Raúl Castro Ruz: el guardián de la llama. Por Alberni Poulot / KardioPensamiento

Una hermosa y conmovedora tradición de Cuba, y de otros lares, es la de perpetuar la memoria de nuestros héroes y mártires a través de un nicho, con forma de estrella, y con una llama flameante y eterna. Así son emblemáticos en Cuba los que están en el Cementerio Patrimonial “Santa Ifigenia” en Santiago de Cuba, donde reposan los restos del Héroe Nacional de Cuba, José Martí, los padres de la Patria, Mariana Grajales y Carlos Manuel de Céspedes, los caídos en el asalto al cuartel “Moncada”, el entrañable líder de la clandestinidad del Movimiento 26 de Julio, Frank País García, los caídos en el cumplimiento de las gloriosas misiones internacionalistas en tierras hermanas de África y el Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, entre otros; también hay “llamas eternas” donde está resguardado el yate “Granma”, en La Habana; en la ciudad de Santa Clara, se erige una en el conjunto monumentario al Che y sus hermanos de guerrilla boliviana; otra a Camilo y el Frente Norte de Las Villas, en Yaguajay, Sancti Espíritus; uno encendido por Fidel, en homenaje a Antonio Maceo en la Plaza de la Revolución de Santiago de Cuba, entre otros. Pero uno guarda especial significación para el General de Ejército Raúl Castro Ruz, y es la “Llama Eterna” que arde en homenaje a sus hermanos de lucha en el Segundo Frente Oriental “Frank País García”.

Para el discreto líder, que honra con su actuar su segundo nombre: Modesto; la Piedra que guarda las esencias de su amada compañera de lucha y de vida, madre de sus hijos y de muchas ideas por la dignificación y emancipación de la mujer cubana y del mundo, que será también el reservorio futuro de sus cenizas, junto al más de un centenar de nichos sagrados, es de todos los conjuntos monumentarios, el más significativo. Allí, se erige, por naturaleza patriótica, en el Guardián de esa Llama.

Raúl, como cariñosamente le llama el pueblo, desde los días del Moncada y la Sierra Maestra, se forjó en la disciplina, en la organización y en la certeza de que la Revolución no era un relámpago, sino un fuego que debía mantenerse vivo.

Durante casi medio siglo, como ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, consolidó la defensa nacional y convirtió a las FAR en un pilar de la unidad de la Revolución y en un ejemplo de dedicación y consagración al bienestar del pueblo y a la edificación y defensa del Socialismo y sus conquistas.

El pueblo lo reconoce como un dirigente austero, cercano, que nunca buscó protagonismo, pero que siempre estuvo en los momentos decisivos.

“Muchos han sido los retos y desafíos que hemos tenido que enfrentar para llegar hasta aquí; pero ha valido la pena, la obra de la Revolución y sus conquistas sociales, aun en medio de las dificultades, así lo corroboran.”, dijo en ocasión del 65 aniversario del triunfo revolucionario.  “La independencia no se mendiga, se conquista y se defiende con la vida misma.” Estas frases son trincheras de ideas de que la soberanía es la piel de un pueblo y que la Revolución no se sostiene en palabras huecas, sino en sacrificios compartidos.

Fidel lo definió como “el más disciplinado de los revolucionarios”, destacando su lealtad y capacidad de organización. Esa disciplina permitió que la Revolución sobreviviera a bloqueos, crisis y amenazas.

Otros líderes latinoamericanos también lo reconocieron. Hugo Chávez lo llamó “el guardián de la continuidad”, mientras Evo Morales lo describió como “un hermano que habla poco, pero cuya palabra vale más que mil discursos”.

Estas voces reflejan cómo Raúl, sin buscar aplausos, se convirtió en símbolo de resis

Y es que Raúl es como como “el hombre que cuida la Llama de la Revolución”. No el que la encendió, ni el que la mostró al mundo, sino el que se aseguró de que no se apagara en la intemperie de los tiempos.

Raúl es memoria y fuego, el General que sabe que la justicia no se defiende con con vacíos oportunistas o demagógicos, sino con hechos apegados al pueblo. Su vida es un tejido de disciplina militar y ternura popular.

Raúl Castro Ruz encarna la continuidad de la Revolución Cubana. Su legado es el de un dirigente que, desde la discreción, ha sido clave en la defensa de la independencia y en la construcción de una sociedad más humana y solidaria.

El pueblo lo quiere porque lo reconoce como uno de los suyos: un hombre que nunca se apartó del deber, que nunca dejó de insistir en que la Revolución es, ante todo, un acto de amor.

 

Alberni Poulot. Académico, profesor e integrante del capítulo cubano de la Red de Intelectuales y Artistas en defensa de la Humanidad

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