Cuba vuelve a estar en el punto de mira, en el centro de una picota mediática que se repite periódicamente con el mismo patrón: la gente protesta, el socialismo ha fracasado, la “dictadura” no respecta los derechos humanos etcetera. Un guión que, como escribe el historiador Ernesto Limia en su libro “Patria y cultura en revolución”, no comenzó con la victoria de la revolución, el 1° de enero de 1959. La obstinada intención del imperialismo de apoderarse de Cuba se remonta a los días de la independencia. La creciente sofisticación de los aparatos de control ideológico no ha hecho más que perfeccionar sus técnicas de agresión.

José Martí, el Apóstol de la independencia cubana y uno de los más grandes escritores del mundo hispánico, muerto combatiendo el 19 de mayo de 1895, ya definió “la guerra más grande que se nos libra” el conjunto de ataques que “utilizan el pensamiento como arma principal y que – añadió – debemos vencer con el pensamiento”. Una guerra que tiene el simple pero feroz propósito de destruir el “mal ejemplo” surgido a 500 kilómetros de Estados Unidos, que lo ha intentado todo para lograr su objetivo.

No es difícil encontrar similitudes entre la agresión mediática que se desató nuevamente contra Cuba y la que se inició contra Venezuela inmediatamente después del anuncio de la fecha de las elecciones presidenciales, el próximo 28 de julio. Con la puntualidad de un reloj, una ráfaga de “noticias” comenzó a presentar con muy mala luz esa experiencia que se refiere al socialismo, calificada de deletérea y fracasada a nivel económico, político, social e institucional. Y, por supuesto, como una dictadura violatoria de los derechos humanos. El objetivo es siempre el mismo: excluir de la lista de opciones posibles un sistema que pretenda combinar el concepto de paz con el de justicia social.

Volvamos por un momento al verano de 2023, cuando el Parlamento Europeo aprobó -con 359 votos a favor, 226 en contra y 50 abstenciones- la vergonzosa resolución contra Cuba, pidiendo formalmente sanciones contra quienes considera “responsables de violaciones de derechos humanos”, incluido el presidente Miguel Díaz-Canel.

Los términos de ese texto, que dio cuerpo a los peores fantasmas de la pasada “guerra fría”, propuesto nuevamente en un estilo “democrático” y aderezado con la retórica habitual sobre los “derechos humanos”, eran claros: tomar los “argumentos” de la oposición financiada por Estados Unidos, tanto en Cuba como en Venezuela, y construir un “expediente legal” contra la democracia socialista. Se podría decir que fue un lawfare parlamentario.

Relatamos algunos pasajes de aquella resolución: “Considerando que el sistema comunista paulatinamente impuesto en Cuba excluye cualquier perspectiva de cambio democrático, ya que el artículo 5 de la Constitución cubana establece que el ‘Partido Comunista de Cuba, único, marciano, fiel, marxista y leninista’ ‘ es la máxima fuerza política dirigente de la sociedad y del Estado, mientras que los artículos 4 y 229 definen el actual sistema político como irreversible; que el artículo 3 de la Constitución cubana establece que un sistema basado en un partido político único se declara «irrevocable»; que el artículo 224 prohíbe a las generaciones actuales alterar la futura irreversibilidad del socialismo, así como el actual sistema político y social; que el actual sistema político de Cuba es incompatible con las solicitudes de la UE de celebrar acuerdos de cooperación; que el respeto de los derechos humanos, civiles, políticos, económicos, sociales y culturales es esencial para la UE y es uno de sus principales objetivos en sus relaciones con otros países; la resolución ‘condena, deplora, desaprueba’ e insta a la UE a “suspender inmediatamente el diálogo político y el acuerdo de cooperación entre la UE y Cuba”.

Como podemos ver, es toda la institución cubana (y venezolana) la que debe ser borrada, ya que es incompatible con la “democracia”. Un discurso equivalente a lo de la OTAN que, en las directrices aprobadas durante su última cumbre, traduce la obsesión imperialista por el “regreso” del comunismo en las formas geopolíticas actuales. E, incluso en este caso, la UE le sigue.

