Cuando hablamos de muros recuerdo las películas de la Guerra Fría, y el llanto  cuando veíamos a los alemanes de la parte oriental tratando de saltar al otro lado y muriendo en el intento.

Por eso, cuando la juventud berlinesa derrumbó el muro todos saltamos de felicidad, creíamos, manipulados por los medios de comunicación, que por fin la juventud se había impuesto, ¡la libertad se había abierto paso entre los bloques de cemento y balas!

Por eso: hay muros y hay muros, y cuando Trump se lanzó en su campaña demencial de construcción de un muro para impedir que los mexicanos retornaran a su territorio, el que le robaron en guerras sucesivas de expansión territorial, todos nos horrorizamos con el nivel de salvajismo y violencia contra los detenidos: cajas de metal como prisiones; niños separados de sus padres; heridos y muertos tratando de cruzar.  Y yo me preguntaba: ¿Qué pasó con toda la campaña contra el muro de Berlín?

La primera vez que fui a Haití me sorprendió que habiendo dos puentes todos tuviéramos que amontonarnos en uno y perder horas en el proceso.  Fuimos, yo como oficial del UNICEF,   y una oficial de la Organización Internacional de Migraciones, a una reunión con la Red Católica de los Derechos Humanos que opera en Haití, para investigar el tráfico de niños y niñas desde Haití.

¿Qué descubrimos?

Que los días del mercado binacional una red de motoristas cruzaba a niños como suyos, pagando un “peaje” a quien estaba de puesto en migración; y regresaban tarde, cuando había otra posta, sin los niños.

Esos niños se llevaban a una casa en Dajabón, donde los bañaban y cambiaban y destinaban a cuatro redes de explotación infantil:  esclavitos laborales en  grandes fincas de aguacates y mangos (con hombres armados en la entrada); pedigüeños para las ciudades, operados por redes que los distribuyen en las mañana y  recogen en las noches, llevándolos  a un almacén en los Alcarrizos; los destinados a la explotación sexual en los pequeños hoteles (los de ASONAHORES tienen un convenio internacional y no se permite que suban niños a los cuartos sin sus padres); y los de venta de órganos.

¿Quiénes están detrás de esto?, pregunté. Militares de ambos lados de la frontera, que se han hecho multimillonarios con el tráfico.  Niñas del Cibao (porque son “claritas”) para los prostíbulos haitianos y niños y niñas haitianos para las cuatro redes denunciadas.

¿Hablamos con Soto Jiménez?   Estoy segura que el reaccionará.

“Antes de que llegues te pondrán 20 kilos de coca en el baúl del carro, o  mandarán a matar”.

Por eso el único muro es la mano dura y vigilante de la justicia.  Comenzando aquí.

Por REDH-Cuba

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