Opinión

La soberanía de las naciones. Alfredo Vera

Por encima de lo que piensen los gobernantes, los pueblos de este continente deben alzar las voces de solidaridad y fraternidad para con ese país libérrimo.


Fuente: El Telégrafo

Según la jurisprudencia universal, para los seres humanos, el derecho a la vida es su principal garantía; para las Naciones y los Estados, lo es su soberanía.

Veinte siglos de existencia en la era cristiana y todavía hay países que sufren amenazas intervencionistas por parte de las grandes potencias atrabiliarias y prepotentes.

Sus grandes recursos financieros y alta tecnología en las sofisticadas armas para la destrucción masiva convirtieron a varios países en superpotencias que se han repartido el mapa universal en regiones de influencia, sometiendo a los Estados dentro de esa jurisdicción y convirtiéndolos en víctimas del intervencionismo.

Estados Unidos de América se ha  convertido en el gendarme que pretende imponer sus criterios en los países de América Latina, a los que con sarcasmo denomina el patio trasero de sus dominios.

Después del coloniaje impuesto por España, Portugal y Reino Unido, a los criollos de América les costó sangre, dolor y lágrimas alcanzar la independencia para tratar de ser dueños de su propio destino.

Pero no ha sido fácil: hubo de apelar a diversos métodos de insurgencia para alcanzar una relativa soberanía.

En Cuba, gracias a la visionaria insurrección comandada por Fidel Castro, hace cinco décadas logró ser dueña de su destino, pero aún hoy mantiene ocupada la base de Guantánamo y es víctima de un inmisericorde bloqueo económico y político que le impide el ejercicio pleno de su libertad.

El presidente Obama reconoció que había sido inútil e infructuoso el bloqueo a la isla de Jose Martí y decidió normalizar las relaciones diplomáticas con Cuba.

Desgraciadamente, llegó al poder un siniestro personaje, cuyo único atributo es haberse convertido en uno de los más grandes magnates de Occidente, Donald Trump, que decidió retroceder el camino andado.

Pero no se queda allí: reconstruyendo el Ministerio de las Colonias (OEA), pretende intervenir, con absoluto descaro, en la República Bolivariana de Venezuela. Mueve los hilos de los súbditos para intentar cambiar los autodeterminados destinos de la Patria de Simón Bolívar y Hugo Chávez.

Esa nación hermana acaba de consolidar su régimen democrático al culminar victoriosa la realización de un nuevo proceso electoral, obteniendo el rotundo triunfo de gobernadores en 18 estados de los 22 que existen en ese país, en un enfrentamiento que contó con la supervisión de observadores de varios países y organismos internacionales.

La batalla librada por ese pueblo combatiente, bajo la conducción de Nicolás Maduro, no deja la más mínima duda respecto a la transparencia de esas elecciones.

Por encima de lo que piensen los gobernantes, los pueblos de este continente deben alzar las voces de solidaridad y fraternidad para con ese país libérrimo.

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