¿Significa esto que no hay problemas en Cuba, que no los hay en Venezuela? En absoluto, pero el énfasis negativo que amplía desproporcionadamente las contradicciones, como ocurre incluso ahora, equivale a un silencio sobre el origen de esos problemas y sobre el alcance de las cuestiones en juego para quienes no consideran el capitalismo como el último destino de la humanidad. Nombrar ese origen no es un ejercicio de propaganda.

Sirve para evitar tomar luciérnagas por faroles en un mundo destrozado y balcanizado en el que, 200 años después de la nefasta doctrina Monroe, el imperialismo estadounidense pretende impedir a toda costa la posibilidad de una segunda vez al socialismo, aunque sea “hibridado y correcto”.

La primera observación de sentido común es admitir que Cuba -una isla a tiro de piedra de Estados Unidos- no podría prosperar económicamente ni siquiera si fuera un pozo de petróleo. El bloqueo (no un embargo, como suele decirse, dando la impresión de que hay cierta reciprocidad de guerra contra un país que nunca ha atacado a nadie) dura más de sesenta años.

El bloqueo impide vender y comprar lo que un país necesita; impide el acceso al mercado internacional; excluye de los canales financieros y crediticios. Dificultades complicadas por la globalización capitalista y la caída de la Unión Soviética, entonces soporte fundamental de la economía cubana. Las dificultades se multiplican por la agresión en curso contra Venezuela, que, a pesar de ser un país rico de las primeras reservas de petróleo del mundo, las segundas en oro, etc, no puede avanzar debido a las medidas coercitivas unilaterales illegales.

Cuba ha sabido resistir con planificación e inventiva, tratando de no dejarse hundir por la magnitud de los problemas estructurales que dicta la difícil fase de transición, tanto a nivel regional como global. No hay duda de que el gobierno cubano no ha gastado el dinero del pueblo en guerras imperialistas y que, de no haber existido el bloqueo -que en más de seis décadas causó daños por casi 160 mil millones de dólares- el PIB de la isla habría crecido de al menos un 9% sólo entre 2022 y 2023, cuando el bloqueo causó daños por casi 5.000 millones de dólares cada mes.

Y así podremos entender mejor las causas de las protestas que tuvieron lugar el 17 de marzo en tres zonas de Cuba, especialmente en Santiago, donde cientos de personas salieron a las calles para protestar contra los largos apagones eléctricos, la falta de carburante, los altos precios, la escasez de productos subsidiados y la crisis general. Hechos que son consecuencia directa de la guerra económica a la que somete el gobierno de Estados Unidos al pueblo cubano.

Y el colmo del cinismo se produjo cuando, apoyándose en el cortocircuito informativo producido por la propaganda estadounidense, la embajada gringa en La Habana envió mensajes de “apoyo” a los manifestantes, instando al gobierno cubano a responder a sus “solicitudes legítimas”. Necesidades negadas, precisamente, por la imposición del feroz bloqueo, que pretende hacer sufrir al pueblo para empujarlo a volverse contra sus representantes legítimos.

Esto es lo que pasó y está pasando en Venezuela, donde más de 900 medidas coercitivas unilaterales ilegales han hecho caer el balance económico y, en consecuencia, el poder adquisitivo de los sectores populares. Además, esta vez es aún más evidente el enorme choque entre la avalancha de artículos que intentan transformar una protesta pacífica en una revuelta contra el gobierno y la realidad: porque el gobierno respondió inmediatamente con el diálogo y no con la represión, como hemos visto y seguimos viendo en los países europeos.

Lo que ciertamente no falta en Cuba es el estudio y debate sobre cuestiones estructurales, presentes tanto en libros y artículos como en asambleas populares. El Partido Comunista, en el que hasta ahora han pasado generaciones con el inevitable reflejo de las diferentes escuelas de pensamiento, ha garantizado un alto nivel de preparación política de los jóvenes, que son los principales objetivos de la propaganda imperialista: para desviarlos, sacarlos del compromiso y transformarlos en zombis del consumismo, como en los países capitalistas.

Cuba está abierta al mundo y, por tanto, también al riesgo de “infecciones”, pero ha construido sus propios anticuerpos y también sus propias vacunas: en sentido literal, como se vio durante la pandemia de Covid-19. El primero de los anticuerpos es sin duda el consenso popular, con el que el PC cubano aprobó las líneas de política económica para adaptar su modelo productivo al contexto internacional. Y no faltaron quienes, incluso dentro del partido y desde un punto de vista revolucionario, señalaron los peligros de la “NEP cubana”.

