Para Ubieta, el sueño del doctor Bethune se renueva a partir de Cuba, “una revolución que transformó un país de seis mil médicos formados para el servicio privado en un país de 95.000 médicos -9 por cada 1.000 habitantes, una relación per cápita de las más altas en el mundo – formados para la solidaridad”.


Durante la pandemia de la Covid-19, Cuba conmovió al mundo al llevar ayuda incluso a aquellos países capitalistas que, como Italia, han emprendido un camino contrario al de la revolución, eliminando en pocas décadas todos los principales logros obtenidos, en materia de derechos fundamentales, en los años ’70 del siglo pasado.

La acción de los médicos cubanos, que han renovado una tradición consolidada y mantenida a pesar del cerco criminal que sufre la pequeña isla desde hace más de sesenta años, ha impuesto respeto y señalado de hecho la existencia de otra perspectiva, puesta en marcha en América Latina gracias a la resistencia indómita de la revolución de Fidel, del Che, de Raúl, que continúa hoy con Miguel Díaz Canel.

Si se opta por enfocarse en el bienestar y desarrollo del ser humano, en su esencia como ser social, se logran grandes resultados aún bajo asedio, aunque no haya aire para respirar, indicó Cuba al presentar sus vacunas. Los obstáculos que enfrenta Cuba para que estos descubrimientos se conviertan en el bien común a nivel global han demostrado, de hecho, la naturaleza feroz del imperialismo y sus patentes, que condenan a muerte a millones de «excluidos» del sur global.

La gratuidad no existe en el capitalismo si no se puede monetizar en el gran mercado de la «caridad», que necesita de los pobres para mantener intacta la división de clases, predicando una peluda «bondad» que invita a los explotados y explotadores a recibir o conceder unas migajas para que todo siga igual.

Por ello, fue de gran importancia la infatigable actividad del ensayista cubano Enrique Ubieta Gómez, coordinador de la brigada médica “Henry Reeve”, que operó en Italia durante la pandemia. Su discurso, sosegado pero firme como el mensaje que ha dado Cuba al mundo, fue una benéfica inyección de memoria en un país como Italia que parece haberla perdido, ante la sumisión al capitalismo de quienes, en la izquierda, tenía la tarea de convertirla en una palanca para el futuro.

Es al menos desde los años de la derrota del extraordinario ciclo de lucha, que hemos visto actuar en Italia a la izquierda del Partido Comunista, y que también produjo la guerrilla por casi dos decenios, que a la necesidad de cambiar profundamente las cosas para aliviar el dolor en el mundo se ha sustituido el llamado voluntariado social, dejando lo político a los políticos, y así intactos los mecanismos que producen ese dolor.

Se impuso así una visión del socialismo como «reducción de daños» y se sustituyó la necesidad de organizar la revuelta por la de contenerla dentro de las compatibilidades capitalistas. La figura del militante fue así sustituida gradualmente por la del voluntario o a lo sumo por la del «activista».

Por eso queremos recordar aquí la importancia de la introducción escrita por Ubieta para un libro publicado en Italia durante la pandemia, El bisturí y la espada. La reedición de un pequeño clásico, la biografía del doctor Norman Bethune (1890-1939), que lleva años desaparecida de las estanterías. Una historia del siglo pasado cuando parecía urgente resolver la relación entre «medicina y revolución» a raíz de quienes, como el Che Guevara y Frantz Fanon, se comprometieron a combatir las distorsiones del sistema capitalista y no sólo los males del el individuo.

Sin embargo, la situación actual en Italia o en otros países capitalistas no parece muy diferente de la de Canadá en la década de 1930, el lugar donde Norman Bethune libró sus batallas pioneras y valientes dedicadas a la socialización de la medicina y el establecimiento de un servicio de salud nacional. Batallas libradas “teniendo claro lo imposible que era hablar de salud desde un punto de vista médico sin asociar el bienestar de la persona con cuestiones que tienen que ver con el trabajo, la vivienda y la formación”.

En este sentido, la figura brillante e iconoclasta de Bethune ciertamente habla al presente. Artista y médico a la vez, innovador en el campo de la cirugía torácica, a pesar de provenir de una familia modesta pudo haber vivido en la riqueza. En su lugar, eligió otra opción, pasando de tratar los «desechos» del capitalismo de forma gratuita a luchar en la guerra civil española y luego en el Ejército Rojo de Mao. La biografía reproduce fielmente todos los pasajes de su conciencia, también a través de escritos de su puño y letra, que muestran su lucidez crítica frente al ascenso del nazismo y el fascismo.

Cuando, después de presenciar una manifestación de desocupados, duramente reprimida por la policía, Bethune comienza a asociarse con hombres y mujeres «que se autodenominaban comunistas, socialistas, radicales, liberales», y que «eran apasionados por los problemas del presente y del futuro», así escribe en las notas ocasionales de su diario: «Antes yo era sólo un doctor en medicina, miembro de la asociación de cirujanos. Ahora soy el camarada Beth. Es un título honorífico. Ahora estoy en un nuevo camino. ¿Adónde me llevará?”.

Sucede que Bethune decide ir por primera vez a la Unión Soviética, en el verano de 1935. Al regresar, intenta devolverle el sentido a ese viaje. Como médico y artista, explica que «la creación no es ni será nunca una cosa noble y dulce», sino «un acto duro, violento, revolucionario». Luego vendrá la Guerra Civil Española para él, y luego China. El bisturí y la espada comienza en Hopei, al norte de China, en 1939.

El camarada Norman Bethune tiene casi cincuenta años cuando, enviado por los partidos comunistas de Canadá y Estados Unidos, llega a China para ayudar a los revolucionarios en la guerra de resistencia contra Japón. Tras un viaje de miles de kilómetros, llega a Yenán y se va a trabajar a las montañas de Wutai, donde encontrará la muerte.

En el célebre homenaje a la memoria de Bethune, Mao escribe: “¿Qué espíritu podría haber inducido a un extranjero a considerar, por encima de cualquier motivo egoísta, la causa de la liberación del pueblo chino como propia? Es el espíritu del internacionalismo, el espíritu del comunismo, del que todo comunista chino debe aprender”.

Una práctica que, aunque en condiciones diferentes, sigue delineando un horizonte, perfilado en las palabras de Enrique Ubieta Gómez. La práctica del internacionalismo, dice Ubieta, relatando el mensaje del Che y de Fanon, trae lecciones importantes al movimiento revolucionario. En particular, “la medicina solidaria, que abre caminos insospechados para entender la sociedad que debe ser transformada”.

Para Ubieta, el sueño del doctor Bethune se renueva a partir de Cuba, “una revolución que transformó un país de seis mil médicos formados para el servicio privado en un país de 95.000 médicos -9 por cada 1.000 habitantes, una relación per cápita de las más altas en el mundo – formados para la solidaridad”.

El libro de Bethune, su camino, su visión del sacrificio que no necesita nutrirse de ideas religiosas para realizarse, por lo tanto habla al presente, lo cuestiona e indica que ese camino, el camino del socialismo, sigue siendo el único practicable. Y que se le puede dar el mismo sentido a la generosidad, como lo está haciendo Cuba con la brigada médica Henry Reeve, mostrando al mundo que sí se puede.

Por REDH-Cuba

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