No cabe duda, el conflicto venezolano tiene una dimensión geopolítica irreductible a la lógica binaria schmittiana amigo-enemigo. El anti-imperialismo es el último bastión de unidad posible para el gobierno encabezado por Nicolás Maduro (sin duda, el presidente elegido bajo la legalidad constitucional en curso). Pero esto no debe llevarnos a reducir la conflictividad social a la simple polarización imperialismo-nacionalismo. Hay más. Las dinámicas de las distintas regiones históricas de Venezuela están sujetas a profundos cambios en las relaciones de poder, y ello incluye los vínculos con los procesos de acumulación global y la medida geopolítica del capital en curso.

Esto nos lleva a plantearnos la factibilidad de una invasión estadounidense a Venezuela. Si bien es cierto que Washington nunca descarta esa posibilidad en su acción como potencia hegemónica, no siempre puede abrir la puerta a una invasión cuando le plazca al presidente de turno. Se necesita una alineación de los factores de poder interno (no pensemos que dentro del imperio más poderoso del mundo todo es homogéneo), así como un panorama geopolítico favorable: dos cuestiones que no están dadas de hecho en el momento actual. Sin embargo, vale la pena revisar las hipótesis en curso. Como toda hipótesis, se trata de tendencias sujetas a procesos de contrastación.

Hipótesis I, invasión y cambio de gobierno.

EE.UU. prepara el terreno de la opinión pública internacional (como lo viene haciendo desde hace varios años) y genera un falso positivo que desencadena la operación militar ya planificada (como de hecho se ha recientemente ensayado en varias oportunidades).

Las fronteras con Colombia y Brasil son los ejes de cerco militar, en especial la primera. La modernización llevada a cabo por las fuerzas armadas colombianas con el objetivo de convertirlas en una fuerza multimisión aún no pueden hacerle frente a la capacidad de la aviación venezolana, por lo que necesitaría apoyo aéreo y terrestre estadounidense (con la consiguiente movilización de tropas hacia Colombia, como presuntamente se hizo). Desde el Mar Caribe y en conjunto con el uso de facto de la base de Manta en Ecuador (cedida de nuevo por Lenín Moreno) se podría crear una zona de exclusión aérea contra Venezuela.

El control de los pasos de entrada por el Mar Caribe desde las bases de Guantánamo en Cuba, la misión de la MINUSTAH en Haití y desde Puerto Rico impedirían la posible llegada de ayuda militar desde Rusia, atizando un probable enfrentamiento en aguas internacionales. La entrada desde Colombia de fuerzas irregulares, y luego de fuerzas regulares buscaría aislar la media luna, con prioridad sobre el Zulia por su salida hacia el Caribe y el resguardo de los campos petroleros allí ubicados. Desde las bases de Curazo (Hato Rey), Aruba (Reina Beatriz) y Bonaire se podría emprender una acción aérea contra Caracas y otras capitales, así como defender la salida y entrada del golfo de Venezuela en el Zulia. Al bloqueo aéreo y el bombardeo de población civil (para crear caos) y puntos estratégicos (como el mismo palacio de Miraflores, y de servicios vulnerables como la electricidad), le seguiría un intento de activar los factores reaccionarios de las Fuerzas Armadas venezolanas para quitar (parcialmente) el apoyo al gobierno, así como declaraciones de factores de oposición (como Juan Guaidó y otros personajes) anunciando la sustitución del gobierno y aceptando la entrada de fuerzas militares extranjeras.

A lo interno, la resistencia militar efectiva tendría que articularse en una resistencia popular (milicias y otros cuerpos populares armados) ante una llegada de tropas estadounidenses y colombianas, en especial en la frontera y en la capital; el apoyo de Nicaragua y especialmente de Cuba sería fundamental en un proceso de resistencia armada. En el sur del país la entrada de tropas por la frontera brasilera sólo sería factible una vez alcanzada posiciones estratégicas en la frontera colombiana y en la capital. Si el gobierno de Venezuela ve vulneradas sus posiciones en la media luna y la posibilidad de invasión por el sur del país, no dudaría en explotar y dejar inoperante buena parte del parque industrial petrolero de la FAPO (tal y como propuso el constituyentista Fernando Travieso). Lejos de estabilizar el país, con una invasión la conflictividad social aumentaría y podría traer aparejada una guerra civil con la activación del fascismo de amplios sectores de la sociedad civil (incluyendo clases trabajadoras). A nivel internacional una acción de invasión agudizaría los escenarios de guerra que mantiene Estados Unidos, especialmente en medio oriente y el Sur de Asia. Ante la imposibilidad de enviar ayudar militar directamente a Venezuela, Rusia e Irán podrían iniciar una escalada en medio oriente para defender a Siria y desactivar militarmente a Israel. Este último también podría aventurar alguna incursión militar contra Teherán e incluso contra Iraq. Por su parte, Corea del Norte podría aprovechar el aumento de la conflictividad social para amenazar las posiciones de Estados Unidos en el pacífico, incluyendo ataques con los cohetes de largo alcance recientemente desarrollados, lo que traería una reacción militar de Japón y posiblemente de Corea del Sur.

En cualquier caso, una invasión a Venezuela traería aparejada una intensificación de los conflictos bélicos a escala internacional que Estados Unidos no está en posición de asumir sin perder notablemente sus intereses y las posiciones que ha alcanzado en dichas regiones.

Hipótesis II, desestabilización interna y cambio de régimen por la fuerza.

Con la desmovilización de las FARC-EP la penetración paramilitar en Venezuela, tan vieja como la misma guerra interna de Colombia, se incrementó de manera notable.

