Raúl Castro, un servidor de su pueblo. Por Luciano Vasapollo, Rita Martufi y Salvatore Izzo

El amigo más cercano de Papa Francisco es el revolucionario discreto que sigue hablando al mundo.

En un tiempo dominado por la exhibición permanente del poder, por la política transformada en espectáculo y por la búsqueda obsesiva de la visibilidad personal, la figura de Raúl Castro aparece casi como una anomalía histórica. A noventa y cinco años de su nacimiento, el protagonista de la Revolución cubana sigue representando, de hecho, un modelo de liderazgo distante a años luz del individualismo que caracteriza a gran parte de la clase dirigente contemporánea.

Durante más de sesenta años su nombre ha estado asociado al de Fidel Castro. Pero quien conoce verdaderamente la historia de Cuba sabe que Raúl no fue simplemente el hermano del líder de la Revolución. Fue uno de los jóvenes del Moncada, uno de los protagonistas del desembarco del Granma, el comandante del Segundo Frente Frank País en la Sierra Maestra, el constructor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el hombre que garantizó la continuidad y la estabilidad en la isla en los momentos más difíciles de su historia.

Sin embargo, lo que más llama la atención en su larga trayectoria humana y política es otra característica: la total ausencia de protagonismo personal. Mientras el mundo occidental construía el mito del líder como un hombre solo al mando, Raúl siempre prefirió el trabajo colectivo, la organización, la responsabilidad compartida. Incluso cuando asumió la presidencia de Cuba, tras la enfermedad de Fidel, evitó cuidadosamente cualquier forma de culto a la personalidad.

Como han recordado en varias ocasiones los observadores que han tenido la oportunidad de conocerlo directamente, Raúl Castro siempre ha vivido el poder como servicio y no como afirmación individual. Una lección rara en una época en la que la política parece a menudo reducida a la construcción de una marca personal.

La amistad con el Papa Francisco y el lenguaje del diálogo

No es casualidad que una de las relaciones más sorprendentes de los últimos años haya sido la construida con el Papa Francisco. Una relación que iba mucho más allá de las conveniencias diplomáticas y que se fundaba en una estima mutua auténtica.

El propio Francisco había hablado públicamente de Raúl Castro como de un amigo, mientras que el líder cubano, tras la muerte del Pontífice argentino, le rindió homenaje con palabras de extraordinaria intensidad, recordándolo como “un hombre íntegro y coherente” y subrayando la profundidad de la relación humana construida a lo largo de los años.

FarodiRoma ha relatato en varias ocasiones esta sintonía inesperada entre el Papa venido “casi del fin del mundo” y el revolucionario cubano formado en las luchas contra la dictadura de Batista. Una sintonía que nacía de algunos valores compartidos: la atención a los pobres, el rechazo a la cultura del descarte, la crítica a un sistema económico que produce exclusión y desigualdades, la búsqueda obstinada de la paz.

Raúl Castro nunca ocultó su respeto por el magisterio de Francisco. Célebre sigue siendo la frase pronunciada tras la audiencia en el Vaticano de 2015: “Si el Papa sigue así, volveré a rezar y volveré a la Iglesia católica”. Una humorada que contenía también un reconocimiento profundo de la fuerza moral de un Pontífice capaz de hablar a los últimos y a los excluidos.

In ambos emergía una característica hoy cada vez más rara: la capacidad de dialogar sin renunciar a las propias convicciones.

Para comprender a Raúl Castro es necesario partir de un dato a menudo ignorado por sus críticos y por sus partidarios: su existencia ha estado enteramente dedicada a Cuba.

Desde la cárcel tras el Moncada hasta la guerrilla en la Sierra Maestra, desde los años difíciles del bloqueo hasta las transformaciones económicas del nuevo siglo, toda su trayectoria personal coincide con la de su país.

Una vida entregada por entero a la Revolución

Raúl Modesto Castro Ruz nació el 3 de junio de 1931 en Birán, en la provincia oriental de Holguín, hijo de Ángel Castro, inmigrante gallego, y Lina Ruz González. Desde muy joven participó en las luchas estudiantiles contra la dictadura de Fulgencio Batista, madurando una fuerte sensibilidad social y una precoz adhesión a las ideas marxistas. Con solo veintidús años participó en el asalto al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, la acción que marcó el inicio de la Revolución cubana. Arrestado y condenado, compartió con Fidel Castro la experiencia de la cárcel y, posteriormente, del exilio en México, donde participó en la preparación de la expedición del Granma junto a Ernesto Che Guevara y los demás futuros protagonistas de la lucha revolucionaria.

