
Una de las características de la historia de la Revolución Cubana ha sido producir un conjunto de hombres y mujeres forjados en la lucha guerrillera de la Sierra que fueron capaces de crecer humana y políticamente hasta ser los artífices de un proceso de transformación social, cultural y económica capaz de devolver la dignidad a un pueblo que parecía condenado a vivir eternamente en una dependencia de los EEUU.
Dentro de ese colectivo de personajes que derrotaron a un Batista convertido en títere del imperio, al servicio directo de la mafia estadounidense destaca la figura de Raúl Castro Ruz, cuya trayectoria política, militar y humana constituye uno de los pilares más sólidos del proceso revolucionario iniciado en 1953 con la preparación del asalto a los cuarteles del Moncada en Santiago de Cuba y Manuel de Céspedes en Bayamo.
Durante décadas, la enorme y arrolladora figura de Fidel le situó como un líder que sobresalió del resto de dirigentes de la revolución cubana, pero esta realidad no impedía que Raúl y otros dirigentes revolucionarios tuvieran un perfil propio, una personalidad política diferenciada y una contribución decisiva a la construcción del Estado que surge de la revolución cubana.
De esta manera nadie puede negar que Raúl Castro es uno de sus arquitectos fundamentales del Estado surgido de la Revolución Cubana, un organizador meticuloso, un estratega de largo alcance capaz de adecuar la táctica al momento concreto y un dirigente, que llegado el momento supo conducir la continuidad histórica desde la capacidad de reforma.
Su figura se inscribe en una tradición política que tiene sus raíces en la historia del movimiento comunista internacional y en la lucha antiimperialista del siglo XX. Desde su juventud, Raúl se vinculó al pensamiento marxista y a las organizaciones juveniles comunistas, lo que marcó su formación ideológica y su comprensión del papel del Estado, del Partido y de las masas en la transformación social. Esa militancia que forjo, no solo su carácter rebelde, sino un esquema ideológico que entendía que la liberación del Pueblo Cubano de la dictadura batistiana y del dominio imperialista, no podía repetir esquemas de otros procesos, ni partir de organizaciones que no entroncaran directamente con la tradición martiana, para dotarla de instrumentos revolucionarios que surgieran directamente del sentir popular.
Por ello, su militancia juvenil le servirá para construir una base marxista de pensamiento y una capacidad de entender la realidad que lo acompañaría durante toda su vida y que definiría su estilo sobrio, disciplinado, profundamente colectivo y orientado a la eficacia en toda acción política o de gobierno.
A diferencia de otros jóvenes de su generación, Raúl no se incorporó a la lucha armada como un gesto romántico, sino como parte de esa capacidad para entender la realidad que le llevaba a ver que la necesidad de abrir un proceso de ruptura con la dictadura batistiana estaba ligado iniciar un camino hacia la justicia social. La participación de Raúl en el asalto al cuartel Moncada en 1953 constituye el primer gran momento de su compromiso político.
Su papel en la expedición del Granma, su labor en la Sierra Maestra y, de forma especial, su responsabilidad en el Segundo Frente Oriental Frank País, perfilaron su reputación como dirigente militar, capaz de combinar audacia con organización, iniciativa con disciplina, creatividad con rigor.
Tras el triunfo revolucionario de 1959, Raúl asumió responsabilidades que contribuirían a la construcción de la estructura del Estado que se tuvo que organizar tras la revolución, haciendo frente a las presiones imperialistas, que, desde el primer momento, no toleraban la existencia de un Pueblo decidido a construir su destino sin someterse a intereses extraños.
Como Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), dirigió una de las instituciones básicas para consolidar la revolución y construir un nuevo Estado, transformando un ejército guerrillero en un ejército profesional y profundamente vinculado al pueblo. Su labor en las FAR no se limitó a la defensa militar: fue también un laboratorio de organización, planificación y eficiencia que posteriormente influiría en su concepción de la gestión económica y administrativa del Estado.
Durante décadas, Raúl Castro jugo un papel fundamental en garantizar la estabilidad institucional de Cuba en un contexto internacional de máxima hostilidad agresiva, complementando perfectamente el protagonismo de Fidel. En 1961, en Playa Girón, Cuba derrotó a los mercenarios de la CIA en menos de tres días. Aquella invasión, la primera gran derrota militar de Estados Unidos en América Latina, fue también el bautismo de fuego de una generación indomable. Y allí, al frente de las tropas, a la sombre del Comandante en Jefe Fidel Castro, un joven comandante que, en ejercicio de sus responsabilidades revolucionarias al frente del ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, ya entonces demostró lo que sería el resto de su vida. Ese hombre es el General del Ejército Raúl Castro Ruz. Su papel en la crisis de los misiles de 1962, su implicación en el apoyo a los movimientos de liberación africanos, estaba acompañando por su trabajo para la consolidación del sistema político cubano, situándolo como una figura clave del liderazgo revolucionario. Su estilo fue siempre discreto, alejado del protagonismo mediático, pero tremendamente eficaz complementando la dirección de la revolución que ejercía Fidel.
