Opinión

Nuestra América, una relectura contemporánea, a 130 años de su primera edición. Por Marlene Vázquez Pérez

El 1ro. de enero de 1891 publicaba José Martí, en La Revista Ilustrada de Nueva York, su ensayo “Nuestra América”. El 30 del mismo mes lo reproducía El Partido Liberal de México. Con este texto se culminaban, en la síntesis de la madurez, antiguas inquietudes martianas, y a la vez se marcaba un hito significativo en la historia del género en lengua española. Además, y esto no podía suponerlo Martí en el lugar y momento de la escritura, estaba saliendo a la luz el ensayo que inauguraba, con casi una década de antelación, el modo de decir del género en el siglo XX.

Como es justo suponer, “Nuestra América” es también el resultado del diálogo martiano con una producción intelectual latinoamericana y universal previa, respecto a los debates identitarios continentales, de la que es deudora, y a la que sobrepasa tanto por su contenido como por el modo de expresión. Su polémica con otros autores que le son afines o con los cuales diverge ha sido objeto de estudio de varios exégetas de renombre, pero el cubano les saca a todos ventaja en ese peculiar modo de cimentar su ensayo desde la síntesis que le otorga su especial estro poético, desbordado en una prosa de profunda raigambre imaginística.

Cintio Vitier, al estudiar el paradigmático texto martiano,  entiende por “imaginización” la capacidad de convertir la realidad en imágenes, por lo cual declara: “No se trata de fantasear o inventar cosas que no existen, sino de ver la realidad, aparentemente azarosa o caótica, bajo especie de imagen poética y plástica, con lo cual se ofrece estructurada, fascinante y llena de sentido social, político, humano. La imagen resulta así, no un truco supuestamente embellecedor o sustitutivo, sino, rigurosamente, un medio e incluso un método de conocimiento.”[1]

“Nuestra América” puede ser entendida como una especie de summa de  la obra martiana, porque de manera particular  convergen en la escritura, se engarzan entre sí  y se  complementan armónicamente,  inquietudes de muy larga data, de manera que en una lectura diacrónica de la obra del gran cubano es posible ir rastreando, voluntariamente o no, los textos genésicos. Esto no significa mera repetición de ideas previas, sino concentración, acendramiento, en un continuo proceso de escritura y análisis de la cultura y la historia,  que alcanzan en este ensayo su punto cenital por la originalidad conceptual y la raigambre poética.

Lo primero que llama la atención es el lugar de la publicación, toda vez que estamos ante un documento de definiciones culturológicas capitales para nuestro ámbito. Desde el mismo título legitima Martí un término que maneja desde mucho antes para definir a la comunidad de pueblos situados geográficamente entre el Río Bravo, por el norte, y la Patagonia, por el sur. Esta área es una familia con similar origen, lengua y cultura, amén de las diferencias regionales obvias. Comunes son también los desafíos futuros, entre los que está la preservación de la independencia y la soberanía de cada nación, para lo cual es indispensable conseguir la unidad continental.

Como ya se ha dicho, el ensayo apareció por primera vez en La Revista Ilustrada de Nueva York, el 1ro. de enero de 1891. Esta publicación, propiedad del panameño Elías de Losada, circulaba en la emigración hispanohablante establecida en la urbe, y llegaba a tener alcance continental. Contaba con un distinguido grupo de colaboradores, entre los que habría que destacar a Rubén Darío, Juan Montalvo, Manuel Gutiérrez Nájera, Salvador Díaz Mirón.  Figuras protagónicas en la publicación fueron el venezolano Nicanor Bolet Peraza y el centroamericano Román Mayorga Rivas, con quienes Martí tenía relaciones de amistad, fortalecidas al calor de las actividades que se desarrollaban en la Sociedad Literaria Hispanoamericana de Nueva York, en la que el cubano fue miembro de la junta directiva, primero como vocal y luego como presidente. Además, el venezolano, de amplia ejecutoria en el campo diplomático, sería uno de los   representantes de su país a la Conferencia Panamericana, que se había iniciado el 2 de octubre de 1889.

El 19 de diciembre de 1889 tuvo lugar una velada de homenaje  en la sede de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, y fue Martí quien pronunció las palabras de bienvenida a los delegados a la Conferencia, que han pasado a la historia como el discurso “Madre América”, una de sus más hermosas piezas oratorias.

Con estos precedentes a su favor, lo más atinado es suponer que tanto Elías de Losada como Nicanor Bolet Peraza, le hayan solicitado al cubano colaboración para La Revista Ilustrada de Nueva York. Existe una carta de Martí al primero, fechada el 17 de noviembre de 1890, de la que se infiere que había recibido una elogiosa misiva del panameño, comentándole alguno de sus textos y solicitándole colaboración para la revista. Dice allí: “De ningún modo mejor puedo probarle mi agradecimiento por el recuerdo que hace de mí, que aceptando de pleno corazón su encargo de escribir unas cuartillas para el número de enero”.[2]

