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Haití: Nos atrevemos a ser libres. Una conversación con Camille Chalmers

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Prefacio
Por Manu Karuka
A nombre de 1804 Books

El primero de enero de 1804, los generales del ejército haitiano, liderados por Jean Jacques Dessalines, firmaron la Declaración de la independencia de Haití. Jurando “renunciar para siempre a Francia y morir antes que vivir bajo su dominación”, los generales, en nombre del pueblo haitiano, declararon una lucha en pos de purgar a la sociedad de Haití de la impronta de esclavistas y colonizadores. “¿Cuándo nos cansaremos de respirar el mismo aire que ellos?” preguntó Dessalines. “¿Qué tenemos en común con ese pueblo verdugo?”. Los franceses eran apenas los enemigos más inmediatos de la revolución.

Antes de conquistar su independencia, el pueblo haitiano derrotaría también las fuerzas de España y Gran Bretaña. Estos eran los tres imperios más poderosos de Europa. Con la revolución para derrocar la esclavitud y el colonialismo, el pueblo haitiano se lanzó a la lucha contra el imperialismo.

El imperialismo es la captura de recursos –el producto de la tierra y el trabajo– de un lugar para el enriquecimiento de personas de otro lugar. El imperialismo, en esencia, es un método de dominación de clase. Es la forma inicial en la que la clase capitalista estableció su poder y como lo ha mantenido a lo largo de los siglos. En la época de Dessalines, el imperialismo se manifestaba a través del colonialismo y la esclavitud. En nuestros tiempos, el imperialismo continúa con su afán infatigable por tierras y mano de obra baratas. De Camille Chalmers aprendemos que ahora el imperialismo busca en Haití “zonas francas” para la fabricación textil, la agricultura, la minería y el turismo. Dessalines había advertido a sus compatriotas haitianas y haitianos de los peligros de una contrarrevolución. Los imperialistas y sus agentes, insistía, “no son nuestros hermanos… si encuentran asilo entre
nosotros serán los maquinadores de nuestros malestares y nuestras divisiones”. Esclavistas “refugiados” de la colonia de Saint-Domingue encontraron asilo en Estados Unidos, dando inicio al rol permanente de EE. UU. como último refugio de traidores, sinvergüenzas y criminales de guerra. Algunos de estos “refugiados” estuvieron entre los esclavistas más ricos de Estados Unidos. Intentaron persuadir a los gobiernos de EE. UU. y Francia de que invadieran nuevamente a Haití para reestablecer la esclavitud y recuperar así su propiedad robada. En la época de Dessalines, huyeron a Charleston y New Orleans. Quienes hoy cumplen esta función viven en Miami y Nueva York.

Dessalines instó al pueblo haitiano a “perseguir por siempre a los traidores y a los enemigos de [su] independencia”. El Departamento de Estado de EE. UU. anunció que el mandato de Jovenel Moïse continuaría hasta el 7 de febrero de 2022 y cuestionó a la vez la claridad de la Constitución haitiana de 1987.

No es casual que en medio de los ruidos sobre una “nueva guerra fría” con China, Estados Unidos busca suspender la Constitución haitiana y facilitar una nueva dictadura en Haití, impuesta por escuadrones de la muerte en un reino del terror. Estados Unidos sostiene que está a favor de “elecciones justas y libres” en Haití, pero sus acciones demuestran lo contrario.

Por más de un siglo, un flujo inagotable de migrantes haitianas y haitianos han servido como fuente de mano de obra barata en todo el Caribe, Estados Unidos, Canadá y más allá, llevando consigo la inmensa reserva espiritual de la tradición revolucionaria de Haití. En esta diáspora, el imperialismo ha colaborado generando sus propias
sepultureras y sepultureros. Haití está ubicado a medio camino entre Cuba y Venezuela, ambos en firme resistencia contra el asedio brutal de Estados Unidos. En medio de su fracaso abyecto en contener la pandemia de COVID-19, EE. UU. intenta poner en cuarentena y aislar al proceso revolucionario en sí, controlar a Haití para afirmar su comando sobre la comunidad del Caribe.

Dessalines señala que eran los franceses los verdaderos esclavos, habiendo ganado su libertad solo para luego perderla. En su revolución contra el feudalismo, el dominio de señores de la guerra bajo mandato divino, los franceses defendieron el carácter sagrado de la propiedad privada, incluso la propiedad de otros seres humanos. Al
sostener la esclavitud en Santo Domingo, los franceses envenenaron fatalmente su propia revolución. Camille Chalmers explica que la derecha extrema haitiana tiene una visión feudal del poder.

En este punto es el reflejo del imperialismo actual, que ha producido mercados de esclavas y esclavos en Libia y la expansión de ISIS a lo largo de Irak y Siria.

En su novela sobre la Revolución haitiana, El reino de este mundo (1957), Alejo Carpentier describe el reino de los cielos, donde “no hay grandeza que conquistar” por la “imposibilidad de sacrificio”. La humanidad, escribió, no hallaría allí su máxima medida, sino solamente en el reino de este mundo, “agobiado de penas y tareas, hermoso
dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas”. Las personas sufren, tienen esperanza y se esfuerzan por quienes nunca conocerán, quienes a su vez sufren, tienen esperanza y se esfuerzan por otras y otros desconocidos. Esto, escribió Carpentier, es la grandeza de la humanidad, la grandeza que atestiguamos en el proceso revolucionario de Haití.

El 29 de marzo, la Asamblea Internacional de los Pueblos convocó a las organizaciones populares de todo el mundo a que expresen su solidaridad con la lucha del pueblo haitiano. ¿Qué significa expresar solidaridad? En las primeras etapas de su revolución, el ejército haitiano capturaba barcos de esclavos, liberaba a las africanas y africanos
transportados como carga, les alimentaba y curaba, y les organizaba en unidades de combate. A través de este proceso, personas esclavizadas se convertían en revolucionarias y revolucionarios, luchando para seguir libres y luchando para abolir el sistema de esclavitud en sí. Esta historia nos enseña cómo actuar solidariamente con el
pueblo haitiano hoy. Liberarnos unas a otros de las cadenas que nos atan. Dotarse mutuamente de las armas que son la toma de consciencia y la organización. Sumarse a la batalla contra nuestro enemigo común: el imperialismo. Como las revolucionarias y revolucionarios de Haití declararon en 1804: “Nos hemos atrevido a ser libres, atrevámonos a serlo para nosotros mismos y por nosotros mismos”.

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