Los términos de la nueva tapa transitoria que ahora tiene que afrontar la situación post-covid y la crisis del sector turístico -uno de los ingresos más significativos para la economía cubana- fueron ilustrados por Cuba en diversos foros internacionales, tanto a nivel regional y a nivel mundial. Captar una mayor cantidad de flujos de inversión extranjera es decisivo. Por ello, es necesario adaptar el sistema normativo a los estándares internacionales y al nivel de innovación tecnológica, y asegurar que la regulación sea atractiva para nuevas formas de gestión no estatal, funcionales a la transformación productiva.

La experiencia acumulada hasta ahora por Cuba demuestra la existencia de una brújula para elegir la calidad de las inversiones extranjeras, para que prioricen la dimensión local de la transformación productiva, poniendo en el centro el papel de los municipios y las comunidades. Adaptar la maquinaria estatal a los ritmos y transiciones de la nueva etapa, sin embargo, no es una tarea fácil, ni los problemas que surgen y los costos que implican pueden resolverse con doctrinarismo.

Durante las celebraciones del Primero de enero, el presidente Miguel Díaz-Canel afirmó que se habían creado “profundas distorsiones” en la gestión, debido al esfuerzo por superar una situación adversa, y por cuadrar las variables económicas con la muy limitada disponibilidad de divisas y con el compromiso de mantener los logros sociales. Las reformas, iniciadas a principios de los años 1990 para adaptar el modelo cubano a los cambios en el contexto internacional, permitieron una recuperación del crecimiento, pero dejaron en un segundo plano algunas debilidades no resueltas.

Debilidades que, para llegar al presente, inevitablemente han expuesto más a Cuba a los efectos de la crisis sistémica -económica, social y sanitaria- puesta de relieve por la pandemia a nivel global, y seguida en el período pospandemia. Una situación que, como en una especie de “tormenta perfecta”, ha afectado más profundamente y en todos los niveles a las economías en desarrollo. Un escenario complicado aún más por las consecuencias del conflicto en Ucrania.

Para la economía cubana, víctima del bloqueo incluso durante la pandemia, pese a los éxitos científicos alcanzados, las consecuencias en términos de crecimiento interno e inclusión en el contexto internacional fueron aún más graves. Los ámbitos en los que los efectos de la crisis mundial sobre la economía cubana se están manifestando con mayor peso y de manera exponencial son sin duda el comercio exterior, el turismo y la deuda externa, y una inflación que, en 2023, ha alcanzado el 30% y sigue aumentando.

Hay que recordar que el modelo de inserción cubana en la economía internacional se basa fundamentalmente en la exportación de materias primas (níquel, azúcar, plomo y zinc recientemente), algunas producciones de bajo contenido tecnológico (ron, tabaco, carbón) y en el turismo. Además, sus relaciones económicas externas se concentran en unos pocos mercados y países, lo que acentúa las vulnerabilidades.

El aumento de los precios del petróleo tuvo entonces un impacto especial. Debido a su muy limitada capacidad exportadora, y su alta dependencia de las importaciones, y por supuesto debido al bloqueo, Cuba sufre una escasez crónica de divisas y períodos recurrentes de crisis de deuda, que exacerban los problemas en el contexto actual. Un contexto que evidentemente reactiva el afán del imperialismo norteamericano en su estrategia de obtener un “cambio de régimen” aumentando el sufrimiento del pueblo.

Por ello, una vez más, el gobierno cubano ha llamado a EE.UU. a detener la injerencia y ha convocado al encargado de negocios estadounidense. Mientras tanto, una delegación de los países del Alba, dirigida ahora por el venezolano Jorge Arreaza, acudió a La Habana para reunirse con Díaz Canel. Contra la nueva agresión, se ha puesto en marcha la solidaridad regional e internacional: “Cuba no está sola, la mayoría de los pueblos la apoya”, dicen los mensajes que, en todo el mundo, invitan a difundir el hashtag #LetCubaLive. Deja vivir a Cuba.

Fuente: Resumen Latinoamericano

Por REDH-Cuba

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