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Opinión

Los procesos insurreccionales paren cambios políticos. Por Paula Klachko

No es mecánico ni hay tiempos prefijados, pero es una constante si estudiamos la historia de nuestros pueblos. En la historia más reciente de Nuestra América, luego de las insurrecciones populares en Ecuador (2000 y 2005), Bolivia (2003) y Argentina (2001) sobrevinieron cambios en las relaciones sociales y políticas de fuerza que se trasladaron a los comandos institucionales del Estado. En cada lugar ocurrió a su tiempo y con sus respectivas articulaciones, contradicciones, fracasos y derrotas, pero indefectiblemente cuando un pueblo expresa su masiva voluntad y disposición de lucha no es posible que el orden político vigente se mantenga inmutable.

También diez años antes en Venezuela, en 1989, ocurrió la primera insurrección popular (el llamado Caracazo) contra los planes del FMI centrados en el ajuste sobre los ingresos y condiciones de vida del pueblo. La catalización política de ese proceso necesitó años para articularse y grandes sacrificios, bajo el asedio de un estado represor que encarceló, mató y torturó a las disidencias. De las fuerzas armadas provino ese joven militar insurrecto en 1992 que supo tejer reclamos, desamparos e injusticias varias y añejas para entrar por el enorme agujero de la crisis política y de representación de las clases dominantes al gobierno del estado en febrero de 1999.

En el Ecuador insurrecto, la traición del actual presidente innombrable (pues es todo un pecado histórico que posea ese nombre) tiene su antecedente bastante reciente en Lucio Gutiérrez: militar que se disfrazaba de Hugo Chávez y que encabezó una alianza interesante e importante surgida de la rebelión popular, con las organizaciones indígenas, que luego de asumir el gobierno traiciona rápidamente su mandato y programa asumiendo los planes del FMI, alineándose con Estados Unidos y tratando de sellar un pacto con la oligarquía asegurándoles impunidad. No duró mucho. La “rebelión de los forajidos” (antecedente de la de los “zánganos”, como bautizara a la actual el señor Moreno) lo hace escapar en helicóptero de Carondelet el 20 de abril de 2005, y es recién desde otra articulación política que en 2006 la Alianza Pais gana las elecciones frente a ese sistema podrido. En esa crisis de representación producto de una crisis hegemónica se gesta la Revolución Ciudadana encabezada por Rafael Correa. Es decir que lo que se expresa ya en la insurrección de 2000 contra Mahuad es recién catapultado al gobierno nacional en 2006.

También en Bolivia las importantísimas movilizaciones y luchas populares que se fueron articulando y extendiendo cada vez mas durante los ’90, con al menos dos sendas insurrecciones populares en 2000 (“guerra del agua”) y en 2003 (“guerra del gas”), recién para fines de 2005 con ese gran tejedor y articulador de esas luchas, Evo Morales, retomando las principales banderas, reclamos y demandas del pueblo -renacionalización de los hidrocarburos y Asamblea Constituyente- se logran ganar las elecciones presidenciales asumiendo el gobierno en enero de 2006.

En Argentina, después de la insurrección popular de 2001, hay una transición que intenta ir de la convertibilidad y la valorización financiera del capital hacia un modelo mas productivista-exportador pero basado también en el ajuste de las condiciones de vida de los trabajadores para ser “más competitivos”. Fue la alianza que toma el nombre de kirchnerismo la que, a partir de 2003, lleva a las políticas de estado las principales demandas que habían emergido en la insurrección de 2001.

Como vemos, cada uno a su ritmo, esos procesos insurreccionales y los cambios en las correlaciones de fuerzas que generan han parido cambios en las estructuras políticas.

