona que vive en una ciudad, de las reglas de urbanidad, de convivencia, de vivir entre muchas personas. De la cantidad de intercambios de ideas que suceden en el mundo complejo de la ciudad. Y la otra es vivir ahí, en un lugar, en un bohío, localizado a muchos kilómetros del lugar de la población más cercana, donde si alguien se enferma hay que caminar kilómetros. Y nadie los ayudaba, realmente.

Por eso era especialmente hermoso, ¿no? Darse cuenta de que lo que uno estaba haciendo era una ayuda a la gente, que era muy necesario, muy necesario.

O sea, aprendí a valorarlo todo mucho mejor, ¿no? Aprendí lo duro que era sembrar una malanga, por ejemplo, y esperar a que creciera, y tenerla que regar, y luego recogerla. Porque yo había llevado cuatro o cinco latas de leche condensada, que yo tenía en la casa, que duraron 24 horas. Enseguida se las comieron, porque no tenían nada de comer. Teníamos tanta hambre, que una vez nos fuimos a unos mangales que quedaban como a 10 kilómetros de distancia. Nos subíamos a las matas y tirábamos mango, y el que estaba abajo llenaba los sacos. Y así luego arrastramos tres o cuatro sacos de mango. Y nos agarraba la noche.

Por suerte, llevábamos el farol que yo tenía. A los alfabetizadores nos daban un farol, un farol chino. Y así caminábamos y llegábamos allá. Y aquellos sacos de mango, tres, cuatro sacos de mango que llevábamos, duraban dos o tres días. Yo estuve como 10 o 15 años sin poder probar un mango después de eso. ¿Por qué comí tanto mango? Que no había manera de que me empatara con un mango después.

Y a veces uno en la ciudad se quejaba por la comida o porque no estaba así. Ahí tuve que comer muchos, muchos días arroz, mojado en manteca. O sea que cuando regresé a mi casa me di cuenta del tesoro que tenía. Nosotros éramos pobres, pero realmente no éramos pobres. Yo no sabía lo que era la pobreza. Eso es una gran enseñanza. Y eso es una enseñanza que te sirve para toda la vida.

A las personas que yo estaba alfabetizando eran campesinos. Gente endurecida por la tierra, por sus trabajos. Y tenían la piel dura. Entonces los campesinos, por esa zona de la costa, hay una mata que es muy peligrosa que se llama guau. Que hay personas que dicen que no pueden estar ni a la sombra del guau porque se hinchan, se inflaman. Es altamente tóxico. Entonces los campesinos cogían y arrancaban hojas de esa planta y con la leche que soltaban se pintaban en los brazos el nombre de la novia o de la mamá. Y eso en la piel dura de ellos se convertía en una costra negra, y se quedaba como una marca, parecía como un tatuaje o algo así. Pero después se les caía. Y yo, con mi piel de niño de la ciudad, se me ocurrió la idea también de dibujarme. Ese fue el comienzo del fin de la alfabetización para mí.

Yo estoy seguro de que todo lo que participamos en eso no lo vamos a olvidar nunca. Porque fue una gran enseñanza para nosotros.

En el caso mío, no sé, quizás otros… Había gente de mayor edad que yo, como alfabetizadores, que quizás habían hecho otras cosas, habían viajado, se habían separado de su familia. Pero para el que le pasó lo que me pasó a mí, que por primera vez salió del seno de su familia y se enfrentó a la realidad, al mundo como era, puro y duro. Realmente fue una marca.

Y me dejó una marca no desagradable. O sea, fue una forma de aprender cómo era el mundo, ¿no? Y como esa experiencia se vinculó tanto después con el ensanchamiento de uno como ser humano, me quedó quizás un poco la manía de vivir aventuras como esas. Y quizás esa primera determinó posturas que yo tuve después en mi vida, como por ejemplo, más tarde me subí a un barco de pesca y estuve cinco meses dando vueltas. Ya era un hombre. Pero después me fui a Angola con las tropas cubanas, voluntarios además. No me llamaron, me quise ir yo. O sea, yo pienso que esa experiencia primera de la alfabetización me marcó esa parte de lanzarme al mundo a aprender y a ayudar.

Creo que fue una gran importancia porque fue una gran lección también para Cuba y para Latinoamérica.

Y es probable que para el mundo también. Cómo un país pequeño, de pocos recursos, podía hacer una epopeya en un año con una idea brillante, sencillamente pedirles a los estudiantes secundarios que se privaran un año de sus enseñanzas para que ayudaran a los que no sabían.

Y a esa edad, ¿quién no tiene un año para dar? Y dos y tres también. Entonces la idea fue genial. Y prendió en el espíritu de los jóvenes. Los jóvenes estaban ávidos de epopeya. Todos los jóvenes de todas las épocas. Si tú le pones una epopeya adelante, se la comen.

Los jóvenes lo que quieren es tareas grandes, nobles, que los hagan crecer. Y cuando se meten en miseria es porque no hay grandeza a la vista. Pero si tienen una epopeya a la vista, van a por ella.

 

Hay locuras para la esperanza
Hay locuras también del dolor
Y hay locuras de allá
Donde el cuerdo no alcanza
Locuras de otro color
Hay locuras que son poesía
Hay locuras de un raro lugar
Hay locuras sin nombre
Sin fecha, sin cura
Que no vale la pena curar
Hay locuras que son
Como brazos de mal
Te sorprenden, te arrastran
Te pierden y ya
Hay locuras de ley
Pero no de buscar
Hay locuras que son la locura
Personales locuras de dos
Hay locuras que imprimen
Dulces quemaduras
Locuras de Diosa y de Dios
Hay locuras que hicieron el día
Hay locuras que están por venir
Hay locuras tan vivas
Tan sanas, tan puras
Que una de ellas será mi morir

Por REDH-Cuba

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