La década de 1960 en América Latina se inició con el triunfo de la Revolución Cubana, el 1 de enero de 1959. En ese momento, más del 70% de las exportaciones e importaciones de Cuba provenían de los Estados Unidos, gobernado por el republicano Dwight D. Eisenhower (1953-1961), quien inició el embargo de bienes contra Cuba (estaban excluidos alimentos y medicinas) en octubre de 1960, como represalia por las expropiaciones de propiedades a compañías norteamericanas.

Sin embargo, fue con el presidente John F. Kennedy (1961-1963) cuando la guerra fría se instaló definitivamente en América Latina. En su primer discurso presidencial (20/enero/1961), Kennedy marcó los ejes de esa “guerra: 1) nueva “alianza para el progreso”; 2) oposición a toda agresión, subversión y potencia hostil; 3) los EE.UU. serán la potencia hegemónica del continente (https://bit.ly/2yE81D0). En marzo de 1961 la nueva estrategia de los EE.UU. en América Latina se concretó en el programa Alianza para el Progreso (ALPRO).

En forma coincidente, para esa época la CEPAL contaba con un elaborado pensamiento económico sobre la región, basado en el cambio de las estructuras latinoamericanas, para fortalecer una industrialización sustitutiva de importaciones; la superación de la dependencia externa y de los desniveles en los términos del intercambio; la ampliación del mercado interno hasta entonces estrangulado y la necesidad de reformas agrarias que lo viabilizaran; una fuerte redistribución de la riqueza mediante el sistema progresivo del impuesto a la renta, el fomento a las inversiones privadas -aunque con controles y regulaciones sobre el capital extranjero- y, ante todo, la activa participación del Estado para promover inversiones públicas, la modernización económica y el desarrollo de cada país.

Tanto por la implementación de la Alianza para el Progreso (ALPRO) como por las ideas de la CEPAL, la década de 1960 inauguró el “desarrollismo” que favoreció, en última instancia, la consolidación del capitalismo latinoamericano, un proceso que, de todos modos, implicó el paso histórico más importante para una región anclada en el pasado económico, el subdesarrollo y el predominio del tradicional régimen oligárquico. Si en lo económico se impulsó un programa modernizador, en la geoestrategia imperialista continental se trabajó en otros frentes.

Fue el presidente Eisenhower quien inició el bloqueo contra Cuba, denominado eufemísticamente embargo, en octubre de 1960. Abandonando la política de acercamiento de Barack Obama, Donal Trump lo revivió y reforzó.

En lo ideológico, mediante el uso de la prensa, comics, libros, artículos, y cualquier otro elemento útil para la propaganda y la difusión, permanentemente se edificó la idea de que Cuba era una amenaza para el continente, con un gobierno represivo y violador de derechos, una isla sin democracia, en manos de los comunistas y finalmente de los rusos, etc.

En lo político, la guerra fría implicó desestabilizar a todo gobierno que no se inclinara a seguir las directrices de los EE.UU. e incluso el derrocamiento de gobernantes identificados como “izquierdistas”, para lo cual se potenciaron las acciones de la CIA. Así ocurrió en Ecuador: ni José María Velasco Ibarra (1960-1961) ni Carlos Julio Arosemena (1961-1963) quisieron romper con Cuba hasta que un movimiento militar obligó a que Arosemena hiciera la ruptura y, luego, un golpe orquestado por la CIA derrocó al mandatario e instauró una Junta Militar (1963-1966) anticomunista y pronorteramericana.

En lo militar, no solo se acentuó la preparación técnica e ideológica de los militares latinoamericanos en escuelas e instituciones norteamericanas, sino que las fuerzas armadas de la región pasaron a ser el mejor instrumento aliado de la lucha contra la “subversión” y el “peligro comunista”. A qué punto llegó ese verdadero “lavado de cerebro” en las fuerzas armadas de la región puede advertirse con la instauración de los regímenes terroristas y anticomunistas iniciados por Augusto Pinochet en Chile (1973-1990) y reproducidos en el Cono Sur latinoamericano de la época.

En lo diplomático, se arribó a la reunión de la Organización de Estados Americanos (OEA-enero/1962) en la que se acordó la expulsión de Cuba del sistema interamericano, con lo cual la isla quedó plenamente bloqueada. Pero la diplomacia imperialista, además del cerco y del embargo, incluyó acciones directas para asesinar a Fidel Castro, un intento de invasión (Bahía de Cochinos, 1961) y la crisis de los misiles (1962), todo lo cual obligó a Cuba a definir como socialista su Revolución y buscar alianzas en los países socialistas, incluso por razones de supervivencia.