 El cubano, deseoso de ampliar su análisis respecto a nuestra historia continental y sus repercusiones, iniciado en el fragor de un discurso pronunciado en base a escasos apuntes, y publicado posteriormente, optó por un proceso más pausado de escritura, que dio por resultado el ensayo mayor. Prueba de que Losada quedó extremadamente complacido y que le escribió a Martí en términos muy laudatorios comentándole sobre su ensayo, es la respuesta del cubano, fechada el 12 de enero de 1891:

Las cosas que Vd. me dice, y que acreditan más su nobleza que mi mérito, no son para que se las responda esta carta, sino mi agradecimiento. ¿Le diré que he visto con orgullo ese número hermosísimo de La Revista, donde,—fuera de lo mío, que está allí tan a la vergüenza pública,—todo rebosa arte exquisito y espíritu nuevo? Me pareció el periódico cosa mía, por la tolerancia y pensamiento americano, del bueno, que Vd. pone en él: y tuve el gusto vivo y personal.[3]

Dar a la luz el ensayo “Nuestra América” en la metrópoli norteña, significaba difundirlo entre la emigración hispanohablante asentada en la urbe, un grupo poblacional heterogéneo, que por razones diversas había abandonado  la patria grande en busca de mejores horizontes. Con ellos era necesario contar para proteger al continente de los riesgos presentes y por venir, de los que ya hubo muestras considerables en el pasado reciente, en hechos de triste memoria como la Guerra Estados Unidos-México, por ejemplo, que costó al país azteca la pérdida de inmensos territorios y de incontables vidas humanas.

Se dirigía Martí a aquellos que no debían vivir en el Norte “como siervos futuros ni como aldeanos deslumbrados, sino con la determinación y la capacidad de contribuir a que se la estime [a Nuestra América] por sus méritos, y se la respete por sus sacrificios[…]. En vano,[…] nos convida este país con su magnificencia, y la vida con sus tentaciones, y con sus cobardías el corazón, a la tibieza y el olvido”.[4]

 Estas palabras premonitorias pertenecen a su discurso “Madre América”. Luego encontrarían eco en el ensayo que recordamos hoy, del que son génesis en buena medida. En opinión de Cintio Vitier, el discurso puede leerse como prólogo o primer capítulo del ensayo, pues “tal es la continuidad ostensible de dos textos que íntimamente se enlazan entre sí, además de ser hijos centelleantes, cada uno en su género, de la misma inspiración estilística, donde la historia y sus lecciones aparecen bajo especie de imágenes”.[5]

En el ensayo continúa, aunque bajo otras pautas, el paralelo histórico entre las dos Américas que iniciara en el discurso de 1889. De él se sirve para ahondar analíticamente en las diferencias de desarrollo existentes entre el norte y el sur, por lo que la prosa ensayística se nutre aquí de la narración de corte historiográfico y por momentos la prosa reflexiva se contamina saludablemente del vigor expresivo de la oratoria. Pero a la vez que insiste en la necesaria indagación raigal, como vía para ejercer el gobierno en las repúblicas independientes, aún bajo el espíritu de la colonia, declaraba la urgencia de insertarse en el acontecer universal de la modernidad. La aldea patriarcal no podía ser la pauta, pero tampoco podía ser la gran urbe foránea: había que hallar un equilibrio entre los dos territorios en pugna, que solo se lograría con el estudio concienzudo de lo autóctono sin desoír lo mejor de los saberes universales.

Hoy, a 130 años de la salida a la luz de ese texto revelador, urge releerlo bajo los auspicios del presente. Aunque es innegable el avance en cuanto a conquistas sociales y luchas por mantenerlas en muchas regiones del continente, siguen pendientes los reclamos más perentorios  de aquel momento respecto a la unidad continental,  como vía de salvación común frente a la voracidad del entonces naciente imperialismo. Siguen siendo actuales  los llamados en torno al respeto y a la redención social de nuestros pueblos originarios. La conciencia martiana respecto a la necesidad de crear para resolver con soluciones autóctonas los problemas propios es un tema  permanente en la región. El peligro y la amenaza a la soberanía  de los países del área siguen residiendo en los Estados Unidos, cada vez más agresivo y amenazador en el presente.

En las complejas situaciones actuales “Nuestra América” se perfila no como receta mágica, sino como un arsenal teórico para la reflexión y como una joya  de nuestra lengua, cuya lectura nos hace sentirnos orgullosos de lo que somos, en palabras y en obras.

 

Notas:

[1] Cintio Vitier: “Las imágenes en ‘Nuestra América’”, Temas martianos 2. Obras, La Habana, Letras Cubanas, 2005, t. 7, p. 147.

[2] JM: Epistolario, compilación, ordenación cronológica y notas de Luis García Pascual y Enrique H. Moreno Pla, La Habana, Centro de Estudios Martianos y Editorial de Ciencias Sociales, 1993, t. 2, p. 228.

[3] Ibídem, pp. 246-247.

[4]JM: Discurso pronunciado en la velada artístico-literaria de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, 19 de diciembre, 1889, OC, t. 6, p. 140.

[5] Cintio Vitier: “Las imágenes en ‘Nuestra América’”, en Temas martianos 2. Obras, ob. cit., t. 7, p. 147.

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