Las transformaciones de la Revolución cubana fueron radicales, expansivas, universales y herederas legítimas de los preceptos martianos. A tal grado lo fueron, que se universalizaron en la percepción popular y se convirtieron así en derecho inamovible para las generaciones que con ellas crecimos. Tanto, que se arraigaron en la mayoría de los eventos de sentido simbólico de la sociedad. Una semiótica resultante de convertir la promesa en hecho real. De la campaña de alfabetización, la nacionalización de monopolios extranjeros cuyos servicios estaban lejos del alcance de un sector importante de la población —de poco más de cinco millones de habitantes en 1959—, las reformas agrarias y la reforma urbana, entre varias medidas emancipatorias, pasó a la inmediata creación de instituciones que dieran curso a un nuevo mundo para los cubanos, con posibilidades de educación, salud, cultura, desarrollo científico y profesional e impulso deportivo impensables en cualquier momento anterior de nuestra historia.
Ningún «nostálgico» del béisbol anterior a la Revolución puede demostrar que eran mejores las series de entonces que las que se desarrollaron con la Revolución, incluidas las últimas, tan criticadas por sus carencias en el nivel técnico-táctico, pero no suspendidas y sí realizadas a puro esfuerzo. De ahí siguen saliendo atletas que van a Ligas Mayores, y a otras varias, más, muchos más y en proporción estadística, de los que antes lo hicieran. Baste decir que la mayoría de los territorios del país no podían ni soñar con tener un representante de su zona en los equipos que disputaban el título del béisbol cubano; para no hablar de ligas segregadas por raza.
Ningún «analista» de los instantáneos de hoy puede demostrar que las escasas y marginadas manifestaciones literarias y culturales de la república mediatizada tienen comparación con el movimiento editorial que la Revolución puso en marcha y no ha dejado de apoyar a pesar de las crisis provocadas por la caída del campo socialista europeo, con el CAME como sistema de relaciones comerciales, y el recrudecimiento del bloqueo estadounidense. Pocos, muy pocos de los que presumen de escritores y se construyen un hipócrita pasado de censura y prohibición en la Cuba revolucionaria que les dio la posibilidad de formarse y crecer intelectualmente, y publicar, paradójicamente, la literatura supuestamente censurada, hubieran pasado más allá de aprender a leer para ganar su subsistencia en puestos de servicio y disfrutar, como consumidores, de las obras que la industria cultural les vende como imprescindibles.
Alejandro García Caturla, para tomar solo un ejemplo del ámbito de la música, debió costearse sus estudios y sufragar de su bolsillo de abogado la Orquesta de Conciertos de Caibarién, para ofrecer a la postre solo tres presentaciones, ninguna de ellas fuera del ámbito territorial en que vivía. Si bien contamos con grandes figuras en nuestra historia musical, como el propio Caturla, Lecuona o Beni Moré, nada es comparable a las posibilidades de formación gratuita y desarrollo profesional que la Revolución puso en marcha. Su gestión permitió que surgieran de los más recónditos parajes talentos que han podido estudiar, superarse y hacer carrera profesional, aunque esa carrera no se traduzca en el típico estrellato con que la industria cultural genera falsos mitos.
Podemos recorrer no solo los campos relacionados con la literatura y las artes, sino también los más importantes de la educación, universal y de calidad, los tremendos e invisibilizados progresos científicos —cuyas patentes son bloqueadas con total desprecio por las vidas humanas que pueden salvar—, las hazañas deportivas y, algo que no va a las estadísticas, la capacidad natural de ayudar al prójimo y solidarizarse con él aunque de ello no salga otro beneficio que el de la satisfacción de hacer el bien. Un viejo valor bíblico, por cierto, que solo durante el socialismo ha sido puesto en práctica concreta, universal, masiva, tan habitual, que nos asombra cuando en el extranjero no lo hallamos. Tenemos, como en toda obra humana, también rateros, ladrones, atracadores de baja y alta monta y hasta malversadores o cínicos traidores, pero la sociedad cubana, en sus más evidentes manifestaciones simbólicas, los rechaza y se niega a asumirlos como esa especie de «mal inevitable» que el capitalismo convierte en un estándar.
Toda esta información, que debía ser obvia, indubitable, pues es historia documentada y vivida paso a paso, parece de repente en peligro de desaparecer, de ser convertida en volátil invención o en un apunte a lápiz, blanqueado con goma de borrar, para que sea suplantada por la versión nostálgica de quienes saquearon a Cuba sin misericordia, discriminaron con pretextos de rancia antropología nuestras religiones de procedencia africana y la supuesta raza de sus practicantes. Un racismo que hoy se alza como peligro para la humanidad, más allá de Cuba, América Latina y los Estados Unidos, donde radica el más extremista y poderoso de sus núcleos globales.
Si las estrategias de campaña política, suplantación informacional y guerra cultural aluden a hechos de discriminación racial y religiosa ocurridos en Cuba, focalizan su mensaje en que la única discriminación condenable es la de aquellos que la practicaron dentro del propio proceso revolucionario, sin atreverse —¡ojo con eso!—, a reconocer que solo gracias a sus remanentes de moral burguesa se hicieron valer esos prejuicios. Quienes con denodado ahínco pretenden mendicidades académicas, se saltan también la talanquera republicana, oscura y oscurantista, para observar con su lupa de aumento los errores surgidos en las transformaciones revolucionarias.
El genocidio que ya está perpetrando el bloqueo estadounidense, sádico, mediático, desde 1962 establecido, cumplido y aumentado en ediciones sucesivas, aplica la goma de borrar a los aportes inconmensurables de la Revolución. Goma de borrar, o clic de delete, tanto contra los aportes históricos, originarios del cambio que, tras poner en fuga a Fulgencio Batista, ese sí dictador y sanguinario, hizo posible la verdadera descolonización cultural, como contra los posteriores a la caída del campo socialista, que no son pocos a pesar de las presiones, robos de activos y cerebros, saqueos directos, difamaciones e injurias disfrazadas de leyes. Campaña que acude a esa nostalgia inducida de cubanos que emigran, sintiéndose asfixiados por causa del bloqueo, pero culpando, de paso, al sistema socialista cubano de sus propias limitaciones personales, difamando a destajo, para que así no les falte su soldada diaria.
Por humilde que sea su población, jamás fue comparable la miseria de nuestros bateyes con la pobreza digna de los habitantes de los poblados posteriores a 1959 adjuntos a los Centrales azucareros. Despiadada, además de cínica, es la nostalgia inducida que hoy se atreve a sumarse a las comparaciones de guerra cognitiva en esa sorda campaña de descrédito a la que aún sigue estando sometido el socialismo. Improcedente amenaza de agresión directa que pone en riesgo la vida de tantos de nosotros y que, por su total falta de legitimidad humana, más que legal o política, no merece ninguna aceptación. No es, a fin de cuentas, libertad de expresión ni diferencia de criterio, sino complicidad genocida.
Jorge Ángel Hernández