El socialismo en Cuba y el auxilio de la URSS salvaron a la isla de la asfixia económica y el ahorcamiento político continental e impidieron el derrumbe de la revolución. Para los EE.UU. el bloqueo a Cuba pasó a ser una política de Estado permanente. Aunque Jimmy Carter (1977-1981) fue flexible con los viajes de norteamericanos a Cuba, Ronald Reagan (1981-1989) reanudó el bloqueo total.

En forma paralela, con el inicio de la perestroika (1985), su desenlace en el derrumbe del bloque socialista y el fin de la URSS (1991), la situación de Cuba se tornó precaria. En tales circunstancias, el bloqueo a la isla desde los EE.UU. se agudizó, con el propósito de lograr el fin del “castrismo” y del socialismo.

En 1992, la “Ley Toricelli” suscrita por George H. W. Bush (1989-1993), sancionó a empresas estadounidenses que tuvieran negocios con la isla a través de terceros países, así como se prohibió (6 meses) la entrada a puertos norteamericanos de barcos que hayan comercializado con Cuba. En 1996, la “Ley Helms-Burton”, con Bill Clinton (1993-2001) sancionó, con represalias legales, a compañías extranjeras (no norteamericanas) que tuvieran relaciones económicas con Cuba, provocándose así un claro uso de la extraterritorialidad de las leyes de EE.UU. sobre el mundo.

Sin embargo, en forma paradójica, mientras el bloqueo norteamericano se reforzaba, en América Latina, los países rompieron el cerco y progresivamente restauraron relaciones con la isla (Ecuador lo hizo en 1979). Gracias especialmente a  la posición asumida por los gobiernos progresistas de América Latina, en 2009 la OEA levantó las sanciones a Cuba; en 2011 ese país formó parte de la fundación de la CELAC; en 2015 Cuba fue incorporada, por primera vez, a la VII Cumbre de las Américas, en la cual Rafael Correa, presidente del Ecuador (2007-2017) tuvo una actuación decisiva. Europa ha condenado el “obsoleto e ilegal” bloqueo norteamericano; y hasta en las Naciones Unidas  (desde 1992 hasta 2017) en 26 ocasiones su Asamblea acordó rechazar el boqueo de EE.UU. a la isla.

Bajo ese ambiente mundial,  después de 54 años de ruptura de relaciones, el 20 de julio de 2015 se abrió la embajada de Cuba en Washington y el 14 de agosto la de Estados Unidos en La Habana, un hecho que reivindica, para la historia contemporánea, a los presidentes Raúl Castro y Barack Obama, quienes se reunieron en La Habana el 21 de marzo de 2016, en un encuentro inédito que presagió el posible fin del bloqueo norteamericano.

El bloqueo representa, hasta ahora, unos 822 mil millones de dólares en daños históricos acumulados. América Latina es la región que mejor puede encabezar la defensa de Cuba y el cuestionamiento del injusto y brutal bloqueo mantenido contra la isla.

Todo el panorama se alteró con el ascenso presidencial de Donald Trump (20/enero/2017), quien abandonó la política de acercamiento de su antecesor y revivió la del reforzamiento del bloqueo, con una serie de medidas que recuerdan a la década de 1960.

Con esta nueva situación, Cuba no puede comercializar con los EE.UU.; debe pagar en efectivo, en forma previa .y a través de terceros países, una serie de adquisiciones de bienes; no puede haber inversiones norteamericanas en la isla y distintas empresas boicotean la adquisición de productos destinados a Cuba; y han retornado las prohibiciones de visitas de estadounidenses a la isla.

El bloqueo explica la escasez de productos, precariza el mercado interno y afecta a toda la población cubana. Representa, hasta el momento, unos 822 mil millones de dólares en daños históricos acumulados. Es decir, unas 8 veces el valor del PIB del Ecuador, que es, en cifras redondas, de 103 mil millones de dólares en 2017.

Por la experiencia histórica descrita, América Latina es la región que mejor puede defender sus propios intereses y sin duda, encabezar la defensa de Cuba y el cuestionamiento al injusto y brutal bloqueo que los EE.UU. han mantenido contra la isla.

Pero el latinoamericanismo es, de todos modos, una política que depende de la existencia de gobiernos que comprendan el movimiento de la historia y sepan ubicar al fenómeno del imperialismo en su significado nefasto para nuestros países. Algo que se pone en jaque cuando aparecen gobiernos derechistas, que son los que suelen inclinar su cabeza ante los poderosos imperiales y los intereses privados internos, en lugar de movilizar la dignidad, el honor, el latinoamericanismo y la soberanía de los pueblos.

Fuente: Firmas Selectas Prensa Latina