La activación de grupos paramilitares en conjunción con factores reaccionarios de las Fuerzas Armadas Venezolanas es otra carta que está jugando Estados Unidos. Una incursión paramilitar de gran escala debería incluir un ataque a la media luna, con énfasis en Táchira y Zulia, así como un asalto al palacio de Gobierno para intentar un magnicidio o secuestro del presidente Maduro y parte de la dirección político-militar (como de hecho se intentó con la llamada Operación Jericó en 2015).

A esta acción de grupos mercenarios le debería seguir un pronunciamiento de sectores reaccionarios de las Fuerzas Armadas aceptando un eventual cambio de régimen y promoviendo un gobierno de transición encabezado por factores de la oposición (¿con Juan Guaidó a la cabeza?) y en compañía de los cuerpos diplomáticos del Grupo de Lima, Estados Unidos, el episcopado venezolano, y otros gobiernos europeos.

La reacción contraria de Rusia, China, Irán y Turquía, así como de Bolivia, Nicaragua y Cuba sería inmediata, con gran peso diplomático pero sin capacidad de intervenir internamente si se diera una presunta movilización de grupos de las Fuerzas Armadas a favor del cambio de régimen.

La persecución y asesinado de los líderes de la dirección político-militar actual sería inmediata, y se incrementaría a escala insospechada el asesinato de líderes sociales de todos los sectores. Ante un magnicidio o secuestro del presidente y la activación de factores paramilitares y militares, el pueblo no podrá reaccionar como en 2002, donde el golpe de Estado fue mediático y sin apoyo militar o paramilitar para los golpistas.

La factibilidad de este camino está cerrándose toda vez que el gobierno venezolano ha logrado: 1) desactivar los distintos dispositivos de magnicidio (como el recientemente fallido atentado con Drone), 2) impedir incursiones paramilitares de gran escala y 3) bloquear a tiempo la activación de factores conservadores de las Fuerzas Armadas. Además, ha logrado mantener la movilización en las calles bajo la bandera del nacionalismo anti-imperialista.

Hipótesis III, salida pacífica de la coyuntura, incremento de presiones diplomáticas y de los problemas económicos.

La tensión interna continúa, y la conflictividad social aumenta toda vez que el gobierno no ha logrado dar respuesta a los problemas socio-económicos de la población, sólo ha logrado contener por momentos la irrupción de la protesta social por medios violentos, ganando tiempo en la búsqueda de soluciones políticas estructurales. A la vez, los factores más reaccionarios que aún mantienen cargos de poder vienen cerrando las puertas a las organizaciones populares más radicales que apuestan por salidas menos vinculadas a la negociación con la burguesía comercial e importadora o las concesiones a grupos bancarios y mafias financieras.

Los triunfos diplomáticos indudables de Venezuela en la ONU y otros espacios le permiten moverse en el terreno de la solución de conflictos internacionales con posturas de negociación favorables. El apoyo frontal de China y especialmente de Rusia, así como de otras potencias regionales como Irán y Turquía, o potencias diplomáticas como Cuba, le dan un respaldo incuestionable e infranqueable incluso para el mismo Estados Unidos. Sin embargo, las presiones internacionales van a continuar, y el gobierno quedará inmerso en un juego de disputas diplomáticas y posiciones estratégicas donde el menor error interno (incluyendo falsos positivos y dispositivos mediáticos manipulados) puede hacer revertir el apoyo de la comunidad internacional, abriendo de nuevo la posibilidad de una invasión o la necesidad de negociar con factores de poder interno de manera desvaforable.

Las sanciones económicas contra Venezuela escalarán y podrían convertirse en un bloqueo económico real (tal y como lo padece Cuba) en el mediano plazo. Además, los factores reaccionarios internos de la dirección política y militar inmersos en la economía parasitaria y beneficiarios de los ciclos de extracción de plusvalor por la vía de la especulación, intensificarán las dinámicas de saqueo y opresión a las clases trabajadoras, lo que a su vez incrementará el proceso de destrucción del tejido social construido durante la Revolución Bolivariana, así como de los procesos organizativos para el ejercicio real del poder popular (manteniendo sólo aquellos promovidos desde arriba para recibir la asistencia, necesaria en la coyuntura). La conflictividad social interna aumentará en medio de constantes tensiones diplomáticas. Este parece ser el camino que actualmente recorremos, sin que los dos anteriores se encuentren completamente cerrados.

En los tres escenarios el resultado será el aumento de la conflictividad social interna en Venezuela, así como de la tensión diplomática internacional. En los tres escenarios se acrecienta la dominación de las clases trabajadoras y la destrucción de sus procesos de organización social contestatarios y autónomos; incluso de manera no intencional o como efecto indirecto del mismo proceso de defensa asumido por la dirección política actual. En los tres escenarios el campo político determina los movimientos prácticos del campo socio-económico, por lo que las disputas políticas harán presión entre la búsqueda de la estabilidad (parcialmente lograda con la constituyente), y la inestabilidad (buscada con la coyuntura actual que tiene en Juan Guaidó el títere de turno). No se ven alternativas claras, no porque no existan, sino porque las propuestas más o menos elaboradas por grupos de base de la izquierda no cuentan con una capacidad de movilización o impacto social como para hacer valer una alternativa político-económica en lo inmediato. No es posible retrotraer a los procesos de movilización de los años 98 al 2005, en especial porque existe un desfase entre el proyecto político, la dirigencia actual y los procesos de organización popular. Se avecinan tiempo más difíciles y complejos a nivel social.

Por REDH-Cuba

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