Esa síntesis entre discreción, trabajo continuo y eficacia máxima, forma parte de su personalidad política de Raúl Castro, como un dirigente que resalta la eficacia sobre todas las cosas, buscando la organización y la coherencia sobre el brillo personal.
El discurso del 24 de febrero de 2008, cuando asumió la presidencia del Consejo de Estado y de Ministros, constituye la plasmación que define el pensamiento de Raúl Castro y resume toda su experiencia acumulada durante décadas de experiencia. En este discurso, siguiendo el desarrollo del concepto de Revolución que nos dejó Fidel, por el cual hay que cambiar todo lo que sea necesario, para mantener la centralidad de la defensa del interés del Pueblo como esencia de la revolución, Raúl planteó con claridad la necesidad de actualizar el modelo económico y social, para introducir reformas que fortalecieran el socialismo y corregir ineficiencias. No se trataba de una ruptura, sino de una continuidad creativa, para preservar los principios fundamentales de la Revolución, adaptándolos a las condiciones del siglo XXI.
Ese discurso, y las actuaciones que lo desarrollaron posteriormente, revelan un pensamiento político elaborado, consciente de los desafíos internos y externos, y decidido a impulsar transformaciones sin renunciar a la soberanía ni a la justicia social.
La actualización del modelo económico, aprobada en el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba en 2011, fue la expresión más elaborada de ese proyecto de reformas básicas y la Constitución de 1919 su plasmación institucional. Raúl defendió la necesidad de ampliar el trabajo por cuenta propia, descentralizar la gestión económica, fortalecer la empresa estatal socialista, introducir mecanismos de planificación más flexibles y combatir la burocracia. Estas medidas no pretendían imitar modelos ajenos, sino perfeccionar el socialismo cubano desde sus propias bases, reconociendo la diversidad de formas de propiedad y la importancia de la eficiencia económica para garantizar los derechos sociales.
El VI Congreso marcó también un hito en la vida del Partido Comunista de Cuba, con la promoción de nuevas generaciones de cuadros y la insistencia en la ejemplaridad ética de los militantes. Raúl siempre defendió que el Partido debe ser una organización capaz de aprender, rectificar y avanzar. Su insistencia en la crítica y la autocrítica, en la lucha contra la corrupción y en la necesidad de fortalecer el vínculo con el pueblo refleja una concepción profundamente leninista del papel del Partido en la sociedad socialista.
La comparación entre el discurso de 2008 y el del VI Congreso de 2011 permite apreciar la coherencia de su pensamiento fruto de años de trabajo y desarrollo de la capacidad para percibir la realidad cambiante de una forma dialéctica. En ambos casos, Raúl parte de un diagnóstico realista de la situación del país, evita el triunfalismo y subraya la importancia de la responsabilidad colectiva. Su estilo político se caracteriza por la franqueza, la claridad y la ausencia de eufemismos. Raúl no oculta los problemas, los nombra, los analiza y propone soluciones concretas. Esa capacidad política de conjugar firmeza en la defensa de los principios con capacidad de rectificación cuando la realidad lo exige, constituye una de las claves de su liderazgo.
Desde esta perspectiva destaca su contribución a la institucionalización del socialismo cubano. Desde los años setenta, Raúl defendió la necesidad de construir un Estado sólido, con reglas claras, procedimientos estables y una estructura administrativa eficiente. Su visión del socialismo no se limita a la movilización revolucionaria, sino que incluye la consolidación de instituciones capaces de garantizar la continuidad del proyecto con una perspectiva de futuro que salvaguarde los logros históricos de la revolución. En este sentido, Raúl es un dirigente que entiende que la hegemonía no se sostiene solo con voluntad política, sino con organización, cultura, disciplina y consenso e implicación de las masas
Su papel en la transición generacional del liderazgo cubano es otro aspecto esencial que define como Raúl Castro no concibe el poder como patrimonio personal, sino como responsabilidad que se ejerce desde el lugar que más útil pueda resultar al colectivo. Su decisión de promover a nuevas generaciones de dirigentes a las máximas responsabilidades del Estado y del Partido, preparando este relevo generacional de forma ordenada, demuestra un compromiso con la estabilidad del país y con la continuidad del socialismo más allá de las figuras individuales, dejando instituciones fuertes y un rumbo claro.
La dimensión internacional de su liderazgo también merece atención. Raúl Castro ha sido un defensor incansable del multilateralismo, de la integración latinoamericana y del diálogo entre los pueblos. Su papel en el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos en 2014, sin renunciar a los principios revolucionarios, muestra su capacidad para combinar firmeza con flexibilidad táctica y su papel en el desarrollo de la CELAC como base de un proceso de integración latinoamericana nos muestran como Raúl entiende la política exterior conjugando la lucha en la defensa de objetivos claros, con la capacidad de negociación, donde la defensa de la soberanía no excluye la búsqueda de soluciones basadas en acuerdos diplomáticos.
