Hay líderes que atraviesan la historia dejando apenas una huella. Y luego están aquellos que se convierten ellos mismos en historia, símbolo, memoria viva de la dignidad de los pueblos. Raúl Castro pertenece a esta segunda categoría. Hoy, mientras el imperialismo estadounidense vuelve a apretar el lazo alrededor del cuello de Cuba con amenazas, provocaciones militares, sanciones y acusaciones judiciales construidas como arma política, la figura ya anciana del general de la Revolución emerge una vez más con la fuerza moral de quien nunca ha agachado la cabeza.

Las palabras transmitidas por su hija Mariela Castro —“Nadie me tomará vivo. Me encontrarán combatiendo”— no son solamente la declaración orgullosa de un viejo combatiente. Son la síntesis de más de sesenta años de resistencia antimperialista, de sacrificio, de fidelidad a una idea de emancipación humana que Cuba continúa representando en el mundo.

Quien conoce la historia de la Revolución cubana sabe que esas palabras no son retórica. Son la continuidad histórica de Playa Girón, de la Sierra Maestra, del bloqueo enfrentado durante décadas, de las agresiones terroristas, de las campañas de desestabilización y de las amenazas de invasión. Son el lenguaje de una generación que eligió vivir de pie antes que de rodillas.

Por eso impresiona profundamente que hoy, a casi noventa y cinco años, Raúl Castro siga siendo percibido por Washington como un enemigo a derribar. No por lo que posee, sino por lo que representa: la supervivencia de una experiencia revolucionaria que el imperio nunca logró doblegar. Incluso analistas internacionales reconocen que el endurecimiento de la presión contra Cuba es interpretado como un intento de desestabilización política y militar de la isla.

La acusación estadounidense contra Raúl Castro, relanzada en estas semanas, aparece entonces por lo que realmente es: un acto político, una provocación, la construcción de un pretexto internacional contra la soberanía cubana. No sorprende que incluso la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum haya criticado abiertamente esta operación preguntándose qué sentido tiene perseguir hoy hechos de hace treinta años.

Mientras Washington moviliza portaaviones e intensifica las medidas coercitivas, crece en el mundo la solidaridad hacia Cuba. Organizaciones internacionales, juristas, movimientos populares y redes antimperialistas denuncian abiertamente la escalada estadounidense, definiéndola como una violación del derecho internacional y de la soberanía de los pueblos.

La REDH ha hablado claramente de agresiones continuas y de intentos de crear artificialmente una crisis para justificar nuevas acciones contra la República socialista de Cuba. Y es imposible no ver, detrás de esta ofensiva, la vieja obsesión imperial contra toda experiencia de autodeterminación latinoamericana.

Pero la historia enseña que los pueblos pueden ser golpeados, sitiados, empobrecidos, pero no necesariamente derrotados. Cuba continúa resistiendo porque posee algo que los imperios no comprenden hasta el fondo: la conciencia política de un pueblo que ha hecho de la dignidad una forma de supervivencia colectiva.

Por eso las palabras de Miguel Díaz-Canel adquieren hoy un significado enorme: “Para los revolucionarios no está prevista la rendición”. En esa frase vive la herencia de Fidel Castro, de Raúl Castro, del Che Guevara, de Vilma Espín y de todos aquellos que transformaron una pequeña isla caribeña en un símbolo universal de independencia.

Y es imposible, escuchando estas declaraciones, no pensar en Salvador Allende. También él eligió no rendirse. También él decidió combatir hasta el final en el palacio presidencial bajo las bombas del fascismo y del imperialismo. Su imagen con el fusil en la mano sigue siendo una de las más altas lecciones morales del siglo XX. Allende cayó, pero no se entregó. Y precisamente por eso venció en la memoria histórica de los pueblos.

La misma coherencia moral atraviesa hoy las palabras de Raúl Castro. Un hombre anciano, marcado por los años y las batallas, que continúa hablando como un combatiente de la Sierra. En un mundo dominado por el cinismo, el oportunismo y la sumisión a los poderes económicos globales, esta firmeza aparece casi escandalosa. Y quizá sea precisamente esto lo que tanto asusta al imperio: la idea de que todavía existan hombres y pueblos dispuestos a luchar hasta el final por su soberanía.

De jóvenes nos enseñaban, incluso bromeando pero diciendo la verdad más profunda: “¡Socialismo o muerte!”. Muchos se reían entonces de aquel eslogan. Pero hoy, frente a la brutalidad del capitalismo de guerra, frente a las agresiones permanentes contra los pueblos independientes, comprendemos todavía mejor cuán seria era aquella advertencia.

Porque el socialismo, en Cuba, nunca fue solamente un modelo económico. Fue la elección histórica de no arrodillarse.

Y es por eso que, a pesar de las amenazas, las campañas mediáticas, el bloqueo, las sanciones y las provocaciones militares, la Revolución cubana continúa representando un punto de referencia para millones de mujeres y hombres en el mundo.

Raúl Castro habla hoy como un viejo guerrillero que sabe que la vida individual cuenta menos que la dignidad colectiva. Y precisamente por eso sus palabras permanecerán.

Los verdaderos revolucionarios no piden protección al imperio. Le resisten.

Y cuando un hombre de casi un siglo dice todavía “me encontrarán combatiendo”, toda la América Latina digna, toda la memoria antifascista, toda la historia de las luchas antimperialistas vuelven a hablar con él.

La victoria, entonces, no es una fórmula retórica. Es la certeza histórica de que ningún imperio es eterno, mientras la dignidad de los pueblos sobrevive a los siglos.

Nuestro vínculo con Raúl a través de su hija Mariela

Particularmente significativo es también el mensaje humano y político llegado de Mariela Castro, hija de Raúl Castro, quien quiso reafirmar el vínculo de amistad, estima y diálogo constante con los compañeros internacionalistas italianos. “Somos amigos, hablamos seguido, intercambiamos con frecuencia reflexiones sobre cómo combatir, resistir y seguir adelante”, nos contó en nuestras frecuentes y afectuosas llamadas telefónicas, contando entre sus queridos amigos a mí junto con Rita Martufi, algo que nos honra, y transmitiéndonos también los saludos y agradecimientos de su padre a los compañeros de la Rete dei Comunisti y de FarodiRoma y a todos aquellos que continúan el trabajo de solidaridad internacionalista.

Palabras que recuerdan cómo la resistencia no es solamente memoria histórica, sino un hilo vivo que une pueblos, compañeros y luchas contra el imperialismo, en la convicción de que la dignidad no puede ser ni comprada ni doblegada.

Fuente: Faro di Roma

Por REDH-Cuba

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