Con respecto a EE. UU., es probable que Trump recurra nuevamente a la show-diplomacia, alimentando un surrealismo que, por momentos, se ha ceñido a una serie de declaraciones políticamente incorrectas, pero que no está exento de generar una serie de consecuencias de difícil reversión en materia geopolítica.


Fuente: CELAG

El G20 nació durante la crisis de 2008, con el objetivo de evitar ‘otra catástrofe’ como la de los años ‘30. Sin embargo, el panorama ha cambiado. En los últimos diez años, el ‘consenso global’ impuesto por las potencias se ha debilitado frente a un claro ascenso de China y Rusia. La globalización como paradigma civilizatorio es puesta en cuestión, nada más y nada menos que desde EE. UU. Con Donald Trump, el liderazgo estadounidense se ha tornado cada vez más unilateral (realismo puro), haciendo inútiles, en la práctica, a los organismos multilaterales (íconos del liberalismo). Pero no estamos ante un retorno al realismo que caracterizó parte de la Guerra Fría, sino frente al surrealismo del América First de Trump, definido por la diplomacia del Twitter, la estética del show y una tendencia a la toma de decisión ‘intuitiva’, cercana a lo irracional –que, aunque probablemente responde a intereses concretos, lo hace por una vía poco ortodoxa y confusa-.

Desde su llegada al Gobierno, Trump irrumpió con una diplomacia de lo políticamente incorrecto y con un enfrentamiento directo con los países que le disputan hegemonía, no sólo a nivel mundial sino en América Latina: China y Rusia. Ambos países figuran en la Estrategia de Defensa y en la Estrategia de Seguridad Nacional como amenazas inmediatas a la seguridad nacional estadounidense. El Comando Sur de los EE. UU., también identifica a estos dos países como amenazas clave en la región, en particular en el terreno comercial y de inversión en infraestructura. Se afirma que son estrategias utilizadas como ‘puertas de entrada’ para la expansión territorial y para lograr una mayor influencia geopolítica.

Tensiones con China

La guerra comercial con China marcará las tensiones geopolíticas de la Cumbre del G20. Las advertencias de EE. UU. hacia este país se van concretando desde que el Gobierno de Donald Trump impuso, a principios de julio, un arancel del 25% a productos chinos por 34.000 millones de dólares, a los que podría sumar otros 16.000 millones. Además de lo netamente comercial, la pugna entre EE. UU. y China ha trastocado temas como el de la provincia de Taiwán y el mar del Sur de China, donde dos barcos de guerra de China y EE. UU. estuvieron a punto de colisionar. En este esquema, EE. UU. concibe como sus principales y necesarios aliados en Asia, a una India con posibilidades de constituirse en potencia global, a Japón y Australia.

Hay expectativas de que la reunión entre Xi Jinping y Trump reduzca las tensiones de la guerra comercial, aunque algunas voces advierten que esto es poco probable, señalando la posibilidad de que Trump aplique una vez más su show-diplomacia, con una reunión para la foto, sin proponer cambios sustantivos. Hará de cuenta  de que ‘se está haciendo algo’, sin la intención real de cambiar nada. Surrealismo que, en el mejor de los casos, no resuelve nada y, en el peor, desgasta las relaciones y aumenta las tensiones.

Tensiones con Rusia

También es probable que se concrete una reunión bilateral entre Trump y Vladimir Putin, que podrá dar pistas sobre una reconfiguración en las relaciones entre Washington y Moscú. El eje serán los planes de Washington de abandonar el tratado de eliminación de misiles nucleares de corto y medio alcance, lo que ha desatado una nueva escalada de tensiones con Rusia –sumada a la supuesta injerencia rusa en elecciones presidenciales 2016, acusación negada por la administración Trump pero que es apoyada por buena parte del Congreso-.

Por otra parte, la reunión se hace en un momento de una baja inesperada en los precios del petróleo, dando cuenta de que la producción probablemente supere a la demanda. La OPEP, que aboga por un recorte en la producción para mantener el precio, se reunirá el 6 diciembre, pero sus principales líderes, Putin de Rusia y el príncipe de Arabia Saudita, Mohammed bin Salman, estarán en la reunión de Buenos Aires. Habrá que estar atentos a posibles encuentros e intercambios sobre este tema que afecta no sólo a Venezuela, sino a Brasil, México y Argentina como productores de petróleo e importadores de derivados petroquímicos.

Tensiones con la Unión Europea

Hace algunas semanas, el presidente francés, Emmanuel Macron, señaló que EE. UU. podría convertirse en un ‘peligro’ para Europa y resucitó la idea de crear un ejército europeo. A esto se suma la propuesta de un acercamiento a Rusia (en lugar de la tensión propuesta por la administración Trump, sobre todo considerando que si se da de baja el acuerdo sobre misiles de corto alcance, el territorio inmediatamente afectado podría ser Europa).

La respuesta de Trump, siempre vía Twitter, es que un diálogo real respecto a la seguridad mutua entre Unión Europea y Rusia sería “una insolencia intolerable”. En ocasiones anteriores, Trump advirtió su poca simpatía hacia la OTAN que, afirma, es un gasto para EE. UU., y que los países europeos deberían pagar o salirse “…y si así se rompe la OTAN, que se rompa”. Claro que más allá de estas declaraciones, la OTAN es fundamental para EE. UU. de cara a la “amenaza rusa” (tal como la cataloga EE. UU.) y la desarticulación de este organismo no favorecería en absoluto a la tan deseada hegemonía estadounidense en la administración Trump.

El impacto en América Latina

La disputa entre EE. UU., China y Rusia afecta a América Latina en lo relativo a recursos estratégicos y energéticos, en cuanto a vínculos comerciales e inversiones en infraestructura que pueden tener repercusión geopolítica. Las bases chinas (militares o espaciales) en países como Nicaragua, El Salvador, Bolivia, Venezuela y Argentina aparecen como correlato militar de la ‘guerra comercial’. El complejo industrial-militar estadounidense ha respondido con una mayor presencia territorial en la región (apertura de bases de ‘asistencia humanitaria’, aumento venta de armas e incremento de cursos de entrenamiento y capacitación). China y Rusia disputan la hegemonía de EE. UU. en diplomacia y posicionamientos geopolíticos en torno a diversos conflictos (incluido el caso de Venezuela y habría que considerar próximas elecciones en Bolivia). Esto va definiendo un contrapeso frente a EE. UU. en la región, aunque la mayoría de los gobiernos estén alineados a la doctrina de seguridad estadounidense.

Con respecto a EE. UU., es probable que Trump recurra nuevamente a la show-diplomacia, alimentando un surrealismo que, por momentos, se ha ceñido a una serie de declaraciones políticamente incorrectas, pero que no está exento de generar una serie de consecuencias de difícil reversión en materia geopolítica. Podría utilizar la Cumbre del G20 para demostrar la inutilidad del sistema multilateral, como hizo en la reunión del G7 en Hamburgo, generando un escenario en el que la UE estaría más cercana a China y Rusia de lo que conviene a EE. UU. en la realidad, más allá del sueño del America First de Trump.