Para el movimiento comunista internacional, la figura de Raúl Castro posee un significado especial. Su trayectoria encarna valores que forman parte de la tradición revolucionaria, la disciplina, la coherencia ideológica, la defensa de la paz, el internacionalismo y la capacidad de adaptación estratégica. Raúl Castro representa una forma de liderazgo que combina la fidelidad a los principios con la apertura al cambio, la memoria histórica con la innovación política. Su vida es un ejemplo de cómo la Revolución no es un acto puntual, sino un proceso continuo que exige reflexión, organización y voluntad colectiva.
En un momento en que el mundo atraviesa transformaciones profundas, marcadas por la crisis del capitalismo global, la emergencia de nuevas potencias, los desafíos ecológicos, y las tensiones geopolíticas, la experiencia de Raúl Castro, ofrece lecciones valiosas. Su insistencia en la planificación, en la eficiencia, en la participación popular y en la soberanía nacional constituye una guía para quienes luchan por construir alternativas al neoliberalismo. Su pensamiento demuestra que el socialismo no es un dogma, sino un proyecto vivo que debe actualizarse sin perder su esencia.
Raúl Castro ha sido, en definitiva, un ejemplo de coherencia entre pensamiento y acción, entre principios y práctica, entre historia y futuro. Su legado no se mide solo en reformas o en discursos, sino en la solidez de las instituciones que ayudó a construir, en la continuidad del proyecto socialista cubano y en la confianza y cariño que supo generar en el pueblo. Su vida demuestra que la continuidad de la Revolución no depende de individuos por muy excepcionales que sean, sino de la capacidad colectiva para organizar, resistir y transformar.
De esta manera, Raúl Castro el liderazgo político, moral y ético que hoy ejerce Raúl Castro en la Cuba revolucionaria se explica por la fidelidad a un principio que ha guiado a generaciones de revolucionarios y que hoy en un momento de intensificación de la presión Imperialista, “la dignidad no se negocia, la soberanía no se entrega, la justicia no se aplaza”.
En un mundo marcado por la incertidumbre, por la crisis del capitalismo global y por la ofensiva reaccionaria que pretende borrar conquistas sociales y derechos históricos, la figura de Raúl Castro se nos presenta como un recordatorio de que la resistencia organizada es posible, de que la planificación socialista sigue siendo una alternativa real, y de que la lucha por la emancipación humana sigue siendo el faro que marca el rumbo del movimiento antiimperialista.
Su ejemplo interpela a quienes creen en la transformación social, invita a conjugar el pensar con audacia con el actuar con disciplina, a construir con paciencia y a defender con firmeza aquello que los pueblos han conquistado con sacrificio.
Es una de sus afirmaciones más claras nos viene a decir que la Revolución es un acto de voluntad, pero también de organización, un método y un trabajo continuo y constante, por eso, en un momento en el que el imperio vuelca su frustración por no conseguir doblegar el apoyo del Pueblo a la revolución centrando sus ataques en Raúl Castro es necesario reafirmar que el legado de Raúl Castro está muy presente, inspirando nuevas luchas y nuevas victorias, porque hay vidas que se miden por la huella que dejan en la historia, y la huella de Raúl Castro, serena, firme, revolucionaria es una de esas que no se borran.
Ahora, Trump, atrapado en su propia soberbia y en el laberinto iraní, ha decidido atacar a un símbolo de la soberanía cubana: Raúl Castro. Lo imputan por haber hecho hace treinta años lo que cualquier ministro de Defensa digno debía hacer: defender a Cuba frente al terrorismo organizado desde Florida. Es la misma operación que montaron contra Nicolás Maduro antes de la agresión contra Venezuela y de su secuestro.
Pero tocar a Raúl es tocar la memoria viva de la Revolución. Es tocar al dirigente que enfrentó a los mercenarios en Girón, que ayudó a construir las FAR y que garantizó la continuidad de la obra revolucionaria junto a Fidel.
La amenaza de intervención militar vuelve a sobrevolar la Isla de la Dignidad asediada. Trump habla de portaaviones y de “estado fallido”, ignorando que Cuba no es una colonia indefensa, sino un pueblo consciente, organizado y dispuesto a defender su independencia hasta las últimas consecuencias.
Porque Cuba lleva más de sesenta años resistiendo el bloqueo, las amenazas y las agresiones sin arrodillarse jamás. Y si el imperialismo decide cruzar esa línea, debe saber que encontrará once millones de mujeres y hombres defendiendo una sola bandera, una sola dignidad y una sola consigna:
¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!
José Luis Centella, Presidente de Partido Comunista de España
Manu Pineda, Responsable del Departamento de Internacional del Partido Comunista de España. Integrante de la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad
