Opinión

Vivir la Revolución, amar nuestra bandera. Por Yusuam Palacios Ortega

Enfrentamos hoy una desigual guerra cultural que se traduce en la toma de partido entre el socialismo o el capitalismo; entre la cultura del ser o la cultura del tener, entre el patriotismo o el egoísmo que encuentra su máxima expresión en un individualismo despiadado. La lucha por la supervivencia humana encuentra un escollo muy fuerte en el capitalismo devorador de los pueblos, de sus culturas, identidades y símbolos, el que, a través de la ley del más fuerte, lucha como fiera enjaulada por mantener su hegemonía.

 

Los cubanos vivimos una Revolución que apuesta por la salvación y dignificación del ser humano; hija de la cultura y las ideas; una Revolución “con los pobres de la Tierra”; con todos y para el bien de todos. El cerco desideologizante de la penetración cultural hegemónica del capitalismo, de la colonización de las mentes tropieza con la coraza ética y el escudo moral de nuestra resistencia como contracultura: la identidad nacional; los valores que nos fraguan como revolucionarios, patriotas y antimperialistas; los símbolos que nos hacen ser militantes por la justicia social, propagadores de las ideas del socialismo, de su cultura. Recordemos a José Martí cuando expresó:“…la madre del decoro, la savia de la libertad, el mantenimiento de la República y el remedio de sus vicios, es, sobre todo lo demás, la propagación de la cultura”.

 

El principal instrumento de dominación con que cuenta el enemigo imperialista es la guerra cultural, imponiendo al mundo patrones nocivos de una cultura ajena a las raíces identitarias de los pueblos; ello, desde una maquinaria mediática y la industria del entretenimiento que solo muestran su operación, a gran escala, de colonización cultural. Y es en este punto en el que se enmarca la batalla cultural por la defensa de nuestra condición de cubanos; la soberanía e independencia, el carácter entero y dignidad humana de los hijos de la Patria. Se trata de salvar la cultura para tener siempre libertad, de ser consecuentes con la historia patria, sentir y vivir los símbolos que nos identifican y definen. Es una actitud ante la vida su respeto, honra y protección.

 

La clave del patriotismo radica en amar a los símbolos y desterrar el egoísmo personal, colocando en nuestra bandera, alrededor de la estrella, la fórmula del amor triunfante. En los pueblos que luchan contra el colonialismo “son fuerzas inmensas con las que cuentan, muy superiores a sus escasas fuerzas materiales, porque son capaces de promover la emoción, exaltar los valores y guiar la actuación hasta cotas de esfuerzo, incluso de abnegación, heroísmo y sacrificios, que serían imposibles sin ellas, y propician triunfos que pueden ser asombrosos”, como nos expresara el inolvidable Fernando Martínez Heredia.

Se eleva hermosa la bandera nacional, la que sabremos defender todavía alzando los brazos del decoro como muestra más auténtica de dignidad, de patriotismo, de nuestra condición antimperialista. La bandera nacional deviene causa común para todo patriota en esta batalla por la cultura y los símbolos. Sus colores redentores llaman a pelear, ella preside nuestras marchas y sangra con sus hijos. Todo sacrificio por ella es poco, vibra emotivo el espíritu de quien la respeta y venera; y cuando la ve en peligro, pelea y si fuese preciso, muere por ella.

 

Hoy se hace más fuerte el plan de ataque del enemigo; nos quiere destruir, mancillar la libertad que con tanta sangre derramada logramos los cubanos, la soberanía e independencia de la Patria, nuestra Revolución socialista. Tenemos que hacer cada vez más fuerte nuestro plan de resistencia, y ello pasa por la conciencia y las ideas, el patriotismo, sentir en lo más hondo nuestros símbolos, vivir la Revolución, amar nuestra bandera.

 

Fuente: Juventud Rebelde

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