No se han desarrollado posteriormente procesos de esa naturaleza, insurreccionales y de masas, en nuestra América porque, claro, se constituyó el llamado ciclo progresista o posneoliberal que consagró como políticas de estado muchas de las demandas de los pueblos expresadas en el ciclo de la rebelión de los ’90. Lo que sí hemos observado son protestas de una parte -minoritaria- de los pueblos contra gobiernos populares que intentan tomar la senda insurreccional del pueblo pero que finalmente muestran su comando mayor conjunto en las elegantes gentes de blanco de las capas medias altas, los medios corporativos mundiales de manipulación psicológica y terminan elevando sin disimulo la bandera de los Estados Unidos o codeándose con sus altos dirigentes (casos de Venezuela, Nicaragua y ahora Bolivia).

Durante el ciclo progresista, tal como ha sucedido en otros momentos históricos en los que alianzas que integran a la clase obrera y partes del pueblo llegan a los gobiernos dentro del marco capitalista, se desarrollaron otras contradicciones que fueron profundizándose, las que sumadas a reclamos pendientes y errores propios generaron un nuevo terreno de luchas y polarización política.

Las derechas arremetieron en la mayor parte de casos con golpes de estado para desalojar a los gobiernos populares de los estados, salvo el caso de Argentina. Pero entonces a partir de 2015, con el cambio en la correlación de fuerzas y un reflujo del ciclo progresista, comenzó a generarse la lucha de los pueblos contra los desastres sociales que muy pronto se hicieron sentir producto de las políticas de concentración del capital. Ya no era una lucha ofensiva por mejorar las condiciones de vida ya mejoradas con los gobiernos populares -como por ejemplo en la Argentina las huelgas contra el “impuesto a las ganancias” durante el segundo gobierno de Cristina Kirchner- sino que las luchas pasaron a ser defensivas: por la defensa del salario y de las condiciones de vida de las y los trabajadores y para frenar las políticas que pretendían destruir nuestras conquistas sociales y políticas reconocidas por ley. Luchas defensivas que se hicieron cada vez más masivas. En Argentina contra las reformas estructurales que la ceocracia no pudo terminar de imponer a su gusto gracias a la enorme articulación en las calles de las principales centrales y organizaciones sindicales y movimientos sociales y populares. En Chile con los movimientos como el estudiantil, el No mas AFP, las mujeres y el pueblo Mapuche. En Ecuador con el levantamiento popular en general e indígena en particular contra las políticas del FMI que está al timón de la economía, al igual que en la Argentina. En Haití con un proceso de movilización continuada desde hace mas de un año contra la brutalidad colonial multinacional que pretende controlar a la díscola isla. Y en Honduras contra la dictadura emanada y continuada desde el golpe a Zelaya en 2009.

Hoy los procesos insurreccionales emergen nuevamente en nuestra región en esos países gobernados por la derecha que son levantados como modelos a seguir por los presidentes oligárquicos y vasallos de Washington de la región. Un claro ejemplo fue el patético discurso de Macri al día siguiente de perder las elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO) enojado con el pueblo elector por haber votado “mal” y hacerlo perder frente a una opción electoral que plantea un proyecto de país diferente y alternativo al saqueo sistemático encabezado por el presidente saliente y la ceocracia, en vez de hacer como en Chile, Perú y Colombia donde se votan distintas opciones para continuar con los mismos modelos económicos y las mismas políticas de estado, en coincidencia con el voto del “mercado”, su dios.

Pues el pueblo argentino, con una solida articulación social y política mediante, le dijo basta al neoliberalismo en las urnas. En Chile 46 años de acumulación de bronca se expresan en una rebelión completa. La recurrente, valiente y emocionante imagen de los cuerpos frente a las balas muestra que las y los jóvenes chilenos se han despojado del miedo que había calado hondo con el genocidio pinochetista. En Ecuador, en cambio, se manifiesta en la insurrección la memoria reciente de haber vivido hace poco más de 2 años una mejor vida y haber elegido continuar con esa vida mejor bajo la figura de quién ni bien asumido la presidencia comienza a traicionar una por una las promesas y el programa por el que fue votado, y a alinearse automáticamente con las corporaciones mediáticas, los grandes empresarios y Washington en la política internacional. Esa memoria reciente aflora junto a la memoria mas larga de saber echar presidentes cuando no cumplen con su mandato.

