El 5 de marzo se conmemoró el 13 aniversario de la muerte y siembra del Comandante Hugo Chávez Frías, presidente de Venezuela, amado por su pueblo y los de Nuestra América y otros países del mundo que no lo olvidan. A propósito y en homenaje a la fecha, publico la introducción de un libro que escribí y que contiene además las entrevistas que le hice para el periódico La Jornada de México, la primera vez, cuando lo conocí en 1994 en Caracas hasta la última en 2012, en un breve y último viaje a la Argentina, convertido en uno de los grandes líderes de Nuestra América.

Junto a quien tanto admiraba, el Comandante Fidel Castro Ruz, transformaron en realidad, los mejores sueños de solidaridad, dignidad y amor por la humanidad, logrando que este siglo XXI comenzara en nuestra región con la Comunidad de Naciones Latinoamericanas y Caribeñas (CELAC), en lo que fue la mejor década que pudiéramos habernos imaginado vivir dejándonos el extraordinario legado de convertir a Nuestra América en “un territorio de paz” (2018), lo que marca la historia regional. Esto es muy necesario cuando en estos momentos, estamos resistiendo a los zarpazos desesperados y criminales de un imperio, que en cada acción de terrorismo global que ejecuta produce contradicciones invaluables y acelera el paso hacia su irreversible final.

Son tiempos duros, porque la perversión imperial actúa sin límites y cada vez más ofensiva y violentamente desde comienzo de este año 2026 cuando también se conmemora el centenario del Comandante Fidel Castro Ruz. Esto nos demanda cumplir con los compromisos asumidos y producir urgente los cambios necesarios ante la dinámica de los acontecimientos, militar la Red para llegar activamente con nuestras voces y con mayor humildad ante los pueblos y el de,  luchar hasta la liberación definitiva.

INTRODUCCIÓN

Este libro “HUGO CHAVEZ FRÍAS/ EN EL NOMBRE DEL PADRE, BOLÍVAR:”  debió haber aparecido mucho antes. Había comenzado a escribirlo en 2010, a partir de una serie de entrevistas en distintos tiempos y circunstancias con el Comandante Chávez Frías, desde julio de 1994, pero una serie de situaciones relacionadas con  el anuncio de su enfermedad en 2011, hizo que quedara en suspenso.

Había tareas inmediatas que realizar en esos momentos difíciles. Fue un tiempo muy duro para el pueblo venezolano, de angustia e incertidumbre, aunque nunca faltó la palabra de aliento, el trabajo incansable de Chávez para apresurar el proceso liberador en su país.

Una de sus últimas apariciones durante la campaña para las elecciones presidenciales de 2012 resulta inolvidable para todos. Bajo una lluvia intensa,  allí a la intemperie, no sólo de la naturaleza sino de su propio cuerpo, respondiendo  a la voluntad increíble de un hombre indudablemente debilitado físicamente que se aferraba a la vida, porque sabía que su país estaba bajo el esquema de un eterno golpismo y que faltaba mucho trecho en el camino para consolidar la revolución, lo vimos sonriendo y cantando.

Por su rostro se deslizaba el agua de la lluvia inclemente, destacándose en el marco de un cielo gris, mientras él sonreía a la multitud y todo parecía iluminarse. Era el símbolo de la generosidad y el amor hacia su pueblo, de la dignidad ante la adversidad. Sonriendo, no para animarse, sino para animar a esa multitud, la imagen aparecía como una comunión de alegrías mutuas, de agorerías esperanzadoras, de esas que vencen a la muerte física.

Inolvidable será aquel momento en que, nadie duda, debió realizar un esfuerzo agotador para vencer su estado físico y ponerse al frente de esa memorable campaña -con el enemigo mordiendo los talones siempre- para que nadie olvidara su decisión de estar junto al pueblo y de dar ejemplo de vida y dignidad.

Confieso que la muerte del comandante Hugo Chávez   el 5 de marzo de 2013, me paralizó. Intentaba escribir en esos días y resultaba muy difícil la concentración. En cuanto al libro tomé una decisión. Dejar pasar un tiempo porque, por una parte, me afectaba volver a hacer imaginariamente los caminos que hice con él  a quien agradeceré conmovida la calidez con que me trató desde que nos conocimos en el 94 cuando me declaró su “eterna amiga”.

Por la otra, no quería participar en el juego editorial de “la oportunidad” de publicar un libro sobre Chávez en esas dolorosas circunstancias, cuando aún el pueblo de Venezuela seguía llorando su pérdida, como lo hacían los hermanos pueblos de Nuestra América.

Entiendo que también estaba golpeada por lo sucedido a pueblos y gobiernos en Medio Oriente y Africa del Norte, que conocí y con los que confraternizó el presidente Chávez, rescatando la formidable idea de volver a los tiempos en que –como parte de lo que se llamaba el Tercer Mundo- estábamos unidos todos enfrentando a las fuerzas imperiales.

