Opinión

Para sanar el cuerpo de la cultura. Por José Ernesto Nováez Guerrero

Los hechos ocurridos este 27 de enero en la puerta del Ministerio de Cultura (Mincult) son una redición, en menor escala, del mismo guion aplicado dos meses antes en el mismo lugar. Esta vez fue un grupo más reducido y mucho menos heterodoxo.

Frente a la pluralidad de posturas y aspiraciones de noviembre, ahora todos los concurrentes estaban alineados políticamente en torno a un discurso que adversa, más o menos abiertamente, la institucionalidad cultural cubana. Los acompañaba un grupo de periodistas y comunicadores que trabajan para medios que sí son claramente financiados para adversar el Estado cubano.

La insistencia en torno al Mincult, en detrimento de otros ministerios mucho más relacionados con sus reclamos, da una idea de la importancia que tiene este Ministerio en el esquema de negación del orden social vigente. El no aceptar el diálogo ofrecido en múltiples ocasiones, y transmitido en video directo por ellos mismos, evidencia que la intención detrás de esta movida era esencialmente mediática.

El intento por capitalizar políticamente los hechos del 27 de noviembre lleva a forzar constantemente escenarios de tensión que posibiliten situaciones de conflicto. El objetivo a mediano plazo parece ser colocar regularmente en el debate público nacional este tipo de hechos, obligar a la institucionalidad a una larga cadena de explicaciones y contra demostraciones que la desgasten y dotar de una legitimidad simbólica a jóvenes figuras emergentes, con obras todavía en proceso de maduración y a otras sin obra alguna.

Se busca canalizar inquietudes artísticas legítimas, que muchas veces guardan relación con las propias carencias materiales de la actualidad, con la insuficiencia de las instituciones, etc. para irlas llevando cada vez más a posiciones con un sentido político directo.

La estrategia de fondo es ir vaciando de sentido progresivamente la institucionalidad cubana, no solo la cultural, hasta llevar al Estado a una situación de crisis donde se pueda forzar el cambio, ya sea por vía violenta, ya sea por la profunda crisis de funcionamiento, que haga inoperante el aparato.

Esto no es paranoia, es historia. Este fue el esquema que se aplicó en contra de las sociedades de Europa del Este y más particularmente en contra de la URSS. En su magnífico libro La CIA y la guerra fría cultural la investigadora Frances Stonor Saunders demuestra cómo el campo cultural era y es un espacio de batalla privilegiado.

El socialismo se realiza a través de sus instituciones. Al calor del proceso revolucionario, surgen las nuevas instituciones mediante las cuales se canalizará la voluntad política de este. La institucionalidad revolucionaria es resultado por un lado de los reclamos populares y, por otro, de la voluntad política. Esto no quiere decir, desde luego, que sean eternas o que cumplan siempre correctamente su función. Algunas tienden, con el tiempo, a enfermarse de ineficiencia y burocracia. Otras se vacían de sentido.

El deber del Gobierno revolucionario es someter a una revisión permanente el funcionamiento de la institucionalidad. Transformar prácticas, destrozar burócratas y llevar las instituciones a un funcionamiento que responda verdaderamente a las necesidades de los sectores sociales que representan. Y hacerlo mediante el diálogo permanente con el pueblo, sometidos al control crítico de este.

Pero este ejercicio necesario no tiene nada que ver con la negación total de la institucionalidad revolucionaria. Desear que un organismo funcione mejor no tiene nada que ver con desconocerlo. La estrategia que aplican sostenidamente hoy en contra del Mincult responde a un espíritu de deslegitimación y desconocimiento. De ahí que no interese entonces llegar a un diálogo resolutivo, sino generar situaciones de crisis. Interesa más el espectáculo que la palabra.

La experiencia de la URSS demuestra que, con todos los errores políticos y problemas sociales, los pueblos soviéticos vivían mejor bajo el socialismo que en el modelo neoliberal que lo sucedió. Y no porque consumieran más, el socialismo no puede ser un problema cuantitativo, sino porque tenían más oportunidades de desarrollo humano, distribuían mucho mejor la riqueza que se generaba y la esperanza y calidad de vida del pueblo era mucho más alta

Esto sin idealizar. La URSS tenía grandes y profundos problemas, como los tiene cualquier proyecto real y los cubanos hemos sacado y debemos continuar sacando múltiples lecciones de ese proceso. La principal, quizá, para el funcionamiento de las instituciones: el burocratismo es enemigo del socialismo.

Lo interesante del proceso en la URSS fue que se logró llevar a amplios sectores de la cultura y la sociedad a actuar en contra de sus propios intereses. Esta es una lección que no podemos perder de vista.

Tampoco se trata de demonizar los espacios no institucionales. En una sociedad civil rica y conectada con el mundo es normal que además de lo que se pueda gestar institucionalmente, existan numerosos proyectos paralelos. El deber de la institución es acompañarlos y apoyarlos siempre que se pueda. Ellos son parte de la riqueza cultural y espiritual de la nación. Pero hay que saber diferenciar sentidos y separar el trigo de la paja.

El ataque contra el Mincult es esencialmente contra el proyecto soberano y socialista de país. De ahí que se apele a fórmulas vagas, a reclamos políticos confusos que parecen pedir mucho y no comprometen a nada. Los conceptos son dados cargados. Pedir libertad de expresión, sin especificar la naturaleza y las formas de esta libertad, es apelar a la abstracción de las representaciones liberales, detrás de las cuales está siempre la lógica del capitalismo.

Hay mucho que sanar en el cuerpo de la cultura. Pero la solución no la traerán los especuladores del escándalo, sino las miles de cubanas y cubanos dispuestos a un diálogo inclusivo para pensar críticamente el país mejor que todos queremos.

El no aceptar el diálogo ofrecido en múltiples ocasiones, y transmitido en video directo por ellos mismos, evidencia que la intención detrás de esta movida era esencialmente mediática.

La institucionalidad revolucionaria es resultado por un lado de los reclamos populares y, por otro, de la voluntad política.

En una sociedad civil rica y conectada con el mundo es normal que además de lo que se pueda gestar institucionalmente, existan numerosos proyectos paralelos. El deber de la institución es acompañarlos y apoyarlos siempre que se pueda.

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