Durante la guerrilla en la Sierra Maestra lideró el Segundo Frente Oriental “Frank País”, distinguiéndose no solo por sus capacidades militares sino también por la organización de escuelas, servicios sanitarios y estructuras administrativas en las zonas liberadas. Tras el triunfo revolucionario del 1 de enero de 1959 fue nombrado ministro de las Fuerzas Armate Revolucionarias, cargo que mantuvo durante casi medio siglo. Desde 2006, debido a la enfermedad de Fidel, asumió progresivamente la dirección del país, convirtiéndose oficialmente en presidente en 2008. En 2018 dejó la presidencia a Miguel Díaz-Canel y en 2021 concluyó también su mandato al frente del Partido Comunista de Cuba, completando una transición ordenada que confirmó la voluntad de confiar el futuro de la Revolución a una nueva generación de dirigentes.

Casado desde 1959 con Vilma Espín, histórica combatiente de la Sierra Maestra y figura central de la emancipación femenina en Cuba, Raúl Castro es padre de cuatro hijos, entre ellos Mariela Castro. En su larga vida política ha mantenido siempre un estilo sobrio y reservado, lejos de los reflectores, prefiriendo el trabajo organizativo y el servicio a las instituciones antes que la búsqueda del protagonismo personal. Esta discreción, unida a la fidelidad a la causa revolucionaria y a la independencia de Cuba, constituye uno de los rasgos más característicos de su figura histórica.

La gran honestidad de Raúl

Se puede debatir sobre las decisiones tomadas por la Revolución cubana, pero es difícil negar que Raúl ha encarnado una concepción del servicio público ya casi desaparecida.

No ha acumulado riquezas personales. No ha construido dinastías económicas. No ha dejado el poder a sus hijos. Cuando en 2018 traspasó la dirección del Estado a Miguel Díaz-Canel, demostró concretamente que Cuba no era una monarquía familiar sino un Estado dotado de sus propias instituciones. Una decisión que desmentía muchas de las narrativas difundidas durante décadas contra la Revolución.

Quienes lo han conocido describen a un hombre sobrio, poco propenso a las ceremonias, capaz de escuchar más que de hablar. Un dirigente que prefería trabajar detrás de escena en lugar de ocupar el centro del escenario.

Una luz en la época de las guerras

Hoy el mundo parece moverse en dirección opuesta a los valores que guiaron a la generación revolucionaria cubana.

Las tensiones internacionales crecen. Las inversiones militares alcanzan niveles récord. Las guerras se presentan como inevitables. La lógica de la fuerza vuelve a dominar el lenguaje de la política.

La administración Trump ha vuelto a poner en el centro una visión de las relaciones internacionales fundada en la presión económica, en la amenaza y en la supremacía geopolítica. Cuba sigue siendo uno de sus objetivos principales, a pesar de que más de sesenta años de sanciones no han doblegado la voluntad del pueblo cubano.

En este escenario, la figura de Raúl Castro asume un significado que va más allá de la historia de la isla caribeña.

Representa la posibilidad de una política fundada en la coherencia, en la sobriedad y en el sentido del deber. Representa la idea de que la fuerza de una nación no se mide solo en los presupuestos militares sino en la capacidad de garantizar educación, salud y dignidad a sus ciudadanos.

Como hemos recordado en varias ocasiones, Cuba sigue enviando médicos allí donde otros envían ejércitos y bombas. Una opción que sintetiza una concepción diferente del poder y de las relaciones internacionales.

Por ello, la historia de Raúl Castro sigue hablando también a las nuevas generaciones. No como una reliquia del siglo XX, sino como testimonio de una alternativa posible al egoísmo dominante.

En una época marcada por la exaltación de la fuerza, del beneficio y del interés personal, la vida de este anciano revolucionario cubano recuerda que existe otro camino: el del servicio, el de la solidaridad y el de la fidelidad a su propio pueblo.

Y es tal vez precisamente esta discreta fidelidad, más aún que las victorias políticas o militares, el mensaje más valioso de Raúl Castro.

 

 

Salvatore Izzo. Periodista, director de Faro di Roma e integrante del capitulo italiano de la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad.

 

 

 

Luciano Vasapollo. Economista italiano, academico de la Universidad de Sapienza de Roma, dirigente de la Red de los Comunistas y Coordinador del capitulo italiano de la Red de Inteletuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad.

 

Rita Martufi. Economista italiana, Investigadora del Centro Estudio CESTES y de la revista PROTEO y  NUESTRA AMERICA, integrante del capitulo italiano de la Red de Inteletuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad.

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