Poco se habla en estos tiempos de la entereza y decisión que tuvo en su gira por todos los países de la llamada- por Washington y sus socios-   “lista del mal”. El sabía que cada paso lo condenaba aún más ante un imperio en decadencia y por lo tanto más feroz, como lo demostró con los genocidios provocados en el siglo XXI.

Había decidido recuperar la vigencia de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP)y lo hizo en su viaje del año 2000 por países productores, entre ellos  Irak, Irán y Libia.

Nunca medía las consecuencias de sus acciones, si estas significaban lograr justicia para los pueblos. Poco tiempo después de su regreso de aquella gira en un encuentro- antes  de una entrevista-  mencionó su fuerte emoción por haber estado  en  Irak, en la capital Bagdad, donde el 14 de septiembre de 1960  se había creado la OPEP.

Chávez sabía detalle por detalle lo sucedido en aquellos días. Fue una decisión histórica que tomaron en esos momentos cinco países productores de petróleo, Venezuela, Irán, Irak, Arabia Saudita, Kuwait, que iría creciendo con el tiempo en su cantidad de miembros. Pero lo que emocionaba a Chávez es que con su viaje a Irak había roto el aislamiento de ese país impuesto por Estados Unidos, después de la Guerra del Golfo Pérsico (1990). Fue el primer jefe de Estado del mundo en hacerlo.

El 11 de agosto se reunió con Saddam Hussein y en referencia a las declaraciones condenatorias del gobierno de Estados Unidos por esta visita, advirtió que Venezuela era un país soberano y podía tomar sus propias  decisiones.  Para llegar a Bagdad viajó en automóvil desde la ciudad iraní de Kermanshah hasta Monthuriyah en Irak a unos 200 Km de Bagdad, Lo hizo  para no violar las disposiciones sobre vuelos de Naciones Unidas.

Sentía que se había dado un paso gigante para recuperar la iniciativa de actuar en conjunto para defender el derecho de los países productores de petróleo  a fijar su precio, cuidar sus reservas, decidir con soberanía. Y fue solidario en todo momento con todos los pueblos y gobiernos que en este siglo XXI fueron invadidos colonialmente y ocupados, produciendo  grandes genocidios en nombre de “la democracia” y el “humanitarismo”, lo que para Chávez evidenciaba la perversión del imperialismo en su fase final.

Estoy convencida de que este hombre luminoso de nuestra América tenía alguna secreta premonición de vida breve por la rapidez con que hizo todo lo que hizo- que analizado rigurosamente- es portentoso, no sólo por América, sino por todos los pueblos del mundo, a los que me consta amaba. La sinceridad campesina de Chávez era su fuerza ante el pueblo que así lo entendía, pero también ante el mundo. Su inteligencia natural apresuró asombrosamente los caminos de la dialéctica.

¿Quién más hubiera ascendido a un gobierno, como él hizo, después de ganar en las elecciones presidenciales de fines de 1998,-  rompiendo con el decadente bipartidismo y las falsas “democracias”  en ese país- exponerse instalando un proceso Constituyente para lo cual no dudó un  momento  en que se hiciera con la participación del pueblo y  volver a exponerse a nuevas elecciones en julio de 2000 ligitimándose bajo la Constitución de  la V República?

Lo religitimaron después de tantos años de permanecer relegado por los gobernantes del “puntofijismo” para los cuales era un lejano convidado de barro, ni siquiera de piedra.

Este hecho único fue entendido por Chávez como prioritario, porque con las viejas constituciones y las leyes de la Cuarta República, ningún cambio profundo podía hacerse en Venezuela. Basta con leer la Constitución de la República Bolivariana, para entender la visión política de Hugo Chávez, que nunca fue inventado por nadie.

El fue una construcción popular auténtica, capaz de rescatar de las cenizas el bolivarismo en su esencia de lucha anticolonial e independentista para convertirlo en el pensamiento contra hegemónico en tiempos del retorno colonial por diversas vías, en el marco de la brutal expansión global con que el Imperio entró al siglo XXI.

Todo lo que llevó adelante lo hizo con una sorprendente audacia revolucionaria, fruto de una encarnadura dialéctica que lo hacía partir rápidamente desde la cruda realidad a la verdadera solución de los problemas, desde los más pequeños e imperceptibles para otra mirada que no fuera la suya, hasta los que requerían una construcción política que lo llevó a trasgredir todo lo establecido, yendo tan lejos como alcanzaran sus pasos y más aún.