Todos esos gobiernos títeres juntándose como buenas marionetas de los EEUU en el grupo de Lima para atacar a Venezuela, que fue y es la vanguardia de los cambios progresistas y revolucionarios de nuestro tiempo en nuestra América, se aferran a sus sillones presidenciales aún luego de semanas de insurrección popular. Esto constituye una diferencia con algunas experiencias del ciclo de la rebelión popular de los 90 en las que luego de un par de días de intensas insurrecciones populares renuncian los presidentes De la Rúa (Argentina 2001), Jamil Mahuad (2000) y Lucio Gutiérrez (2005). Un poco mas tardó Gonzalo Sánchez de Losada en renunciar (2003), quien luego de 9 días de insurrección y 60 muertxs se escapa a refugiarse en los EEUU, quedando como presidente Carlos Mesa, su vicepresidente y por lo tanto cómplice de esa matanza, quien ahora dirige o pretende dirigir la contrarrevolución boliviana y vuelve a llenarse las manos de sangre del pueblo.

Pero ahora los presidentes de derecha Moreno y Piñera se atornillan a sus asientos presidenciales porque Washington los necesita demasiado. Lo que crece y renace en Nuestra América es la lucha y con ella la ola progresista. Vuelven los gobiernos populares a pesar de las maniobras acusadoras y persecutorias de los medios hegemónicos y los aparatos judiciales de las clases dominantes.

El oxígeno progresista que trajo el cambio en el timón del estado en México y ahora en Argentina -y ojalá que continúe en Uruguay-, se suman a la resistencia de Bolivia, Venezuela, Nicaragua y Cuba. Otra vez como hace 5 años un núcleo duro antiimperialista y un segundo anillo progresista apuestan a la reconstrucción de los grados de integración y unidad regional logrados hasta 2015. Aún con contradicciones y disputas que se expresan en la gestación de espacios de organización internacionales diferentes, como el grupo de Puebla, o el Foro de San Pablo o el ALBA, y algunas organizaciones incluso poniendo un huevo en cada canasta, constituyen un viraje estratégico para neutralizar las guerras de cerco y asfixia sobre aquel núcleo revolucionario.

Las políticas agresivas de Washington lamentablemente encuentran hoy un territorio propicio en el enorme Brasil, pero sin dudas encuentran frenos y lo seguirán encontrando en América Latina, reservorio moral de lucha de la humanidad.

Cómo y cuándo lograrán los pueblos de los países hermanos que se están levantando contra los gobiernos de derecha articular una fuerza social y política que pueda desalojar a los socios menores del capital trasnacional de sus gobiernos, nadie puede predecirlo, pero sin duda va a suceder. Cuando las masas expresan esa disposición y voluntad de lucha ya no hay espejitos de colores que las adormezcan. No lo hacen las balas, menos lo harán unas dádivas y unas falsas promesas. En Chile la Mesa para la Unidad Social sabrá parir sus referentes para consolidar el camino a la imprescindible asamblea Constituyente. La tozudez del personajillo traidor ecuatoriano en continuar con los planes del FMI reforzará un escenario de lucha en el que las bases presionarán para la necesaria sutura entre el campo popular indígena y las y los referentes políticxs, muchxs de ellxs del gobierno popular anterior, así como también de seguro sabrán consolidar nuevas dirigencias que expresen a esa fuerza popular también en la superestructura política y electoral. En Bolivia, el gobierno de los movimientos sociales y sus bases sabrán enfrentar, no sin sacrificios, la avanzada de los privilegiados tal como lo hicieron frente a los intentos secesionistas, golpistas y proimperialistas de 2008. Mal que les pese al poder del capital, Venezuela y Cuba nos iluminan con su ejemplo. La lucha de clases se agudiza y polariza. Nada nuevo bajo el sol. Pero eso sí: sale el sol.

 

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