Tratar de explicar lo que significó Chávez para  su país y para América Latina  no es difícil. Es necesario entender, sin dogmatismos, sus propuestas para un socialismo del siglo XXI, que nada más y nada menos partía de la exigencia extraordinaria de rastrear hasta los mínimos detalles del pasado de nuestro continente, escarbar a fondo en los nichos ocultos de identidades perdidas o agazapadas y llamar a esto  necesidad de “renaceres”, imposibles de comprender para el academicismo duro o encerrado entre paredes de vidrio blindado.

Retornar al socialismo, pero no desde el simplismo de una propuesta vaga, sino de la construcción de un proyecto que requería incontables liberaciones en un mundo atrapado por el poder financiero, en un territorio que apenas estaba saliendo de procesos dictatoriales en la mayoría de los países, y de la dictadura global que se instaló en los años 90, que tuvo el efecto de un huracán feroz, para los pueblos nuestro-americanos. Estados a punto de desaparecer, soberanías arrasadas, intoxicaciones mediáticas masivas, capaces de paralizar a los pueblos, encantamientos neoliberales, y una cantidad de intelectuales- lo que hace más destacable a los que resistieron- que se rindieron a las ofertas del Mercado, el verdadero y definitivo “eje de todos los males”.

¿Cómo no abrevar en las fuentes del heroico pasado, en la luchas de emancipación, en Simón Bolívar, en José Martí, en los hombres todos de la independencia y en sus objetivos confiscados por el incipiente capitalismo que estaba cimentando el camino hacia el imperio, que hasta hoy sigue manejando los hilos de nuestra dependencia?

Hugo Chávez Frías sabía desde mucho antes de qué se trataba el enemigo a enfrentar. Investigando aquella figura dialécticamente incomparable del árbol de las tres raíces, podemos advertir como fue el desarrollo político de ese joven militar, que junto a otros compañeros comenzó a conformar clandestinamente lo que sería el núcleo base de lo que vendría después.

Chávez había asimilado lo sucedido en América Latina, en la Revolución Cubana y su dirigencia que respetaba y admiraba y que nunca se equivocó en la percepción de quien era este verdadero líder popular. El recibimiento del comandante Fidel Castro en su viaje a La Habana en 1994 tejió entre ambos una amistad indestructible. Fue el encuentro que marcaría el futuro de la soñada unidad latinoamericana.

También se inspiraría en figuras como los generales peruanos Juan Velasco Alvarado o el panameño Omar Torrijos, en el héroe dominicano Francisco Caamaño Deno, en el general Juan Domingo Perón de Argentina, en las coincidencias y diferencias de cada uno de estos procesos. Todo lo incorporaba con gran sabiduría sin perder la ingenuidad del asombro permanente, como Fidel, que es lo que daba frescura a sus palabras y a la forma en que podía comunicarse con el pueblo abiertamente, sin intermediarios.

Recuperar el pasado de lucha y resistencia de América desde la “conquista” española en adelante era para él uno de los pasos más importantes con un definido objetivo: la emancipación e independencia definitiva. Esto marcaría el carácter emancipatorio del proceso de integración y unidad que era su mayor obsesión.

Desde el alzamiento cívico militar de 1992 Chávez planteó  como prioridad la urgencia de la unidad latinoamericana, como el viejo sueño de los patriotas que derrotaron al colonialismo español  en diversas batallas en el siglo XIX mediante la unidad de los pueblos y  ejércitos, como los que comandaban los libertadores  Simón Bolívar y José de San Martín. La independencia lograda fue castrada de raíz por Estados Unidos que entró rápidamente a jugar su juego expansionista, imponiendo formas diversas de colonialismo y neocolonialismo encubierto.

La región. bajo hegemonía imperial, fue intervenida a lo largo de todo el siglo XX para impedir que surgieran gobiernos desafiantes, sembrando de dictaduras a América Latina. Entender que los organismos de integración como la Alianza Bolivariana para los pueblos de América (Alba), la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños y el Mercado Común del Sur  (Mercosur), están trazados con un criterio emancipatorio, hace la diferencia con lo que es la Unión Europea, tan debilitada hoy.

Por eso Venezuela resultaba una nación estratégica para la unidad en esas circunstancias. Las  democracias que sucedieron a las dictaduras,  al genocidio del siglo XX y dentro del mismo esquema de dominación, se planearon en  Estados Unidos en 1990,  “democracias” tuteladas  bajo el diseño de los diez mandamientos del Consenso de Washington, que llevó al neoliberalismo rampante que  asoló la región, derivando en un asalto a los estados nacionales, diezmando  éstos,  destruyendo  logros sociales, educativos y culturales, acumulados después de largas y cruentas luchas, lo que llevó a las resistencias locales.

La explosión popular contra las primeras medidas neoliberales que intentó imponer el gobierno del socialdemócrata  ex presidente  Carlos  Andrés Pérez (AD) en Venezuela, y que después se extendió a todos los países de la región, produjo lo que se llamó el “caracazo” en febrero de 1989, una rebelión que ganó las calles y fue reprimida violentamente dejando unas mil víctimas fatales y centenares de heridos. Cayeron entonces las máscaras de las falsas “democracias” venezolanas y se pusieron en evidencia los pactos de los partidos de la burguesía que aseguraban la permanencia de un bipartidismo con la exclusión de las  mayorías.

Una clase oligárquica, de escaso desarrollo político, era la beneficiaria absoluta de los dividendos del petróleo y fue construyendo una capital (Caracas) como una ciudad “saudita”, no en las arenas de un desierto, sino entre montañas verdes que quedaron escondidas en un extraño paisaje.

Por un lado los rascacielos desafiantes y por el otro los “barrios”, edificados en las alturas, como las favelas de Brasil, multicolores, mirados como un manto de estrellas bajas en las noches, frente a la opulencia de los nuevos ricos y los políticos voraces.

Esto lleva a entender los planteamientos hechos por  Chávez , quien al frente de jóvenes militares, estudiantes y grupos de izquierda,  se rebeló  en febrero de 1992 en una rebelión  que en nada se parecía a los golpes planeados en  Washington. Sus propuestas eran revolucionarias al declarar que los militares se negaban a ser usados para reprimir al pueblo y su programa advertía contra las falsificaciones democráticas, la corrupción reinante, la necesidad de la participación popular y recuperación soberana. Manifiesto cuidadosamente ocultado por los medios masivos de comunicación.

Para Hugo Chávez Frías las ideas de Bolívar, con marcada influencia de la Revolución francesa, debían ser parte de una verdadera y patriótica tradición militar, que nada tenía que ver con las “contrainsurgencias” que había impuesto la dependencia de los ejércitos latinoamericanos del Pentágono estadounidense y que llevaron- en obediencia a doctrinas de seguridad imperiales, a imponer dictaduras en todo el continente en defensa de intereses ajenos, en sujeción colonial.

Para Chávez la resurrección del pueblo venezolano en el llamado “caracazo”  había recogido de las cenizas las luchas de resistencia tan bien ocultadas en las historias oficiales de nuestros países. El “caracazo” y la orden del presidente Pérez  de enviar al ejército contra el pueblo, produciendo miles de víctimas, fue la gota que desbordó el vaso. Allí estaba la verdad de Venezuela, en ese pueblo sometido a la marginación y la exclusión.

Después de un período de incertidumbre ideológica generada por la caída del muro de Berlín y la Unión Soviética en los años 90 era casi imposible imaginar que, debajo de estos fuegos que aparecían como un relumbrón circunstancial, incubaran las bases de un  nuevo socialismo, sólo diez años después.

A partir de la recuperación del Estado venezolano, y el nuevo proceso   constituyente se producirían cambios a lo interno y en las nuevas relaciones políticas, económicas    y sociales. “Marx apreció en todo su valor el empleo de los medios  legales de lucha en los tiempos de estancamiento político y de dominio de la legalidad burguesa” había escrito a principios del siglo XX Wladimir Ilich Lenin. Esto era lo que estaba sucediendo.

Un gobierno surgido del voto popular comenzaría a producir transformaciones verdaderamente revolucionarias amparadas por una nueva Constitución aprobada masivamente por el pueblo imponiendo  legalidad a estas medidas en el  marco del sistema capitalista imperante. ¿Cómo producir transformaciones en esas circunstancias, sin que estallara la respuesta del poder económico y del poder imperial del que dependía cada uno de nuestros países? Y si se producía la emergencia de ese poder resquebrajado pero potente ¿cómo soportar la embestida?

El presidente Chávez lo entendió rápidamente, dando pasos   precisos, gigantes, tanto a lo interno como a lo externo, cuando aún no habían llegado en esos principios del desafío, los gobiernos hermanos, que acompañarían si dudar esa brecha abierta con luces independentistas “en el nombre del padre Bolívar”. Venezuela comenzó a existir internacionalmente, se latinoamericanizó rápidamente como no había sucedido bajo ningún presidente anterior.

Enfrentó la temprana injerencia de Estados Unidos no sólo en su país, sino en el continente. Su fuerza fue avasalladora en esto y pronto el fuego se extendería a medida que llegaban Luis “Inácio” Lula Da Silva en Brasil (2002), Néstor Kichner en Argentina (2003), Tabaré Vázquez en Uruguay (2004), Evo  Morales en Bolivia (2005) gobernantes, surgidos, en todos los casos, de las luchas populares contra el neoliberalismo de los años 90. Y continuaron llegando otros que fueron parte del amanecer de la región comenzando un período único en América Latina El escenario regional cambió asombrosamente. Pero ¿cómo había comenzado realmente esta historia? Vale la pena saberlo porque es nuestra historia y Hugo Chávez Fría está presente como nunca ahora y en el futuro que debemos construir.

Por REDH-Cuba

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